Quito se desparrama de las manos por más que uno la quiera apresar en un puño. Quito siempre se está lanzando al precipicio. Quito flota en medio de volcanes nevados que rara vez se dejan ver, sólo cuando les es necesario recordar que, más tarde o más temprano, la tierra va a estallar. Pocas ciudades más dinámicas y más estáticas que Quito: cada mañana, parece que sus cerros y plazas cambiaron de lugar, según el capricho del viento y de la noche, y a la vez parece han estado allí desde siempre, idénticos, con los mismos puestos de espumilla y quimbolitos y la misma gente que camina a toda prisa por una callejuela, no vaya a ser que le dé, en uno de sus arrebatos, por llevar a una plaza distinta de la de la víspera. No miento: todas las veces que —según yo, orientado— tomé una calle que creía reconocer, ésta me llevó a un lugar distinto. Eso le agradezco a Quito: el llevarme siempre a un lugar inesperado, ser tan juguetona a pesar de su apariencia mojigata y protocolaria, desorientarme hasta que —un poco mareado por la altura y absorto por su belleza— me pregunte dónde estoy, porque esa ciudad no puede ser real del todo. En Quito, uno se siente en un sueño un tanto inquieto, y cuando uno se empieza a acostumbrar a ella es señal de que ha llegado la hora de partir, porque si algo sobra en el mundo es realidad y Quito es demasiado hermosa como para aventarla al sótano de lo concreto.
NO ES SÓLO QUE LOS CERROS Y LAS PLAZAS de Quito amanezcan siempre en un lugar distinto, mezclados, como si fueran una baraja que un estafador revuelve a la vista de los jugadores que creen tener suerte para sorprenderse, segundos después, otra vez, por haberlo perdido todo. Es que sus calles, incluso cuando se quedan quietas, se contradicen según la hora y el ánimo del día. Yo me hospedé en plena Ronda, un callejón que de mañana lucía solitario, cercado por sus casonas coloniales, como si la ciudad hubiera sido abandonada y ya sólo la recorriera una turba de fantasmas. La única señal de vida era un borrachín que se había quedado dormido en algún rincón, y al verlo uno temía ser parte de su sueño alcoholizado. Por la noche, en cambio, esas casonas demuros gruesos se abrían a los paseantes en forma de tiendas de artesanías y bares animados, y lo que apenas hacía unas horas era un cuento de fantasmas ya era un jolgorio en toda regla, en el que las cervezas heladas y los canelazos ardientes —otra contradicción que destruía la garganta pero equilibraba el temple— dotaban de realidad al sueño o viceversa, porque total, a estas alturas, ya qué más daba.
Ya era hora de ponerse serios, de dejar de probar ora una Pilsener, ora una Club para ver cuál cerveza ecuatoriana era mi preferida —en todo el viaje no logré dilucidarlo— y de entrar en una iglesia, que después de todo estaba en una de las ciudades más persignadas del continente. Pero en Quito ni siquiera en las iglesias se puede confiar, y ya fuera por el soroche —el mal de altura—, por el canelazo o por un repentino arranque místico, la cabeza me seguía dando vueltas y yo me sentía más cerca del cielo que de la tierra, lo que en medio de los Andes tampoco es cosa tan extraña. En ninguna ciudad de Latinoamérica he visto iglesias tan hermosas como las quiteñas, que de fuera no dicen mucho pero por dentro son toda algarabía, con un barroco que grita a los cuatro vientos en la mezcla de sus estilos, con sus piñas americanas y susgeometrías mudéjares. Hablo, claro, de La Compañía y de sus cúpulas imposibles, que seguramente fueron alzadas para maravillar a los jesuitas a ver si así dejaban de conspirar un rato. A pocas cuadras está el convento de San Francisco, con un museo de arte sacro donde Cristo sufre de maneras inusualmente conmovedoras, a tal grado que es imposible preguntarse, con admiración e incomodidad, si la Escuela quiteña distinguía la belleza del dolor, dando por hecho que, en efecto, son cosas diferentes. En medio del convento hay un claustro apacible, donde descansar de tanta belleza y tanto dolor, porque uno no tiene vocación de mártir ni de crítico de arte sacro, pero sí de pecador, aunque por la edad no quede más que conformarse con algún pecadillo de gula y embriaguez y una envidia pasajera por los habitantes de esa ciudad por el simple hecho de vivir en ella.
Porque por si fuera poco, los quiteños comen bien. Leer las cartas de las fondas o restaurantes ya abre el apetito, con platillos cuyos nombres parecen sacados, unos, de alguna novela indigenista de Jorge Icaza o Fernando Chaves —como el yaguarlocro, el locro de papas o los llapingachos— y otros de un poema vanguardista de Jorge Carrera Andrade o dePablo Palacio —como las empanadas de viento y de morocho o el seco de chivo. Al ser capital, en Quito no sólo hay comida de la sierra, sino de todo el país, lo que significa que uno puede comer encebollado —una sopa de pescado— y ceviche en casi cada esquina. Volviendo a la vanguardia, comer pescado casi crudo a cuatro mil metros de altitud, en algún patio o balcón con vistas al Cotopaxi nevado, es una curiosa experiencia estética, entre el happening que desafía las más arraigadas costumbres y el suicidio sibarita. Pero en Ecuador, por más que lo intenté comiendo una fritada y un ceviche en cualquier changarro que me salía al paso, no me enfermé del estómago, lo que habla bien de mi fortaleza chilanga a cualquier bacteria latinoamericana o de lo milagroso de los santos a los que les recé en toda iglesia barroca a la que me metí, que fueron muchas.
QUITO TODAVÍA ES LA CIUDAD COLONIAL LATINOAMERICANA MÁS AJENA AL TURISMO, Y LAS CAFETERÍAS DE ESPECIALIDAD COPIADAS UNAS DE OTRAS Y LA ESTÉTICA DE INSTAGRAM TODAVÍA NO LLEGAN AQUÍ
LOS PLACERES QUE OFRECE LA CIUDAD no sólo atañen al gusto, sino lo que es más extraño, también al oído. Al principio, el español quiteño parece pronunciarse siempre en voz baja, con una entonación un tanto monótona, como una letanía triste y sentida. Pero conforme uno se va a acostumbrando a esa cantaleta, se aprenden a distinguir sus sobresaltos y constante ironía, sus quiebres de sentido y de emoción, y sus travesuras dichas como que no quiere la cosa. El español quiteño es riquísimo gracias a la influencia del kichwa, y en construcciones correctísimas que merecerían el aplauso de los oidores de la RAE se cuelan términos que los escandalizarían, y las guaguas, los ñaños y las chompas salen por todos lados, y bajo el sol del mediodía toda la gente exclama “arrarray” y esa misma gente, con el fresco de la noche, se queja con un “achachay”. Y eso es sólo el inicio, porque el plato fuerte es la sintaxis quebrada —para mí— del español quiteño una vez que el hablante se relaja, como cuando un taxista, contándome que se le iba la vida entre los diferentes cerros y quebradas de la ciudad, me dijo que para colmo “de mi novia su casa queda muy lejos”.
Envidio la facilidad con la que los quiteños más cultos pasan del español al kichwa en cualquier conversación, ignoro con qué criterios, como si algún tema o estado de ánimo fuera más propicio para decirse en una lengua y los demás en la otra. Si de por sí soy chismoso, en Quito me las ingeniaba para fisgonear cualquier conversación y, sin importarme si parecía loco o impertinente, me sentaba allí donde pudiera entrometerme en pláticas ajenas y saborear esas palabras que estaban dichas para que yo no las escuchara. Porque tristemente, cuando los quiteños me hablaban a mí, lo hacían en un español simple, con el fin de que pudiera entenderlos, y no en esa variedad que de tan linda yo quería abrazarla y acariciarla.
Mucho se repite —y no sólo en las publicidades turísticas sino también se lo he escuchado a viajeros experimentados— que el centro histórico de Quito es el más bello de Latinoamérica. No estoy de acuerdo, y no porque afirme que no lo sea sino porque me niego a otorgar medallas. Yo no puedo elegir entre las murallas de Cartagena o las cuestas de Ouro Preto, entre la cantera verde oaxaqueña o el blanco rompecabezas cusqueño. Lo que sí sé es que Quito todavía es la ciudad colonial latinoamericana más ajena al turismo, y las cafeterías de especialidad copiadas unas de otras y la estética de Instagram todavía no llegan aquí. De hecho, en su centro aún se observan escenas impensables en otras capitales, tan orgullosas de sus rascacielos que compiten en altura y falta de carácter. Recuerdo, por ejemplo, a una mujer que, en pleno centro, se paseaba de plaza en plaza con su rebaño de cabras, vendiendo leche fresca a quien fuera que desconfiara de los productos procesados o simplemente tuviera nostalgia de los sabores broncos del campo. Recuerdo también la calle de los yerberos y los curanderos, cuyos remedios prometían curarlo todo, de las enfermedades hepáticas y renales a la depresión y la falta de atención, tan de estos tiempos. En cambio, en La Floresta, el barrio con ínfulas de modernidad —entendida como bar de cocteles caros y restaurante vegetariano— todo era predecible, como una copia del Palermo porteño o de La Roma de la Ciudad de México, de por sí ellos una copia del concepto de originalidad acuñado por un influencer ávido de likes. Por superstición, casi no tomé fotos en Quito, a ver si así se salvaba de las redes sociales y las cabras podían seguir su marcha, tranquilas, sin turistas que las incordien.
Dicho esto, asumo mi condición de turista, y en Quito me lancé a una de las trampas turísticas más entrañables que recuerde: la Mitad del Mundo. A unos cuarenta minutos de la ciudad —en caso de que las páginas de internet y un monumento enorme y feo digan la verdad— pasa la línea del Ecuador, que no por ser imaginaria deja de ser real, volviendo al carácter onírico de esta tierra a veces nebulosa, a veces transparente. Ya allí, se desata una permanente discusión que gira en torno al punto exacto donde pasaría el Ecuador, y como en toda discusión que se respete los involucrados empiezan por afirmar que los demás están equivocados. Sin embargo, todos coinciden en algo: el Ecuador atraviesa en algún punto muy cercano de ese punto, pero a saber en cuál. Como no podría ser de otra forma, hay líneas por todas partes que teóricamente no representan el Ecuador, sino que son el Ecuador, o al menos dotan de una existencia concreta y visible a una raya hipotética que sin embargo confirman todos los mapamundis y globos terráqueos. Así, uno va saltando feliz de la vida de sur a norte y de norte a sur, o caminando en la cuerda floja del supuesto Ecuador con la intención de no caer, pues de hacerlo, se caería inevitablemente en el sur o en el norte, y ambos hemisferios tienen lo suyo, para bien y para mal. También se pueden hacer experimentos más que dudosos, como colocar un huevo en un clavo o comprobar el mito de los remolinos en los lavabos, y resultan tan simpáticos que casi se agradece la estafa. Después de todo el circo, me fui de Mitad del Mundo sabiendo lo que ya sabía: que cualquier sitio es el centro de la Tierra y que por más que salte al norte seguiré viviendo en el sur, que lo llevo dentro.
LOS ATRACTIVOS DE QUITO NO SE LIMITAN al dios cristiano, a la geometría mudéjar y a la geografía fantástica. Hay dos museos, diferentísimos, que impactan por igual. En pleno centro, para más señas muy cerca de donde la señora de las cabras vende leche ordeñada en vivo, está la Casa del Alabado, donde se exhiben piezas preincaicas, de culturas de las que jamás había oído: Valdivia, Chorrera o Jama-Coaque. Mi ignorancia responde sólo a ella misma, obviamente, y no a la falta de calidad artística de las piezas, que no se parecen a nada que hubiera visto antes. La exhibición, por ello, me resultó enigmática, pero más allá del misterio que desprendía cada escultura también me enseñó que la belleza tiene formas y figuras que no sospechaba. Salí del museo entusiasmado pero también algo alicaído, pues me di cuenta de que mi criterio estético es limitadísimo y de que me muevo en una esfera —ni siquiera delimitada por mí mismo sino por las imposiciones de mi contexto— que representa tan sólo una mínima parte de lo que vale la pena en el mundo. Pero para eso fui a Quito: para ampliar mi ignorancia y ser un poco más consciente de todo lo que no sé.
El otro museo es la casa-estudio de Oswaldo Guayasamín, un artista de los tiempos en que éstos no tenían que esconder su ego, y Guayasamín no lo disimula de ninguna forma. La casa alberga su colección de arte sacro y prehispánico —seguimos en Quito—, además de varias de sus obras. Aunque fuera de Ecuador hoy está un poco olvidado, en sus buenos tiempos Guayasamín fue algo así como el Neruda de la pintura latinoamericana: comprometido, cosmopolita, comunista, célebre, prolífico, latinoamericanista, desigual y, en sus mejores momentos, genial. Si el paseo por la casa resulta íntimo a pesar de todo, al lado está la Capilla del Hombre, templo ateo diseñado por el propio artista, donde cuelgan varios cuadros descomunales —en todos sentidos— dedicados al ser humano latinoamericano, con todas sus miserias reales y sus anhelos frustrados. La capilla fue diseñada para que la pintura de Guayasamín luciera en todo su esplendor, y vaya que cumple su objetivo: en ella, los enormes cuadros despliegan su espectacularidad y alcanzan su máximo dramatismo. Sus colores, manos y rostros son inolvidables e inconfundibles. Si bien esa concepción del arte y del artista hoy resulta algo anticuada, los cuadros me conmovieron profundamente, y es desolador atestiguar un arte de esa dimensión creado a partir de la premisa caducada de que el ser latinoamericano tenía un futuro basado en su identidad colectiva. Esa época ya pasó, pero el arte de Guayasamín aún impacta y, por lo tanto, mantiene su vigencia.
AUNQUE FUERA DE ECUADOR HOY ESTÁUN POCO OLVIDADO, EN SUS BUENOS TIEMPOS GUAYASAMÍN FUE ALGO ASÍ COMO EL NERUDADE LA PINTURA LATINOAMERICANA: COMPROMETIDO, COSMOPOLITA, COMUNISTA, CÉLEBRE
ME HUBIERA GUSTADO HACER ALGÚN PASEO literario en Quito, pero la mayoría de los escritores ecuatorianos que he leído, salvo por un par de los mencionados en un párrafo anterior, son guayaquileños: José de la Cuadra, Miguel Donoso Pareja, Mónica Ojeda, María Fernanda Ampuero, Leonardo Valencia, Solange Rodríguez Pappe, Sabrina Duque. En busca de algún escritor quiteño, me dirigí a la librería Rayuela, donde salí con un buen bonche de libros. El primero que leí fue Sanguínea, de la escritora quiteña —al fin— Gabriela Ponce, que además transcurre en la ciudad, de noche, entre bares de mala muerte y casonas abandonadas. Por suerte, Sanguínea —una exploración sobre el cuerpo y una novela erótica e intimista— me mostró un Quito que no conocí ni de lejos, lo que me confirmó que cuando uno viaja no se entera de mayor cosa más que de maravillosas superficialidades. Nada más reconfortante que leer, en una ciudad, un libro sobre ella que nos demuestra que no logramos conocerla, por lo que el misterio queda intacto, si no es que no se profundizó todavía más, pues ahora tenemos indicios de su magnitud. Quito es inaprensible y de sus muchos cerros yo sólo conocí un par, y de sus muchos sueños yo sólo viví en uno.
Quito no será ciudad de escritores, pero sí es cuna y tumba de los libertadores, como si los héroes, puestos a dar consejos íntimos, nos dijeran que no hay lugar mejor para nacer o para morir. Allí, en plena catedral, está enterrado el mariscal Sucre, cuyo mausoleo está rodeado por las banderas de los países que ayudó a liberar y que formaron parte del proyecto bolivariano, por lo que el mausoleo bien puede verse como un monumento a lo que fue y no fue, a una Latinoamérica que se soñó unida y sigue dividida, por lo pronto. A unas cuantas cuadras, en el barrio de San Marcos —una zona extrañamente apacible del centro—, está el museo dedicado a Manuela Sáenz, quiteña de pura cepa, con una colección de objetos que pertenecieron a la prócer. Pueden verse, por ejemplo, sus libros y su sable, una buena mezcla para lograr la independencia, además de su apasionada correspondencia con Bolívar.
Yo pensé que de Quito no me iría nunca, porque no hay avión que pueda volar por encima de esas alturas. Pero el aeropuerto está localizado a una hora de la ciudad, en una geografía más propicia para los regresos y las huidas. Mi vuelo salía de mañana, así que ese último día decidí despertarme casi de madrugada, para vagar aunque fuera un rato más por esas calles de cuya existencia todavía desconfiaba. El paseo resultó contraproducente: en lugar de confirmarme que la ciudad obedecía a su trazado en los mapas, de nueva cuenta tuve la impresión de que sus plazas se habían intercambiado y que las calles habían formado nuevos nudos. Con un poco de angustia y de alivio, pensé que era imposible abandonar esa ciudad, y desde entonces, supuestamente ya muy lejos, cada vez que sueño sé quesueño en Quito, y que es la vigilia la que miente.
Todos somos público
