“La geometría es profecía” señala Simone Weil en sus cuadernos. Y no agrega nada más, como si se tratara de uno de esos raptos de la pitonisa que ofrece su oráculo sin explicación, pero tampoco dudas.
En El jardín de Ciro, Thomas Browne descubre una figura que representa la scala creaturarum, es decir, la progresiva difusión de un orden natural que escala, precisamente, hasta convertirse en una metafísica. Se trata del quincunce, un método con el cual Ciro el Viejo dispuso en sus jardines la plantación de árboles:
de tal modo que quede a cada lado una regularidad angular y una visión completa, debiendo su nombre no sólo al quíntuple número de árboles sino también a la figura que tal nombre denota, la cual, al duplicarse en el ángulo, forma la letra X, esto es, la decusación por excelencia o figura fundamental.
EN EL JARDÍN DE CIRO, THOMAS BROWNE DESCUBRE UNA FIGURA QUE REPRESENTA LA SCALA CREATURARUM,SE TRATA DEL QUINCUNCE
Esta forma cuyos puntos enlazados forman una red, la descubre Browne en docenas de lugares, ya sea naturales o artificiales, por ejemplo, en la construcción de muros romanos, en las coronas “hechas de laurel, roble o mirto, cuando se hacían perfectamente estaban trenzadas con arreglo a esta ordenación”; en la base de los catres de los antiguos “encordados según esta forma”, y naturalmente, en la red de los pescadores y gladiadores; pero también la encuentra en la distribución de los pétalos en las flores, en las hojas de algunas plantas, en “las celdas hexagonales de los panales de las abejas”, incluso en la piel o los huesos de ciertos animales, como los “hermosos rombos del pejesapo a ambos lados de la espina dorsal”.
De esta base física, eleva la figura a un significado intelectual y místico: “Las cosas entran en el intelecto a través de una pirámide desde el exterior y de allí en la memoria a través de otra desde el interior”, es decir, las pirámides del conocimiento forman una X, y “si las líneas intelectuales y fantásticas no están así correctamente dispuestas sino ampliadas, disminuidas, distorsionadas y mal situadas en las matemáticas de algunos cerebros, suelen tener aprehensiones irregulares de las cosas, nociones perversas, e incurables alucinaciones”; y aquí es imposible no recordar el Primero Sueño de nuestra Sor Juana:
…las Pirámides fueron materiales
tipos sólo, señales exteriores
de las que, dimensiones interiores,
especies son del alma intencionales […]
Samuel Coleridge, ante la lectura de Thomas Browne, se exaspera ante tal profusión: “Quincuncios en la tierra a nuestros pies, y quincuncios en las aguas bajo la tierra; quincuncios en la deidad, quincuncios en la mente humana, quincuncios en los huesos, en los nervios ópticos, en las raíces de los árboles, en las hojas, en los pétalos, ¡en todo!”
Otro poeta, esta vez mexicano, Rubén Bonifaz Nuño, analizó en su Cosmogonía Antigua Mexicana. Hipótesis iconográfica y textual, el fenómeno del quincunce en Mesoamérica: “Un punto central y cuatro angulares, equidistantes a él”, un símbolo que encuentra en las distintas civilizaciones desde la olmeca hasta la mexica. Nuño la rastrea en La Venta, en las Cabezas colosales, en Monte Albán, en Teotihuacán, en las estelas de Xochicalco y muy claramente la “falda de serpientes entrelazadas” de la Coatlicue… y poco a poco, como Thomas Browne la descubre en “las flores de cuatro pétalos”, en “los huesos cruzados”, y finalmente en el Calendario Azteca. Para Bonifaz Nuño, el quincunce representa “la disposición del universo, ya que señala sus cuatro rumbos horizontales y su eje vertical”, pero también es “signo del movimiento”, de la “sucesión en el tiempo de las edades cosmogónicas”, en suma, nuestro famoso Nahui Ollin.
Tenemos pues, dos acercamientos a un mismo fenómeno.“Un símbolo”, escribe la Weil, “no produce una transformación,no consigue que se franquee un límite, una puerta. Los símbolos se encuentran en el alma, y para tirar de ella se precisa de algo que esté fuera de la misma”, así el quincunce, tira de nuestra alma la necesidad de orden, uno tan preciso que parece estar lo mismo en el cielo que en la tierra (y quién sabe si el ADN en su forma helicoidal no sea un quincunce en pleno movimiento), y su rastro constituye una fuerza vital que tal vez busca consolarnos de la incertidumbre. Browne termina de este modo su alocución: “Todas las cosas comenzaron en orden y así terminarán”.
Esta necesidad de orden no es en modo alguno trivial. Alfredo López Austin enfatiza en Los mitos del Tlacuache:
La geometría mítica no es un mero juego de planos coordenados. En la composición imaginaria del cosmos se plasma la experiencia cotidiana. Las sociedades fincan en el orden imaginario su comprensión del mundo, validan en él las acciones cumplidas y dirigen con sus prescripciones las acciones futuras […] el orden del mundo no es producto de una mera necesidad intelectual: es la base de toda acción racional y procede de esa acción;
y luego como uno de esos autores clásicos, como Plutarco, que estaba encargado de interpretar los augurios de la pitonisa, o como Sahagún entre nosotros tan cercano a lo sagrado, concluye: “Quien es sabio en las cosas de los dioses y en los movimientos del cosmos dirige juiciosamente los actos de su vida diaria”.
Sin esos símbolos se corre el riesgo de quedarnos sin guía ni asidero, sin figura sobre la cual verter nuestra alma para darle forma: “tal vez esta oquedad que nos estrecha / en islas de monólogos sin eco, / aunque se llama Dios, / no sea sino un vaso que nos amolda el alma perdidiza…” dice uno de nuestros geómetras, José Gorostiza, quien eligió el cilindro como vaso providente.
Los filósofos, desde Pitágoras hasta Sloterdijk, siguen especulando sobre una figura que presida nuestra metafísica; Sloterdijk, en su monumental trilogía, Burbujas, Globos y Espumas hace de la Esfera su profecía. La esfera, por cierto, también se relaciona con el quincunce como señala Browne: Platón “eligió esta figura para ilustrar el movimiento del alma, tanto el alma del mundo como la del hombre, afirmó que Dios dividió todo el conjunto longitudinalmente como si se tratara de la figura de una letra X griega y luego volteándola, la proyectó sobre un círculo”. Uniendo los extremos de una X recortada en cartón o papel, se crea una esfera.
En nuestros teléfonos supuestamente inteligentes se suceden docenas, centenas de figuras diariamente, sin embargo, es lícito preguntarse ¿qué imagen representa la organización del mundo, del espacio y el tiempo, en un solo golpe de vista para el individuo del siglo XXI? ¿Qué profética geometría nos aguarda sobre la que sea posible construir, a la vez, una cosmogonía, una metafísica y una práctica (como la de sembrar árboles)? No se trata de reducir todo lo conocido a una figura geométrica, sino de dotar a esa figura geométrica con el poder necesario para guiarnos entre todo lo desconocido.
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