La conozco tanto que no sé quién es. Y esta frase es perfecta y contundente, aunque a simple vista no lo parezca. Hay personas que de tan conocidas duelen. Se transforman en fémures, costillas y memoria. La intimidad sorprende más cuando se nos impone: el viento no se detiene a meditar en los obstáculos que encontrará a su paso: avanza y toma su camino. Durante el breve tiempo en el que transcurrió mi adolescencia, Juan Gabriel no se había convertido todavía en el ídolo vivo y más querido de la cultura popular. En aquel entonces, principios de los años setenta, él era sólo un joven cantante que, pasito a pasito y humildemente, entraba a tu casa, se acomodaba en ella y tarde o temprano se ganaba la simpatía de sus anfitriones. Tal ha sido una de sus virtudes más evidentes: abrirse puertas y entrar hasta a la casa más huraña. Y después quedarse.

En aquella época, mi madre todavía escuchaba canciones en la radio mientras realizaba sus labores hogareñas; o ponía un acetato a girar en nuestra flamante consola Stromberg-Carlson comprada en abonos apenas unos años atrás. Ella no era feliz, sin embargo la música le hacía menos ásperas e inhóspitas las mañanas y el eterno comenzar de nuevo otra vez. Allí descubro una de las razones por las que yo valoro más el silencio a la hora matinal del primer sol que por las noches: la música me recuerda a la felicidad nunca encontrada. Mi familia habitaba una casa en el sur de la Ciudad de México, a unos metros del canal de Cuemanco y de los moscos volando al ras de sus aguas turbias. De entre mis vecinos y en aquella colonia hice mis primeros amigos verdaderos: los más fieles al mito que la memoria crea para no destruirse o abandonarse a la nada; adolescentes que mordían, se ensuciaban y rodaban entre el polvo animados por una ansiedad animal y primitiva. Éramos topos que gozaban como nadie su ceguera. Ninguno de nosotros poseía todavía un gusto y las canciones que escuchábamos entonces se desvanecían sin vida en nuestra mente apenas en el andar de unos cuantos días. La verdadera y disfrutable levedad del ser. No sabíamos hacer diferencias: sólo olfatear la vida que estaba a punto de comenzar y hacerse concreta y falsa. A mí, por ejemplo, las niñas o jóvenes rubias me subían la temperatura, pero también podría yo haber asesinado a un muerto con tal de impresionar a una adolescente trigueña y mustia. La vida entera hacía nido en mi curiosidad. Aún me encontraba a salvo del gusto obstinado, maduro o refinado que acaba convirtiéndote en bestia que bala y pertenece a un solo rebaño. Y en la radio de mi madre se escuchaba ya la voz de un tal Juan Gabriel: “No tengo dinero / ni nada que dar / lo único que tengo es amor para dar / si así tú me quieres / te puedo querer / pero si no quieres / ni modo qué hacer.” Su canto no estorbaba a nadie. ¿Cómo iba a hacerlo? Un estribillo cándido exclamado por una voz juvenil y sentimental no tenía la fuerza suficiente para emocionarnos, a nosotros, sangre de ciudad. Y no obstante su aparente simpleza, lo dejábamos sonar en paz, estar, como si fuera el tímido y modesto florero que una noche trágica en el futuro arrojaremos contra la pared, contra el amante o la aventurera que nos ha hecho daño una y otra vez más.
Mi madre, por su parte, continuaba siendo fiel a Celia Cruz y a cada uno de los cantantes de la Sonora Matancera, pero su gusto poseía grietas considerables y una mañana se sorprendió siguiendo una letra ajena a su debilidad, una balada ranchera en voz de Angélica María: “Que sufrí para olvidar tus besos /que me tuve que ir / y muy lejos / y ahora que me miras me preguntas / que si te quiero / ya no te quiero.” ¿En quién pensaba mi madre? La sentida rumia, el melodrama humilde y melancólico del joven compositor venido de Ciudad Juárez, Alberto Aguilera, había comenzado a echar raíces en una tierra atenta y fértil a las baladas plañideras, al melodrama y a la constante traición sentimental.

Diversa Cultural
DURANTE EL PRIMER LUSTRO de los años setenta, Juan Gabriel se abría paso de forma noble, obstinada y honrada, mientras el presidente, Luis Echeverría, se proclamaba guía de una revolución socialista y se erigía él mismo en el líder de los países del tercer mundo: ambos, compositor y político, fueron durante aquella época los actores principales de sus propios artificios. Mas la enorme diferencia entre el joven pobre que emigró a la capital de su país para ganarse la vida interpretando sus canciones y el entonces hombre más poderoso de México, estaba fundada en el hecho de que los artificios, relatos o ensoñaciones del primero se convirtieron a la postre en arte popular y social verdadero, mientras que las del político significaron féretro, voz hueca y tiranía. Yo, entre tanto, estudiaba la secundaria.
DURANTE EL PRIMER LUSTRO DE LOS AÑOS SETENTA, JUAN GABRIEL SE ABRÍA PASO DE FORMA NOBLE, OBSTINADA Y HONRADA, MIENTRAS EL PRESIDENTE, LUIS ECHEVERRÍA, SE PROCLAMABA GUÍA DE UNA REVOLUCIÓN SOCIALISTA
El cielo se ha caído, vomitado y reído varias veces desde que aquel joven nacido en Parácuaro, Michoacán, en 1950, fuera llevado a Ciudad Juárez por su madre, Victoria Valadez y se trocara en un Lazarillo de Tormes y en una calamidad infantil: el más pequeño de diez hermanos, la cola del cometa, el residuo que se deja después de una vasta comilona.Así ha sido siempre: ¡Los últimos que se jodan! Y por esa razón ellos mismos se abocan a la maldad, aunque ésta sea pasajera. Juan Gabriel es inquilino de un internado del que escapa a los 13 años (“Ya no aguanté. La libertad es un deber, por eso me salí”). A los 21 años es encarcelado en Lecumberri debido a una acusación de robo. Entre ambos periodos se acomoda y trabaja donde puede, vendedor de artesanías, de burritas, cantante y trotavidas. En busca de ayuda todas las veces, de tutores que lo arropen, de rastreadores de talento capaces de reconocer en él lo que de todas maneras ha de ser en el futuro. La picardía y la pobreza se estrechan las manos, la vocación necia y la corriente en sentido contrario. Un siglo atrás, un escritor hoy casi desconocido, Carlos Díaz Dufoo escribió lo siguiente: “Habría dado cualquier cosa por una creencia elemental, por una afirmación biológica, por un pequeño refugio, animal y seguro”. Les parecerá risible y fuera de lugar, lo es, pero este aforismo —que ocurre en otro sentido— me ha hecho recordar al joven Juan Gabriel cantando en su amado Noa Noa de Ciudad Juárez.
DESPUÉS DE MUCHOS EPISODIOS de necesidad trágica, la fortuna, jamás prostituta, comienza a rodar en otro sentido y la fama crece, al principio ligera, después glotona y gorda, pero todas las veces real y ligada al sentimiento genuino de un público dispuesto a complacerse y a otorgarle voz a su intimidad. A Juan Gabriel nadie le ha dicho qué debe hacer para ser él mismo: él se planta y crece sin barreras allí donde lo pongan, sea en la mesa de una fonda, en el escenario de un cabaret, o delante de una sinfónica nacional. Él sólo sigue sus propios pasos. Las lágrimas y la lluvia se confunden y se unen dentro de una metáfora acuosa y, de tan violada, virginal. “Lloviendo está / y a través de la lluvia / hay un triste adiós / y un amor termina / mis lágrimas no miras / la lluvia las confunde / y aunque yo estoy llorando / por mí no te preocupes.” ¿Cómo es que logro recordar esta canción si han pasado casi cuarenta años desde que la escuché por primera vez? Porque nadie se halla a salvo de las tormentas que acosan la memoria: a su paso siempre un vaso se quiebra o el techo de una casa se viene abajo, un perro se moja resignado, o alguien grita desde una ventana. Y es que cuando Juan Gabriel y sus intérpretes vendían millones de discos y aquellas canciones devoraban la radio en los años setenta, yo no encontraba todavía refugio en un gusto musical definitivo. Y si hubiera encontrado tal refugio éste se habría visto interrumpido ya que en cualquier taxi, en la televisión o en las bocinas del transporte urbano la melodía popular se imponía en la sensibilidad, como un tatuaje marchito. Un ejemplo: ¿Qué clase de ser sensible, enamoradizo y sin educación podría hacer a un lado del camino la voz de Roberto Jordán cuando cantaba “No se ha dado cuenta —del compositor Alberto Aguilera. De una chica yo estoy enamorado / pero nunca le he hablado por temor / tengo miedo que ella me rechace / o que diga que ya tiene otro amor / No se ha dado cuenta que me gusta / no se ha dado cuenta que la amo / que cuando pasa la estoy mirando / que estando despierto la estoy soñando.” Yo no logré desalojar de la memoria tales arrebatos líricos; ni tampoco lo hicieron mis tías lloronas, ni mi abuela que tomaba tequila, ni las sirvientas que barrieron los pisos en casa de mis padres a lo largo de sus años de supuesta bonanza. Y mientras los Sex Pistols y Jimi Hendrix se alzaban en mi horizonte como un símbolo futuro, un horizonte caótico, negro y drogadicto, yo parecía no darme cuenta de que la música de Juan Gabriel sonaba a mi espalda y bajo la tierra, en las taquerías y en las bocinas de una feria itinerante, como el murmullo de un buen diablo que apenas si comienza a asomarse.

TODA CANTINA ES UNA GUARDERÍA en potencia. Allí dentro José Alfredo Jiménez, José José y Juan Gabriel entran por las ventanas, la cocina y las tuberías. Y hacen llorar a los niños que, ebrios, descubren una vez más que sus sentimientos tienen un guía, una voz y un horizonte. A fin de cuentas la cantina es un bodegón, por más abstracto que parezca el motivo. La escena parece repetirse una y otra vez, el rostro sonrojado por el rubor etílico y la alharaca sufriente; el arrepentimiento, la culpa y la amistad necrófila. Es entonces cuando me veo a mí mismo en el principio de los años noventa, rodeado de amigos dentro del bar 33; y en La Nueva Internacional; y en el 14 y El Pájaro; en todos aquellos antros y ergástulas baratas en que los travestis de cualquier edad y estatura imitaban a Rocío Dúrcal, a Ana Gabriel o a Daniela Romo interpretando las letras de Juan Gabriel. Los artistas de barrio, las reinas altivas y erguidas en el lodo inclusive, las suripantas ahogadas en diamantina que cantaban en una vecindad al lado del Teatro Blanquita, todos ellos edificaban un Noa Noa a su medida; un tablado en el que, a diferencia del célebre cabaret de Ciudad Juárez, se comenzaba por el fin, y el fracaso representaba la cúspide de una carrera breve e intensa. En el libro Escenas de pudor y liviandad, Carlos Monsiváis escribió: “A Juan Gabriel nada le ha sido fácil, salvo el éxito”. Ha sido así, pero sobre todo en un detalle que es más bien monumental: poner al machismo mexicano de su parte; ser una “señora” y un “señor” cuando él lo ha querido. El público que a lo largo de dos décadas utilizó con frecuencia obscena el nombre de Juan Gabriel como una alusión a las maneras femeninas, abandonó, al finalizar el siglo veinte, sus juicios lapidarios y lo adoptó como a un ídolo absoluto y omnipresente.
NO SE ELIGE LA INFANCIA, SE CAE EN ELLA.Y después: a salir de esa primera oscuridad y aceptar que el tiempo nos exige tomar decisiones. Allí comienzan los errores y la culpa. Yo escucho las canciones de Juan Gabriel, sus letras moribundas y al mismo tiempo llenas de vida, y él me es simpático, me vuelvo su causa sin desearlo. Y todo ello a pesar de que en mi juventud detesté Siempre en Domingo, esa pasarela de artistas populares que acudían al programa para ser bendecidos y arropados por los obispos de la televisión y el espectáculo. Allí, en 1979, Juan Gabriel le canta a María Félix en presencia de la diva, como se le canta a una deidad, a un ser inalcanzable al que se venera y al que se le envidia en secreto (“La envidia es la admiración más grande”: Juan Gabriel). Y yo me revelaba ante las imposiciones estelares y los domingos de una familia amodorrada y absorbida por la farándula ordinaria. Me ofendía y acusaba y no tomaba descanso a la hora de hacer la crítica y practicar el escarnio de lo inevitable. Monsiváis, en el libro antes aludido, cita a Juan Gabriel cuando éste confiesa que no le gusta leer, que eso le aburre. Y al saber lo anterior yo no me molesto, ni alzo la voz, agraviado. La honestidad no es desvergüenza y el compositor que vive en Juan Gabriel no se inmuta: él no acostumbra la lectura, pero escribe canciones y se ha empeñado toda la vida en llegar a ser quien es. ¿Por qué va a detenerse en las hojas de un libro si las lágrimas pueden ser más graves y certeras que los conceptos? Los santos se acercan más a la verdad que los científicos. No se explica lo que se sufre. A fin de cuentas una mujer se marcha y ninguna razón o argumento razonado va a convencerla de volver. Sólo existe una posibilidad en el horizonte, rogar e implorarle: “Pero no me dejes nunca / nunca nunca / te lo pido por favor”.
SI UNA PALABRA DA EN EL BLANCO A LA HORA DE DESCRIBIR A JUAN GABRIEL DE UN SOLO TRAZO, ESTA PALABRA ES AGRADECIMIENTO. ÉL ES AGRADECIDO Y GENEROSO, MANIRROTO Y DESPILFARRADOR DE SU ENCANTO
Si una palabra da en el blanco a la hora de describir a Juan Gabriel de un solo trazo, esta palabra es agradecimiento. Él es agradecido y generoso, manirroto y despilfarrador de su encanto. Es notorio en el escenario, en el derroche de su picardía homosexual en los palenques, de sus largas horas de concierto en que su público y él despiden miles de litros de sudor, afección y emociones colectivas. En él la riqueza tiene sentido porque circula, como el río de aguas bravas, como la sangre tibia: el balneario que donó en su natal Parácuaro o la escuela internado para niños que fundó en Ciudad Juárez (sólo varones: sus arcángeles en aquella tierra de muerte y abandono del Estado) no son, como sucede en tantos casos, una donación de la culpa y una salida a la conciencia de ser rico en un país desgraciado y lacrado por la corrupción política: Juan Gabriel devuelve todo lo que toma convertido en energía lúdica y en bienes simbólicos; sus canciones son vasos comunicantes entre las distintas clases sociales que lo reconocen como ídolo y familia. Ninguna ideología o partido político hace coincidir a tal cantidad de personas provenientes de economías y culturas tan distintas, enfrentadas e irreconciliables. Juan Gabriel es en sí mismo la constancia de una ciudadanía.

CIUDAD JUÁREZ ES TIERRA EROSIONADA y frontera física que ha sobrevivido entre el fuego y la impunidad; una ciudad que Juan Gabriel abandonó a tiempo y que en su mente no existe más que como ficción y melancolía del pasado: el relato del origen y la raíz que nos hace seres terrenos. Nada más. Ciudad Juárez es la novela que Juanga no escribió y que él, por razones obvias, no volverá a sufrir. Cinco décadas ha engullido el tiempo desde que yo escuchara por primera vez sus melodías y él entrara a mi casa, a la ciudad y a la vida cotidiana de mis vecinos y familiares. La caída en el tiempo me ha llevado por derroteros inesperados. Mi gusto en la música es heterogéneo, libre e intuitivo. El mundo de la farándula y el poder que rodea a Juan Gabriel me es ajeno e indiferente, pero el compositor y cantante nacido en Parácuaro y formado en Ciudad Juárez es un ser singular y su figura no admite, desde mi punto de vista, reclamaciones. ¿Qué clase de reproche hacia él podría ser legítimo? Ninguno. Si la claridad es el desprestigio del filósofo, como escribiera José Gaos, la claridad y sencillez es el oro del compositor popular.

El oficio del hambre

