No quiero decirle que me gustaría que no llegue la noche. Son recién las 12:00 pm, apenas hemos llegado y en pocos minutos terminamos de instalarnos. No hacía falta mucho más que meter la comida en el refrigerador y acomodarnos en las sillas sobre el muelle, tomar un libro y romper discretamente el silencio en nuestras cabezas.
Antes de terminar siquiera un párrafo viene la lluvia y nos resguardamos para ver a través de los cristales su acometida sobre el agua. Sentados en el suelo de la habitación esperamos a que pase el chaparrón. En menos de veinte minutos el cielo se limpia, las corrientes se detienen y la luz se vuelve intensa sobre los árboles y las rocas. El río es otra vez un espejo. Salimos al muelle. No le digo, pero no quiero que llegue la noche.
Preparo café y platicamos. La escucho y observo nuestras figuras sobre el río. Sé que, aunque no tan pronto, llegará la noche. Y mientras llega disfruto escucharla y ver que sonríe al ver nadar a los perros, que luego vienen a saludarnos, nos exigen caricias y al cabo de recibirlas deciden reposar junto a nosotros.
—Nunca estuvimos en un lugar así.
ASIENTO, Y RECOJO LAS TAZAS DE CAFÉ. Entro al cuarto para llevar los trastos a la tarja. Al voltear de vuelta hacia el río veo que llueve otra vez. Nos resguardamos en el cuarto. Esta secuencia se repite cuatro veces y los perros siempre vuelven, y las luces que se asoman tras las nubes son cada vez más tenues.
—Nunca estuvimos en un lugar así.
Llega la noche y no salimos más al muelle. Afuera llueve de nuevo y nos quedamos adentro, en paz, casi felices. Y, aunque estas no son mis palabras, escribo casi felices porque para escribir felices haría falta que la lluvia fuese tan fuerte, el viento incontenible y la cabaña se desprendiera de sus amarres yéndose en dirección de alguna de las corrientes del Balsas, lo cual no ocurrirá.
Antes de acostarnos levanto la almohada y veo dos pequeñas arañas. Una se me escapa y a la otra la atrapo con un vaso. Abro una ventana, luego el mosquitero, y sacudo el vaso para que la araña se vaya al río. Hay más arañas como ésas debajo de la cama, probablemente son cientos o miles las que se esconden bajo el suelo, entre el sistema de flotación y las láminas de madera de la cabaña. Quiero decirle que dormir será complicado. No se lo digo y no resulta así.
Despierto en mitad de la noche. El viento sopla fuerte, la cabaña se agita y escucho una voz que me dice: “estás boca arriba en la obscuridad”. Conozco esa voz desde hace mucho tiempo, pero ya no sé qué nombre darle. No lo sé, pero la escucho. Estoy boca arriba en la obscuridad y no veo motivo para despertarla. Hemos pasado más de mil noches juntos y sé que por la mañana tomaremos café junto al muelle y, entre una página y otra, uno de los dos dirá:
—Nunca estuvimos en un lugar así.
Ondero, beatnik y Gonzo
