Hiroshima me pareció una ciudad feliz. Esta afirmación bien puede interpretarse como la capacidad de renacer de una ciudad que vivió un hecho catastrófico —el más catastrófico de todos, en este caso—, o bien, como la incapacidad del viajero para percatarse de cualquier cosa de los lugares que recorre. Obviamente, me decanto por la segunda opción. Resulta tentador, encima, marcar la diferencia entre los viajeros de antaño y los turistas de hoy en torno de este punto, pero sería inexacto: no porque los turistas se enteren de algo, sino porque los viajeros tampoco se enteraban de nada. Los ejemplos sobran: César Vallejo viendo pura felicidad en la Unión Soviética en pleno estalinismo, Colón fotografiando sirenas en el Caribe que al revelarlas resultaron ser manatíes y Bernal Díaz del Castillo transcribiendo los nombres y topónimos mexicas en los ratos libres que le dejaba la conquista de Tenochtitlán. Lo juro: yo iba predispuesto para acatar la solemnidad que dictaba la ocasión, para encontrar una ciudad gris y triste que en cada una de sus esquinas invitara a la reflexión histórica y para experimentar la atmósfera densa y la herida permanente que se tenía que sentir en cualquier calle. Pero al llegar a la estación, ésta estaba atestada de aficionados de Las Carpas de Hiroshima que se dirigían al estadio de beisbol para ver un juego decisivo de su adorado equipo.
El ambiente era festivo. Los aficionados portaban camisetas, gorras y chamarras rojas de Las Carpas y caminaban a toda velocidad, con una prisa que me contagiaba, como si yo también temiera perderme la primera entrada, y no estuviera de camino a mi hotel, odiándolo ya por tener que registrarme y dejar las maletas en lugar de estar de camino al estadio para apoyar a mi equipo de toda la vida de la liga japonesa, de cuya existencia acababa de enterarme. Claro que me juré que saldría corriendo del hotel al estadio, al fin que el béisbol es un juego eterno y no me importaba mucho perderme dos o tres entradas. Conforme recorría algunos túneles y puentes de la estación junto con los aficionados, a su ritmo apresurado, más me convencía de mi plan, y ya no concebía otra opción que salir corriendo a primera base sin que me importara nada más. Pero apenas los abandoné para seguir mi rumbo, entendía que los perdería para siempre, que mi destino era un hotel silencioso y no un estadio bullanguero, y que quizás la vida todavía me tuviera reservado el retorno a más de un hogar, pero que ninguno de ellos sería el home de las Carpas de Hiroshima.
AUN ASÍ, EL MAL YA ESTABA HECHO: Hiroshima me había parecido una ciudad feliz, y conservaría esa imagen el par de días que pasé en ella, por más que lloviera a cántaros casi todo el tiempo, que tuviera que caminar saltando charcos y que el último día debiera elegir entre ponerme la ropa sucia de paradas anteriores o la ropa mojada de lluvia, limpia a mi pesar.
Tampoco ayudó que, además del beisbol, la ciudad tuviera otra pasión: las ostras. Al menos, para saborearlas, ellas no tenían horario ni exigían boleto. Busqué en Google Maps la zona de restaurantes más cercana al hotel —la lluvia empezaba y no permitía grandes excursiones— y me dirigí a ella. Pensaba que la noche no estaría animada y las calles de camino a la zona de los restaurantes parecían darme la razón: o toda la gente estaría saliendo del estadio o guarecida en su casa, pero en Hiroshima no parecía haber nadie. Había una tercera opción: la gente estaba en las calles de los restaurantes. A pesar de la lluvia y de la derrota de Las Carpas —busqué el resultado antes de salir del hotel—, los grupos de amigos reían a carcajadas y parecían ir de bar en bar con mayor decisión que los beisbolistas al recorrer su camino de base en base.
Era viernes, recuerdo, justo el horario de salida de las oficinas, es decir, la hora en que está permitido a los empleados pensar por un par de días que la vida es un fin de semana. Si el entusiasmo de los aficionados de Las Carpas había desafiado el estereotipo japonés del silencio y la contención, los oficinistas empezaban a demostrar que la fama del delirio nipón del afterwork estaba plenamente justificada.
Entré a un restaurante que me pareció acogedor —cualquiera lo era con esa lluvia—, agradecí que la carta fuera breve —como suele serlo en los restaurantes japoneses, dedicados a una especialidad— y pedí pequeñas botanas para picar, que era lo que exigía el espectáculo que se desplegaba ante mí. Los oficinistas japoneses no tardaron en abarrotar el local y, a golpe de cerveza y sake, perdieron su habitual compostura para reír a carcajadas, gritar para pedir una copa más, tambalearse en las cada vez más frecuentes idas al baño y, por último y más de uno, quedarse dormido en la mesa. Y eso sucedía en la sección más visible del restaurante donde me encontraba, porque había un gran reservado que apenas pude fisgonear, lo que me bastó para entender que para guardar tan buenos modales una semana entera se necesita algún instante para echarlo todo por la borda. No era mi caso: mi desalineo habitual no me daba derecho para esos excesos, así que pagué y regresé a mi hotel bajo la tormenta.
LOS LUGARES DE LA MEMORIA TIENEN FINES ILUSTRATIVOS, INVITAN A PENSAR Y EXISTEN PARA COMBATIR EL OLVIDO, PERO AL OBSERVAR LAS HORDAS QUE SE TOMAN SELFIES EN ELLOS MÁS PARECERÍA QUE TERMINARON BANALIZANDO LOS HECHOS.
A la mañana siguiente, me dirigí al Parque de la Paz. Sobra decir que no es una visita agradable y cada vez me parece más cuestionable ir a sitios donde ocurrió una tragedia. No creo necesario visitarlos para entender el horror que representa lanzar bombas atómicas y cometer genocidios; si uno está interesado en investigar qué sucedió, hay lecturas que permiten un acercamiento mucho más exhaustivo que lo que puede apreciarse en el sitio mismo. Por más que justifico estas visitas con la excusa de que me obsesiona la memoria histórica, que he escrito incluso algún libro sobre este tema y que mi interés rebasa el mero paseo turístico, no logro convencerme. Las mejores intenciones que esgrime el turismo de campo de concentración para justificar su existencia no le quitan lo turístico. De hecho, bien puede verse como una de las variantes más perversas de una actividad —el turismo— que alguna vez se vio como inocente y enriquecedora y cada vez muestra su faceta más destructiva.
En teoría, los lugares de la memoria tienen fines ilustrativos, invitan a pensar y existen para combatir el olvido, pero al observar las hordas que se toman selfies en ellos más parecería que terminaron banalizando los hechos que pretendían rememorar y condenar. Y yo formo parte de ellas, a pesar de mi intento —con golpe de pecho y superioridad moral— de convencerme de que no es lo mismo, que yo me he informado y leído libros sobre el tema, que yo sé lo que visito y no veo los restos de la bomba como una atracción más. Pero, en el tranvía rumbo al Parque de la Paz, ya era demasiado tarde para atormentarme con pruritos morales.
LO PRIMERO QUE VISITÉ fue la Cúpula de la Bomba Atómica, el único edificio que se mantuvo en pie tras la explosión, ocurrida a apenas unos cientos de metros. La bomba mató de manera inmediata a cien mil personas, y al menos sesenta mil más murieron por la radiación durante las semanas y meses siguientes. El edificio se mantiene en pie, con su orgulloso aspecto de ruina, tal como lo dejó la bomba: con las paredes de ladrillo sin acabados, sin puertas ni ventanas, y con la célebre cúpula delineada por su armazón metálico, desnudo, en recuerdo de lo que cayó, pero, como parece gritar Hiroshima en cada esquina, también de lo que quedó en pie.
Alrededor del edificio suele haber grupos de niños y adolescentes que, aprovechando la afluencia de extranjeros, están ahí para practicar inglés. Apenas hube terminado de tomar algunas fotografías culposas, un par de estudiantes me abordó para hacerme una serie de preguntas y cumplir así con la tarea de su clase de inglés. Las preguntas parecían sencillas y rutinarias, pero responderlas de manera sincera resultaba imposible. Me preguntaron, por ejemplo, por qué había ido a Hiroshima, y no tuve ánimo para decirles que para ver cómo había sido destruida y para regodearme en mi buena conciencia y convertirlos a ellos y sus familias en simples supervivientes atómicos. Tampoco pude mentirles y decirles que para reflexionarsobre la paz o para rezar por la concordia de la humanidad. Respondía con una grosera generalidad y redundancia diciendo que iba para conocer la ciudad y porque estaba de viaje por Japón. Todas mis respuestas fueron igual de tontas y cobardes, salvo la última. Cuando me preguntaron qué me había gustado más de la ciudad —una pregunta normal formulada por cualquier estudiante pero incómoda en una ciudad cuyos visitantes acuden con la idea de horrorizarse y de que no les guste nada—, respondí con la verdad: las ostras y conocer a Las Carpas. La sinceridad fue bien recibida, y los estudiantes sonrieron e incluso alguno de ellos, seguramente todavía decepcionado por la derrota de la víspera, aplaudió.
Después paseé un poco por los alrededores, en busca de los contados y célebres árboles que lograron renacer tras el estallido de la bomba.
DENTRO DEL LÉXICO QUE SURGIÓ tras la inauguración de la era atómica, y tomando en cuenta la proverbial capacidad de los japoneses para inventar nuevos términos, es difícil superar a la palabra hibakujumoku, que quiere decir algo así como “árbol bombardeado”. Son árboles tristes y son también los árboles más hermosos del mundo. Pequeños, de aspecto frágil con el que ocultan su fortaleza, están allí, con hojas que caen y reverdecen cada año, abiertas a la rutina furiosa de las estaciones y a la interpretación. Yo no sé nada de árboles y eso me molesta. Necesito leer los carteles o auxiliarme de Google Lens para averiguar si son sauces y eucaliptos o higueras y ginkgos los que retoñaron todavía con altísimos niveles de radiación. En general, son pequeños y pasarían desapercibidos en cualquier ciudad en la que no hubiera estallado una bomba nuclear. ¿Qué simbolizan? Oficialmente, la paz y la resiliencia, esa palabra también nueva que invita a ignorar el contexto y reducir todo a una cuestión de voluntad. Yo leo a esos árboles como una muestra de que lo raro es la vida, y que si reverdecen cada año no es para dar una lección deeficiencia, sino para dar testimonio de la muerte a la que sobrevivieron y que hay más sabiduría en dejarse estar y seguir siendo que en querer crecer descomunalmente. Sí, vi y veo en esos árboles una muestra irrefutable de la extraordinaria necedad de la vida, pero también, de manera inevitable, del poder destructivo del mal, que arrasó todo a su paso, salvo a esa especie vegetal.
Para terminar con el día dedicado a la bomba, me dirigí al Museo Memorial de la Paz, el punto medular del parque. La muestra está dedicada a contrastar la ciudad antes y después del estallido, a documentar los espantosos efectos que tuvo en sus habitantes y a contar la historia y el testimonio de algunas víctimas. Las imágenes son muy duras, y aunque se pueden ver en línea, enfrentarse con ellas en el sitio donde se captaron, donde ocurrieron, les confiere un sentido más potente. Se ven, por ejemplo, triciclos y bicicletas retorcidos, un buda de bronce derretido, fotografías de las personas quemadas y las escaleras donde se conserva la “sombra” de una persona, lo único que quedó de ella tras los cuatro mil grados Celsius que se alcanzaron en la superficie tras el estallido.
LOS SOBREVIVIENTES SUFRÍAN UNA ENORME DISCRIMINACIÓN POR PARTE DE LA SOCIEDAD JAPONESA: RECORDABANLO QUE TODOS QUERÍAN OLVIDAR. ENCONTRAR UN TRABAJO O CASARSE LES RESULTABA IGUALMENTE COMPLICADO, PUES SE SABÍA QUE CUALQUIER DÍA PODÍAN CAERSE MUERTOS.
LO QUE LLAMÓ MI ATENCIÓN es lo que el museo no muestra. No hay ninguna mención al contexto: no se dice quién arrojó la bomba, durante qué guerra ni qué consecuencias políticas tuvo. El único indicio es la mención de que algunas víctimas estaban “luchando por su patria”. Por una parte, entiendo esto. La explosión de la bomba atómica supuso y supone tal horror que queda por encima de cualquier narrativa. Poco importan las explicaciones y justificaciones, la historia y los actores. Contextualizar tal horror supone, desde este punto de vista, minimizarlo. Sin embargo, también creo que renunciar al contexto impide una verdadera reflexión e impone una lectura exculpatoria de los hechos, como si la bomba hubiera sido una catástrofe natural impredecible. No es así. Hay culpables y hay ideologías que condujeron a ese crimen, pero del Imperio Japonés y de Estados Unidos no se dice ni una sola palabra. Si el turismo atómico y la existencia misma del museo se justifican con una intención pedagógica, entonces la lección tendría que impartirse completa.
Parecería que la ciudad terminó con la bomba, que ya no hubo nada después. Pero la ciudad siguió, lo que resultaba incómodo para vencedores y derrotados, pues Hiroshima, de manera inevitable, recordaba ni más ni menos que a Hiroshima. De allí que una de mis lecturas preferidas sobre la ciudad y su tragedia —junto con los Cuadernos de Hiroshima de KenzaburoOé y el manga Pies descalzos de Keiji Nakazawa— sea “Los sobrevivientes de la bomba atómica”, crónica de Tomás Eloy Martínez, incluida en su libro Lugar común la muerte. El periodista argentino viajó a Hiroshima y Nagasaki en 1965, veinte años después de la explosión de las bombas. Su crónica se centra en los grandes olvidados de esta tragedia: en los cientos de miles de sobrevivientes.
LOS SOBREVIVIENTES resultaban molestos para Japón y para Estados Unidos, que pretendían olvidarse de la guerra y dar por terminada la historia de las bombas con su explosión. Ambos países silenciaron durante años el alcance de la catástrofe y dejaron a su suerte a los sobrevivientes. Estos padecieron leucemia, anemia, esterilidad, malformaciones y cáncer de hígado, pulmón, piel, tiroides y estómago, pero no se aceptó que estas enfermedades eran efecto de la radiación porque un general estadunidense decretó que las bombas no eran dañinas para la salud. Además, los sobrevivientes sufrían una enorme discriminación por parte de la sociedad japonesa: recordaban lo que todos querían olvidar. Encontrar un trabajo o casarse les resultaba igualmente complicado, pues se sabía que cualquier día podían caerse muertos.
Eloy Martínez entrevista a quienes vivieron uno de los mayores horrores de la historia y que fueron condenados por ello. Se detiene en algunas tragedias individuales, un puñado de las miles que se olvidaron para siempre. Hay resignación, a veces odio y rencor, tristeza, pasmo. También encuentra piedad y generosidad, como las de la señora Yamaguchi. Cuando la bomba explotó, vio cómo moría una mujer con un bebé de pecho. En ese instante decidió dedicar el resto de su vida a los huérfanos de las bombas. Cumplió. Nunca se filmará una película de su vida porque eso ya sucedió en el nuevo Japón, rendido y aliado de quien había que aliarse.
Muchos sobrevivientes recuerdan de forma parecida la explosión: una luz blanquísima que lo abarcó todo, del color de la leche, para algunos terrorífica y para otros “la luz más hermosa del mundo”, y acto seguido chispas en cada rincón del aire, “como pequeños gorriones de fuego”. No me toca a mí determinar si esos gorriones siguen volando de alguna forma o si ya se apagaron para siempre. Pensaba en esto y en otras cosas tras la visita. Aprovechando que al fin había dejado de llover, me eché a caminar sin rumbo, aunque sabía que, con una pequeña ayuda de Google Maps, lograría acabar en el restaurante de la víspera.
Seguía sintiéndome culpable por visitar un lugar al que se llega —siempre con las mejores intenciones— para apreciar su destrucción. En este sentido, Hiroshima es una ciudad destinada a decepcionar a cualquier viajero, quien sólo se mostraría satisfecho frente a un campo arrasado, con una que otra ruina dispersa para señalar que alguna vez allí hubo un asentamiento. Pero Hiroshima existe y, a mí, me pareció una ciudad feliz. Por motivos obvios, casi todos sus edificios son nuevos, grises y uniformes, levantados sin otra ambición que albergar a sus residentes, quienes tuvieron la osadía de sobrevivir a su lugar de nacimiento. Pero eso fue suficiente, como el árbol que reverdece sin mayores ceremonias en un país fanático de ellas, para refundar una ciudad llena de bares hospitalarios para beber cerveza, comer ostras y lamentar que Las Carpas volvieron a perder. La historia de la bomba atómica es una de las más crueles y no debe caer en el olvido. Intentar iluminar un poco tanta oscuridad es mejor que no hacer nada. Y es lo que ha hecho y sigue haciendo, más allá de sus museos y de sus monumentos conmemorativos, la ciudad de Hiroshima.
El día de la revelación, de Steven Spielberg
