A Iliana, Joaquín, Pepe y Paty, a esa mesa de homenaje en el Ateneo.
Eran los primeros días de julio de 1976 y algunas gotas envolvían el seco calor de verano en la Ciudad de México. Desde su cama del hospital, seguramente, Juan Rejano observaba con melancolía “la dulzura de la lluvia exiliada en el cristal”, la misma que había visto durante la larga espera de Luisa Carnés, su compañera de destino, en la antesala de la muerte tras un fatídico accidente de tráfico. Después de esa lluvia, sólo era posible una última estrofa del poema “Final” que daba cierre a aquel monumento al amor que es El jazmín y la llama:
Mañana… Yo no sé… Mañana, acaso
no estaré aquí. Pero a tu orilla un trémolo
de pasión como un helecho rojo
levantará sus hojas musicales.
Juan, al que algún informe de la Dirección Federal de Seguridad lo apellidó alguna vez —consciente o inconscientemente— “Rojano”, y cuyas siglas coincidían con las de José Revueltas, anticipaba así trece años su muerte; pero antes, albergaría la esperanza de volver materialmente a la otra orilla: a su tierra de origen, la del Puente Genil, la de Málaga también, la de sus dos queridas hijas, Carmen y Concepción, a las que nunca dejó de escribir en la distancia. Juan Rejano había visto cómo en el largo camino de la esperanza del regreso se habían ido quedando sus amigos exiliados: Manuel Altolaguirre, Emilio Prados, Pedro Garfias, León Felipe. Por eso, el día que murió el dictador, no dudó en preparar todo para su regreso; sin embargo, las esquinas rotas a las que nos tiene acostumbrada la Historia guardaban una ingrata sorpresa: una complicación postoperatoria de una dolencia gástrica acabaría con su vida un 4 de julio de 1976. Dicen que él mismo pidió que lo llevaran al Hospital General, a donde iba la gente común, y no al Sanatorio Español. Como haciendo un ejercicio de prolepsis, Juan Rejano había escrito ya el poema de su retorno, “La Vuelta”, y concluía así:
([…] El desterrado dijo adiós
a México,
a su tierra, a sus hombres,
sus hermanos,
dijo adiós con el llanto
en las entrañas
y en silencio se ha ido. Perdonadlo:
va a cumplir su destino).
Pero el destino lo alcanzó y se quedó en silencio, en esta tierra generosa capaz de dar bandera a los más justos, en esta tierra que él intentó capturar muy pronto en numerosos artículos periodísticos en El Nacional, algunos de los cuales formarían después La esfinge mestiza. Crónica menor de México (1945). Llegó aquí como periodista y participó activamente en la fundación de revistas para dar voz al presente y hacer converger miradas: Romance, Ars, Ultramar. Se le nombró también, durante dos largos periodos, director de la Revista Mexicana de Cultura, suplemento literario de El Nacional, órgano del gobierno, quizá el de mayor difusión, lo cual nos muestra una dimensión de su altura profesional: si algo fue durante toda su vida, fue periodista, unió así la cultura de sus dos patrias, la de origen y la de destino. Desde este mirador, como han reconocido muchos, Rejano dio la oportunidad de debutar a numerosos jóvenes, por ejemplo, a José Emilio Pacheco.
SI ALGO FUE DURANTE TODA SU VIDA, FUE PERIODISTA, UNIÓ ASÍ LA CULTURA DE SUS DOS PATRIAS. DESDE ESTE MIRADOR, COMO HAN RECONOCIDO MUCHOS, REJANO DIO LA OPORTUNIDAD DE DEBUTAR A NUMEROSOS JÓVENES, POR EJEMPLO, A JOSÉ EMILIO PACHECO
Mientras tanto, y a pesar de ser el periodismo su sustento, él mismo se construyó aquí poéticamente, en esta tierra que no le permitió retornar, porque quizá también necesitaba de su canto. En México escribió todos sus libros de poesía: Fidelidad del sueño, El Genil y los olivos, El oscuro límite, Noche adentro o El río y la paloma, por citar algunos. Eso sí, en sus versos siempre cupieron las dos patrias y un puñado de hombres y mujeres que fueron patrias también, porque en los poemas del cordobés había numerosos retratos, homenajes, panegíricos: seres humanos nominalizados y seres humanos anónimos a partir de cuyos rostros y arrugas retrataba el poeta el devenir del siglo. Cada uno de ellos era espejo de su propia existencia, de su propio sentir.
EL OTRO CAMINO, ¿EL MISMO? era el político, pues Juan Rejano nunca abandonó su compromiso ideológico y militante: desde las filas del Partido Comunista de España veló por el futuro de su tierra de origen, pero también por una búsqueda de justicia social de carácter internacionalista. En 1954 fue elegido miembro del Comité Central en el Congreso celebrado en Checoslovaquia, y esto le permitió viajar a diversos países vinculados con el comunismo de posguerra. La omnipresencia de Juan Rejano en numerosos espacios de la Ciudad de México se puede rastrear en la revista España Popular: allí se le describe pronunciando un discurso frente a las figuras políticas más relevantes del momento o compartiendo poemas, por ejemplo, los dedicados a Antonio Machado durante la conmemoración del 18 de julio de aquel año en que fue liberado el doctor Comesaña, protagonista de El lápiz del carpintero, de Manuel Rivas. Así, frente a aquellos libros de poemas más íntimos, había otros de un compromiso urgente e ineludible: Víspera heroica,Oda española, Canciones de la paz o Elegía rota para un himno. Sin embargo, y aunque quizá el impulso poético fuera diferente en unos y otros, los hálitos poético y político siempre formaron parte de una misma evocación.
No sólo se cumplen cincuenta años de la muerte de Juan Rejano, sino también setenta de la importante invitación que recibió del Palacio de Bellas Artes en noviembre de 1956, para participar en los “viernes poéticos” del INBA. Era un homenaje que también recibía su amigo León Felipe. Así que, un Juan que años antes se había declarado “enemigo encarnizado de los homenajes aparatosos”, a propósito del que pretendían hacerle a Gustavo Adolfo Bécquer en su centenario de 1935, quiero imaginar que se declaró aún más enemigo del suyo propio, por más humilde que fuera. Entonces, cierro los ojos y lo veo con las luces apagadas, forzando a que el público se pareciera lo más posible a un conjunto de sombras; a él sentado en una mesa de sencilla y frágil madera, quizá de alguno de los vendedores de tickets; a una vieja lámpara iluminando las notas escritas a mano que Juan había preparado. Sus palabras, por suerte, no las tengo que imaginar, porque unos meses después, en mayo del 57, las publicó el Boletín de la Unión de Intelectuales Españoles.
Al inicio del evento, Juan Rejano, orador articulado y curtido en mil batallas políticas, con tono sencillo y afable, andaluz, afirmó que había seleccionado poemas de toda su trayectoria:
porque tengo la impresión —no sé si arbitraria— de que mis libros de poesía lírica, aun siendo naturalmente expresión más o menos sensible de una individualidad, la mía, son, al mismo tiempo, el tornavoz, pudiéramos decir, de los estados de ánimo por [los] que ha pasado mi pueblo en el destierro.
Se reconoce como parte de una tradición que extiende una pátina colectiva a su voz:
aun en la obra poética de más aislada raíz, poeta y pueblo o, si lo prefieren ustedes, poeta y hombre son entidades inseparables, porque el mundo subjetivo que pugna por aflorar en la canción no es sino un reflejo de la realidad objetiva que nos abraza.
Marca, así, una pauta de lectura clara: no hay belleza intrínseca sin significado social y político que la sostenga. Y tiene palabras también para los que no lo ven así: “el poeta solo, o aparentemente solo, es como un pozo seco: por muchos esfuerzos que haga, sacará siempre el cangilón vacío o, cuando más, lleno de aire corrompido”. Imaginamos que mientras algunos almacenaban cangilones de albahaca brillante, el de Puente Genil, mexicano también, lanzaba el suyo de barro para hallar una voz en tierra.
FRENTE A AQUELLOS LIBROS DE POEMAS MÁS ÍNTIMOS, HABÍA OTROS DE UN COMPROMISO URGENTE E INELUDIBLE: VÍSPERA HEROICA, ODA ESPAÑOLAY ELEGÍA ROTA PARA UN HIMNO
Para este recital en Bellas Artes, Juan Rejano convierte al poeta en símbolo de su tiempo, por eso, en lugar de elegir un trayecto diacrónico, de evolución de su voz, prefiere el sincrónico que ata voz y tiempo a un mismo espacio, como aquel Sansueña de Luis Cernuda, o Mágina de Antonio Muñoz Molina, o más contemporáneo, Periferia de Sesi García. El poeta cordobés seleccionó algunos poemas sobre la pérdida de España, otros sobre la experiencia de México y, por último, sobre el amor. Además, concluyó con dos poemas inspirados en dos grandes poetas, mexicano uno y español el otro, cuyas vidas fueron inspiración constante para él. Sabemos quién fue el español, Antonio Machado, porque el periódico reprodujo aquel bello poema de “La respuesta”: “Me nutrió tu palabra, desnuda y verdadera, / y he crecido a tu lado como un árbol sonoro / al pie de la montaña…”; sin embargo, no hay referencia del mexicano, ¿sería Alfonso Reyes? Con el regiomontano sostuvo un diálogo poético sin igual, una charla en sonetos que editó hace tiempo el maestro Enríquez Perea. Pero lo importante fue el gesto vital de Rejano: culminó —disfrazó acaso— su homenaje poético con el homenaje de él mismo hacia otros dos poetas. Juan Rejano tenía la humildad de un Miura y seguro que de eso se dio cuenta Manolete.
PROPONGO, ENTONCES, LA LECTURA de tres poemas, respetando la sincronía con la que él los ancló al tiempo: el poema “español”, el “mexicano” y el de amor; aunque en él todo se encuentre entreverado en esquirlas. Aspiro así a traerlo de nuevo con nosotros setenta años después. “Mar íntimo”, de Fidelidad del sueño, cuyos encabalgamientos transmiten el vértigo de la distancia con España, manteniendo el sonido de ella gracias a la copla; la parte 6 de “Motivos para una oda a Carlos Pellicer”, del Libro de los homenajes, cuyo apapacho espiritual a México se produce con la mediación del gran poeta tabasqueño; y la tercera parte del poema “Plenitud”, de El jazmín y la llama, amor supremo.
Mar íntimo
La palma de mi mano
te contiene; te siento
latir igual que un pájaro
oprimido. Primero
fue tu imagen el vaso
que aprisionó mi vida;
ahora, la tuya, oculta
tras mi frente, respira.
Desde la tierra grave,
en que el olivo sueña,
llegué a tu orilla un día
dulce de primavera.
Y conocí el olvido,
que la esperanza nombra,
y el hilo de mis sueños
recobró su memoria.
Volví a sentir el fuego
virginal. En mis sienes
sonaron nuevos pasos,
brotaron hojas verdes.
Y junto a ti el milagro
de prolongar mi sangre
nació como en un dulce
viento sobre rosales.
Estás lejos, ahora
estás lejos, y siento
tu amargura infinita
horadar mi silencio.
Te contiene la palma
de mi mano. Tan hondo,
tan inmenso, podría
disiparte en un soplo,
porque, fanal del sueño
de mi amor y mis frutos,
eres, mar, una lágrima
sola, en medio del mundo.
Motivos para una oda a Carlos Pellicer / 6
Mejor conozco México si hasta
tu puerta acudo,
mejor su luz barroca, su cardinal tristeza,
las hojas de su vida que ya en mis huesos suenan.
Deletreo el lenguaje de las germinaciones
del maíz, que nos llega
desde un fondo de edades y lamentos,
y en los atardeceres veo caer un águila
que nunca acaba de caer, que nunca
acaba.
Plenitud / III
No sé si alguna vez podré llevarte
a los viejos lugares de mi origen,
al río, al valle, al olivar que borda
de oscura plata el llano y las colinas.
No sé si de la mano, amor, contigo,
podré algún día pasear gozando
de aquella tierra que nutrió mis sueños
—húmedas huertas con rumor de noria,
trigales verdeantes, rojas viñas
y una frente morena al horizonte—.
Pero sé que mi afán de hallar unidas
las dos ramas de amor que al hombre embriagan
te conduce hasta allá, sueño tras sueño,
y allá te deja, compartida estrella
sobre dos hemisferios alumbrando.
Espérame.
Juan Rejano no fue sólo un poeta nacido bajo el signo de la Generación del 27 —aunque siempre se moviera un poco de las fotos—, adalid ejemplar de aquella Edad de Plata de la literatura española que fue atomizada como si fuera de cristal, fue también —e, incluso, sobre todo— un periodista comprometido con la cultura de su tiempo, nunca dejó de serlo: nos regaló artículos de singular belleza y provocación, muchos de los cuales suponen un retrato autobiográfico: “un ideal solo me embarga: dar a mi palabra la infinita calidad poética de un logaritmo y el interés divinamente chabacano de un folletín”, dijo en un artículo de 1934. Juan, “¿qué cuchillos sin sueño / avanzarán buscándote?”, te preguntaste un día en bellos heptasílabos al pensar en Marinello. Eso fue cosa del pasado, aquí, tus lectores, tus amigos, tenemos unos cuyo brillo al afilarlos, los ha convertido en espejo: te seguimos buscando, espéranos.
