EL CORRIDO DEL ETERNO RETORNO

Matándose para vivir

Matándose para vivir
Matándose para vivir Foto: Especial

Siempre he sentido veneración por Ozzy. Una debilidad rayana en la idolatría. Pero después de leer Últimos ritos (Libros Cúpula, 2025), lo admiro todavía más.

Nunca imaginé que el regalo post mortem de Ozzy fuera un libro. Esperaba un disco inédito. O la edición en blu-ray de Back to the Beginning, su último concierto. Pero gracias a los dioses del metal que no fue así. Unas nuevas memorias es lo que necesitábamos los fans. El acompañamiento perfecto para esa droga dura llamada Soy Ozzy. Confieso que he bebido (Global Rhythm, 2009). Y, además, una coda a la altura de semejante leyenda. El Ozzy viejo es igual o más divertido que el joven.

Últimos ritos tiene hermano gemelo, No Escape From Now, lanzado en la plataforma Paramount+. El documental es un testimonio doloroso, en el sentido de la despedida. Ozzy está diciéndonos adiós. Pero en el libro la carga dramática se desdibuja por completo. Ozzy rememora momentos escabrosos (que los hay, y muy duros) con episodios cómicos, lo que dota al libro de un equilibro socarrón. Ni es mercado de lágrimas, ni son las memorias del bufón de la corte. Entonces, uno se pregunta si la fama vino con el estilo de vida o fue el estilo de vida el que vino cuando se convirtió en El príncipe de las tinieblas.

Cuesta creerlo, pero a Ozzy no lo mataron las drogas ni el alcohol. Fue la mala praxis. Un maldito carnicero nos lo arrebató. Ni en Estados Unidos, uno de los países con mejor tecnología de punta, estás a salvo de la negligencia médica. Ozzy fue sometido a una cirugía que le cambió la vida. La decisión para una operación de tal magnitud fue tomada en una hora. UNA HORA. Ozzy no acusa directamente a quien lo tasajeó, pero sí al sistema de salud gringo, que siempre actúa más pensando en los honorarios que en el bienestar del paciente. Sólo el diablo sabe cómo esos cabrones, con todas las demandas que les caen a diario, siguen precipitándose para llevar a la gente al quirófano.




EN EL LIBRO LA CARGA DRAMÁTICA SE DESDIBUJA POR COMPLETO. OZZY REMEMORA MOMENTOS ESCABROSOS (QUE LOS HAY, Y MUY DUROS) CON EPISODIOS CÓMICOS, LO QUE DOTA AL LIBRO DE UN EQUILIBRO SOCARRÓN.



Y cómo es que llegó Ozzy a tal situación, se preguntarán. De la manera más inocente, es la respuesta. A sus 69 años, al Príncipe de las Tinieblas no se le había quitado lo juguetón. Y se metía a la cama todas las noches arrojándose al colchón, como quien se aventara a la alberca para hacer una “bombita”. Ozzy mismo aceleró su salida de este mundo por ser fiel a sí mismo. Al niño que llevaba dentro. Y que al parecer décadas de alcohol no habían conseguido aniquilar. Era un aspecto que lo hacía único. Diferente a los otros músicos que han jugado toda la vida a hacerse las estrellas de rock. Ozzy nunca se tomó demasiado en serio como para no permitirse brincar para caer en el colchón.

Una noche se despertó a mear. Al regresar, volvió a arrojarse a la cama con las luces apagadas. Pero erró el tiro. Cayó directamente sobre el piso y se rompió elcuello. Ozzy era como Dalton, el sacaborrachos de la peli Road House, llevaba su expediente médico a todas partes. Esta nueva lesión se complicó porque ya había sufrido un accidente previo, se había caído de un quad (que no es otra cosa que una cuatrimoto). Ocho costillas rotas, un pulmón perforado y la clavícula seccionada de tal forma que había cortado el sistema sanguíneo de riego del brazo derecho, fueron el saldo. Pero no murió, lo salvó la sanidad británica. De aquel accidente en Inglaterra le habían quedado unas partes de titanio en el cuerpo, que al momento de partirse el cuello complicaron lo que parecía algo rutinario.

En Últimos ritos las drogas son protagonistas estrella. No sólo las ilegales. También las legales conseguidas de forma ilegal. “Hubo un momento en que me estaban administrando hasta 64 medicamentos distintos cada día.” Debido al párkinson y a los problemas derivados de éste y los accidentes que sufrió a lo largo de su carrera, en sus últimos años, como la rola de Black Sabbath, Ozzy tuvo que matarse con medicamentos para seguir viviendo. Sin embargo, su naturaleza adictiva competía con sus deseos de estar al cien para salir de gira. Hasta algo medianamente inocente como el helado se convertía en un problema para él.

Y entonces alguien me trajo un helado, uno de esos de barquillo, recubierto de chocolate, y me lo aspiré en dos segundos, del hambre que tenía. Claro que eso sólo me dio ganas de otro. Si algo me gusta, no sé parar hasta ponerme enfermo. De hecho, durante un tiempo tuve una adicción total al helado. Sabor vainilla o café. A veces de fresa, pero sólo si no había de los otros dos. Llegué a comer tanto que decidí ahorrar contratando a una chef que hacía el suyo propio. Gran error. Era tan increíble que me lo habría comido directamente del suelo. Pero después de unas semanas así, me volví prediabético y tuve que dejarlo. Una cosa más para la lista de cosas divertidas que ya no puedo hacer.

De los mejores momentos del libro son sus encuentros con otras leyendas del rock. Como Clapton o David Bowie, a quien conoció en una sesión de Alcohólicos Anónimos, AC/DC o Van Halen, etc. Hasta su muerte, Ozzy luchó con las adicciones. No sólo al periflais y el pisto, sino a todo lo que se le atravesaba, como su temporada en el OxyContin, el cual obtenía sobornando dentistas de todo Estados Unidos o su abuso de los esteroides, con el pretexto de aliviar su voz consumía un frasco de Decadron todas las noches. Al final de sus días, lo que más le provocaba nostalgia era poder beberse una Guinness en Irlanda. Últimos ritos, además de las memorias de Ozzy, es un manual de padecimientos y guía de medicamentos que puede resistir el cuerpo humano.

Todos tenemos nuestros fantasmas, yo por ejemplo tengo a mi Labubu de Tlalpan, y los de Ozzy jamás lo abandonaron, pese al éxito de The Osbournes o haberse reconciliado con Black Sabbath. En todo el libro no deja de mencionar a Randy Rhoads. En lo mucho que le pesaba su muerte a cada momento, Ozzy seguía sintiéndose culpable. También deja muy claro lo mucho que lamenta que Bill Ward no haya estado en 13, el último disco que grabó con Black Sabbath. Pero fuera de eso, alcanzó un final de plenitud. Y todavía tuvo tiempo para preparar este monumento de libro. Por suerte las drogas no le destruyeron la mente, aunque sí le provocaron unas lagunas mezcales del tamaño del Golfo de México.

“Ser yo mismo ya casi es un deporte extremo”, confiesa. Pero también fue una bendición. Para Ozzy y para todos nosotros. Los dioses del metal lo tengan en su santa gloria.


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