El amor tiene iniciales que se tallan en las cortezas de los árboles. Al verlas en los bosques o en los parques, pienso en las parejas que llegaron hasta ese punto para perpetuar su romance, hinchadas de dopamina, ilusiones y promesas. Se acariciaron primero con ternura y se besaron después apasionados, jurando que lo suyo era distinto, verdadero y para siempre. Quedaron condenados irreversiblemente a las memorias fugaces de los tiempos, dejando constancia de algo que, sin saberlo, terminaría en el siguiente cambio de estación.
Tengo una necesidad ridícula de eternizar mis grandes enamoramientos, caí en esa trampa muchas veces en la adolescencia. Guardé el chicle masticado de un novio y lo pegué en mi diario. A otro le corté un mechón de pelo y lo enterré en el jardín. Tomé las huellas digitales de varios para identificarlos mejor. De algunos conservé gotas de sudor, sangre y semen. Guardé tu aliento en una bolsa de plástico. Si la policía hubiera registrado mi habitación, yo habría sido objeto de una seria investigación criminal.
AUNQUE ME HE RESISTIDO, en la adultez he vuelto a cometer ese pecado mortal. El romance ha encontrado caminos por los que se me ha colado, no importa la edad. No es el incendio de antes, no abrasa por completo. El fuego quema, no arde. Ya no idealizo tanto, amo desde la realidad, pero vuelvo a fabricar espejismos con materiales más sofisticados. Me pasó hace no mucho. Yo, la que juraba no volver a descender por los círculos dantescos y delirantes de la pasión, caí como una quinceañera, inexperta. Nervios, euforia, espera. Una llamada suya podía cambiarme el día entero. Un mensaje por WhatsApp modificaba por completo mi estado ánimo. Un silencio producía catástrofes que sólo existían dentro de mi cabeza. Le escribí cartas a mano, poemas, columnas, cuentos y un diario.

El Cultural No. 556
Nos vamos a morir, vivamos esto a tope, le repetía con urgencia, como si la finitud de la madurez nos estuviera persiguiendo.
Un domingo soleado fuimos a pasear. Elegí la jacaranda más frondosa y nos detuvimos bajo su sombra. Traía escondida mi navaja suiza en la ropa interior. Cuando la saqué, él no se sorprendió, como si supiera que toda historia de amor, para ser real, necesitara evidencias materiales. Marqué las dos letras, con fuerza, después las encerré dentro de un corazón. La corteza se abrió. La savia comenzó a asomarse por la herida, parecía miel, dulzura para empalagar la fantasía. Estábamos juntos, sellados, únicos, irrepetibles, destinados a permanecer más allá de nuestras vidas en el ciclo vegetal del universo. Hasta que no.
Hace poco volví a la jacaranda. Esta vez hacía frío y no iba abrigada. Observé el cielo, mi presente y mi pasado, lo que fui con él y lo que soy ahora. KJ seguía ahí, las líneas ensanchadas, pálidas sobre el marrón del tronco. Llevaba mi navaja para modificar el trazo de las letras y grabar encima de la J una R que pronto cambiaría a una M y luego a la X de no sé quién llegará en otra vuelta. Si el abecedario no me alcanza, siempre puedo recurrir al griego, al árabe y al esperanto.
*Fruncir el sueño.

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