Hay pocas cosas que estamos dispuestos a defender con tanta convicción como nuestros gustos. Discutimos intensamente sobre moda, películas, música, gastronomía… Determinar qué es valioso se ha vuelto un juego sin fin en un mundo de objetos diseñados para despertar el deseo.
Sin embargo, cada cambio de temporada parece abrir nuevas oportunidades para autodefinirnos: ¿qué tendencia o estilo refleja con mayor precisión lo que somos? ¿A qué subcultura pertenecemos según la aesthetic que nos identifica? La cultura contemporánea nos empuja a tomar partido y, como guía, nos ofrece categorías inestables y criterios móviles, atravesados con frecuencia por la lógica del mercado. ¿Cómo saber, entonces, qué es lo que realmente nos gusta?
LA UBICUIDAD DE LO ESTÉTICO constituye uno de los rasgos más visibles de las sociedades actuales: todo parece orientado a estimular nuestros sentidos y crear experiencias sensibles. No obstante, esta proliferación estética no equivale a comprender qué se esconde en un “me gusta” o qué significa juzgar algo como agradable y, mucho menos, como bello.

Diversa Cultural
Entender qué hay detrás de este tipo de juicios no es sólo una estrategia mercadológica, sino una pregunta filosófica persistente: ¿qué hace posible el gusto? Para Immanuel Kant, filósofo prusiano del siglo XVIII, examinar qué implica emitir un juicio de gusto representa interrogar cómo una experiencia particular, como el hecho de que algo nos resulte placentero, puede aspirar a ser compartida, es decir, poner en cuestión la tensión que surge entre una vivencia subjetiva y su pretensión de validez universal. En otras palabras, ¿por qué buscamos la aprobación de los demás cuando sabemos que, en cuestión de gustos, difícilmente podríamos ponernos de acuerdo?
“CÓMO HACER UN JUICIO PURO DE GUSTOY NO FALLAR EN EL INTENTO, DIALOGA CONEL PENSADOR ALEMÁN Y, DE LA MANO DE CINCO VOCES DISTINTAS, NOS REVELA LA PERTINENCIA DE LA PROPUESTA KANTIANA.
Dos siglos más tarde, Kant sigue siendo un interlocutor inevitable. En su Crítica del juicio, publicada en 1790, intenta responder un problema que queda abierto entre sus dos obras anteriores. Mientras que, en la Crítica de la razón pura, Kant se ocupa del conocimiento y de las leyes que regulan la naturaleza, esto es, el mundo de la necesidad; en la Crítica de la razón práctica, se enfrenta con el mundo de la libertad y, por lo tanto, se enfoca en la voluntad. Así, entre ambos dominios, el de lo que es y el de lo que debe ser, el filósofo de Königsberg intenta construir un puente: el de la facultad de juzgar. En este espacio intermedio, el juicio de gusto se presenta como una forma de relación con los objetos que no obedece ni al conocimiento ni a la moral, sino a un ámbito propio: la experiencia estética.
CÓMO HACER UN JUICIO PURO de gusto y no fallar en el intento, coordinado por Carlos Mendiola Mejía, dialoga con el pensador alemán y, de la mano de cinco voces distintas, nos revela la pertinencia de la propuesta kantiana en un mundo en el que la vida cotidiana aparece cada vez más estetizada. Cada ensayo discute un eje distinto que resulta particularmente elocuente para abordar la paradoja.
El primer capítulo invita a repensar la experiencia de la naturaleza como algo susceptible de una contemplación libre, desligada tanto de la intención del conocimiento teórico-científico como de cualquier finalidad práctica o técnica. En el segundo, se aborda la relación entre los colores y la evaluación del grado de desarrollo, o estancamiento, de una cultura y su sociedad, introduciendo así una dimensión en la que lo estético adquiere una función diagnóstica de lo social. Por otro lado, el tercer capítulo explora la relación entre el concepto de lo “suprasensible” y la validez del gusto, al subrayar que sólo la distinción entre la naturaleza sensible y la naturaleza suprasensible del ser humano permite sustentar la pretensión de validez universal de los juicios de gusto. El cuarto es el que da nombre al volumen y discute cuatro errores fundamentales al formular juicios de gusto y proporciona consejos para evitarlos: no confundirlos con juicios que no lo son, considerar la belleza como una propiedad de los objetos, identificar lo bello con lo agradable o ceder a la presión social o, en el extremo opuesto, caer en la ilusión de la autosuficiencia del propio gusto. Finalmente, el quinto introduce el concepto de “sentimiento vital” como un signo que intenta expresar aquello que consideramos valioso para la vida, sin remitir a una definición previa de lo que la vida es, y sin otra pretensión que comunicar ese valor entendido como forma de compartir la cultura.
Así, además de entablar un diálogo con la Crítica del juicio, los cinco ensayos que componen el libro ponen a prueba el alcance de la propuesta kantiana, la extienden y nos ayudan a confrontarla con problemas que Kant no pudo haber previsto. El resultado es un llamado a interrogar un presente en el que el gusto parece haber sido absorbido por las industrias culturales y los algoritmos. Afortunadamente, no tenemos que hacerlo solos. Este volumen demuestra que, como interlocutor, Kant es capaz de acompañarnos en esta difícil tarea, pues sus preguntas continúan siendo mejores que muchas de nuestras respuestas.


