Las exposiciones permanentes de los museos se han vuelto durante los últimos años en aguas complejas de navegar, suscitando debates entre profesionales de ese campo y generando críticas desde el público. Su curaduría debe sostenerse en un delicado equilibrio entre construir la identidad del museo en cuestión a través de su colección y, con ello, el relato que ésta devela; mostrar los famosos highlights que el público espera ver (y fotografiar) mientras se hace justicia a las historias embodegadas; y, por si fuera poco, también la cada vez más demandante exigencia de los visitantes por la novedad, tanto en la experiencia que el recinto les ofrece, como en los contenidos que les presenta. Lo último no es en absoluto un tema a despreciar, hay una expectativa de verse reflejados en esa puesta en escena que es una exposición; y esto es lo que llena salas. ¿Qué hacer entonces con las exposiciones permanentes? Algunos expertos vislumbran —y anhelan—su fin; otros no conciben su existencia sin ellas.
Tomando todo esto en cuenta, llegar a buen puerto es aún más complejo si a esta receta se suma la etiqueta de ser un Museo Nacional, pues entonces no está ahí sólo la narrativa que da sentido a una institución, sino a la de todo un país. Y quizá, por esto mismo, es en esos recintos donde las exposiciones permanentes no pueden ser estáticas; es allí donde tienen una mayor obligación de responder a las exigencias de su tiempo. Por ello, celebro que el Museo Nacional de Arte (MUNAL) haya emprendido la titánica tarea de replantear sus salas permanentes dedicadas al arte del siglo XX. La ambición debe reconocerse también, pues si hay un momento monumental de nuestro pasado artístico es ése.
EL PLANTEAMIENTO QUE ENTRETEJE todos los núcleos es, por tanto, de una gran pertinencia: no se propone como una historia del arte mexicano, sino de la cultura visual del país. Por primera vez, el siglo XX mexicano se nos presenta como un diálogo entre pintura, fotografía, gráfica, cine e, incluso, marionetas. Sí, desde el Teatro Guiñol hasta la canónica Escuela Mexicana de Pintura o el surrealismo, pasando por la fotografía revolucionaria y también la de vanguardia, hasta la literatura de los Contemporáneos, nos guía un hilo conductor que explora ampliamente las corrientes artísticas entre 1890 y 1950. Este abanico de microhistorias es una bocanada de aire fresco al romper con las narrativas anquilosadas de un pasado monolítico al que parecía que sólo se le podía atribuir la etiqueta de “posrevolucionario”, dando cabida a discursos que además de integrar otras sensibilidades más allá del nacionalismo, otorgan un papel central a las mujeres y las disidencias sexuales —aunque no propiamente manifestadas.
En las nuevas salas, destaca la mirada desde el archivo: los periódicos y las revistas tienen un protagonismo importante, al igual que los objetos históricos. Sorprende, por ejemplo, encontrar la bandera de la huelga de la Academia de San Carlos, detonante inequívoco de la renovación plástica revolucionaria. Este rescate es importante no sólo por la curiosidad histórica sino por una función didáctica: al explicarnos la historia del arte mexicano del siglo XX, nos explica a nosotros mismos.

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