Diversa Cultural

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BORRACHINES

Los jugadores polacos llegaron a Buenos Aires [Argentina, 1978] con equipaje extra: 380 botellas de vodka. El técnico Jacek Gmoch les permitía a sus muchachos beber alcohol y fumar, “siempre dentro de los límites tolerables”. Como la delegación polaca era de 35 personas, a cada jugador le correspondieron algo más de diez botellas de vodka para su estadía de un mes en Argentina. Un “límite tolerable” bastante discutible para un deportista profesional. Otros que le dieron duro al licor fueron los escoceses. El personal del hotel de Alta Gracia, Córdoba, donde estuvo concentrada la delegación británica, debió realizar horas extras para recoger la gran cantidad de botellas vacías de whisky y otras bebidas espirituosas dejadas por los futbolistas al abandonar el lugar.

Luciano Wernicke, Historias insólitas de los Mundiales deFutbol. Curiosidades y casos increíbles de los Mundiales de Futbol, de Uruguay 1930 a Sudáfrica 2010, Planeta, 2015.

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LA ADMIRACIÓN

En la conferencia sobre Richard Wagner con la que hace ya casi cinco años me despedí de Alemania, sin saberlo ni sospecharlo, en el Auditorium maximum de la Universidad de Munich, utilicé estas palabras: “La pasión por la fascinante obra de Wagner acompaña mi vida desde que la vislumbré por primera vez y empecé a conquistarla, a explorarla con el conocimiento. Nunca olvidaré lo que le debo como esteta y como estudioso, nunca olvidaré las horas de profunda y solitaria dicha en medio de la muchedumbre del teatro, horas repletas de temblores y exaltaciones de los nervios y del intelecto, de iniciación a trascendencias conmovedoras y grandiosas como sólo las concede este arte”. —A través de las palabras citadas habla una admiración que jamás ha sido turbada o siquiera tocada por el escepticismo. Pues la admiración es lo mejor que poseemos —si me preguntaran qué pasión, que relación emocional con las manifestaciones del mundo, del arte y de la vida considero la más bella, dichosa, provechosa, imprescindible, contestaría sin dudar: es la admiración. ¿Cómo podría ser de otra manera? ¿Qué sería el ser humano, y aún más el artista, sin admiración, entusiasmo, fervor, entrega a algo que no es él mismo, que es demasiado grande para ser él mismo pero que siente como algo sublime, afín y poderosamente atractivo? La admiración es la fuente del amor, es ya el amor mismo —que no sería amor profundo, no sería pasión y, sobre todo, carecería de espíritu si no supiera también dudar, sufrir por su objeto. La admiración es lo más puro y lo más fructífero, enseña la máxima exigencia, es el estimulante más fuerte, la raíz de todo talento. Donde falta, donde se extingue, ya no brota nada, allí reina el empobrecimiento y el desierto.

Thomas Mann, “Richard Wagner y El anillo del Nibelungo” en Ensayos sobre música, teatro y literatura, trad. Genoveva Dieterich, Alba, 2002.

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TOLSTÓI Y CHÉJOV

Es imposible imaginar dos caracteres más distintos que los de estos dos escritores. Tolstói está lleno de pasión, de sublime obstinación; Chéjov es un escéptico desligado de todo. Uno arde como una llama; el otro alumbra el mundo exterior con una luz tenue y fría.

Tolstói, el gran prohombre, idealizaba a los pobres; el plebeyo Chéjov, en cambio, había sufrido demasiado la zafiedad y la cobardía de los humildes como para sentir por ellos algo más que una compasión lúcida. Tolstói despreciaba la elegancia, el lujo, la ciencia, el arte. Chéjov amaba todo eso. Tolstói odiaba a las mujeres y el amor carnal porque la renuncia era difícil para su temperamento apasionado y su vigoroso cuerpo. Chéjov, delicado, enfermo, no comprendía la importancia del pecado, porque en realidad, nunca había contaminado su naturaleza profunda. Pero, sin duda, si algo los separaba como un abismo insalvable era que Tolstói fuera creyente y Chéjov no. Uno tenía una fe torturada; el otro, un descreimiento sereno. Tolstói profesaba la desesperación; Chéjov se consideraba optimista, pero en realidad era él quien tenía razón cuando años después hablando del maestro, dijo: “No creo que haya sido infeliz”.

Irène Nemirovsky, La vida de Chéjov, trad. del francés José Antonio Soriano Marco, Salamandra, 2022.

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SER LO QUE AMAMOS

Querida Hannah: ¿Por qué es el amor tan rico, superando todas las dimensiones de las otras posibilidades humanas, y por qué supone una carga dulce para aquellos a quienes afecta? Porque nos convertimos en aquello que amamos y, no obstante, seguimos siendo nosotros mismos. Querríamos dar entonces las gracias al amado y no encontramos nada que satisfaga este deseo. Sólo podemos dar las gracias dándonos a nosotros mismos. El amor transforma la gratitud en fidelidad a nosotros mismos y en fe incondicional en el otro. De este modo aumenta el amor continuamente su misterio más propio. La proximidad es aquí el ser a la máxima distancia al otro —la distancia que no permite desdibujarse nada— sino que coloca el “tú” en el sólo-ahí transparente —pero incomprensible— de una revelación. El hecho de que la presencia del otro irrumpa una vez en nuestra vida es aquello que ningún ánimo supera. Un destino humano se entrega a un destino humano, y el servicio del amor puro consiste en mantener despierta esta entrega igual que en el primer día.

Hannah Arendt / Martin Heidegger, Correspondencia 1925-1975, ed. Ursula Ludz, trad. Adán Kovacsics Meszaros, Herder, 2014.

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UNA CORBATA

En la Cárcel de Sevilla, unos meses antes de la guerra civil, estuve hablando con unos anarquistas. Me decían que había en el pueblo un gran ambiente para su causa.

—Yo no sé —les dije—. No lo he notado. La gente no habla de eso.

—Con usted no, claro es —me dijo Ascaso.

—¿Por qué conmigo no? —le pregunté.

—¡Porque usted lleva corbata!

—Entonces —le contesté yo— ¿usted cree que un pedazo de tela que me ha costado seis reales puede ser causa para que los suyos me consideren como un enemigo, como un individuo de otra raza?

Al parecer, creía que sí.

Esto me parece a mí una perfecta estupidez, porque lo mismo que si una corbata puede dar superioridad a un hombre, también se la pueden dar unas botas mejores o peores, un pañuelo bordado o un sombrero nuevo. […] Evidentemente, lo que separa a unos y a otros no son las ideas, que valen bien poco en los dos bandos; lo que les separa son los instintos, los odios, los intereses y el olfatearse como enemigos.

Pío Baroja, La guerra civil en la frontera, Caro Raggio, 2020.

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VERTICAL Y HORIZONTAL

Tenía el padre más alto en mi infancia. Dios, qué orgulloso me sentía. Tengo dos fotos, en blanco y negro, formato pequeño con el típico corte dentado de la época en los bordes. En ambas, mi padre me tiene en brazos. En la primera tengo unos meses. Él mismo, recién nacido como padre, me sostiene de una forma muy torpe. […] La otra foto se hizo unos años después, ya soy un niño y él me tiene en brazos con mucha más confianza. Observo algo ceñudo el mundo desde la altura de esos dos metros, pero no me da miedo. Nunca volvemos a sentirnos tan seguros como en los brazos de nuestros padres.

La infancia es vertical. Creces hacia arriba, eres tan alto como las rosas del jardín, todo el mundo te dice un año tras otro lo mucho que has crecido, tu padre te levanta por encima de tu cabeza, te pones de puntillas, todo bulle de vida y movimiento, no quieres irte a la cama, tienen que llevarte a la fuerza.

La vejez es horizontal. Vamos a descansar un poco, vamos a tumbarnos por la tarde, me echaré un rato en el sofá porque la espalda... La vejez es ir acostumbrándote a una horizontalidad prolongada, tal vez eterna.

Gueorgui Gospodínov, El jardinero y la muerte, trad. del búlgaro María Vútova, Impedimenta, 2025.


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