Entre lectores te veas: de la vía experimental a los escritores raros

El escritor Alejandro Toledo comparte su educación sentimental a través de los escritores que han marcado su camino. Entre las páginas de su vida lectora desfilan la experimentación literaria, los autores raros y el descubrimiento de los clásicos. En un recorrido que va desde sus primeras lecturas y el hallazgo de James Joyce hasta el pulso colectivo de un taller literario con textos de Proust y rescates del siglo XX mexicano.

Entre lectores te veas: de la vía experimental a los escritores raros
Entre lectores te veas: de la vía experimental a los escritores raros Foto: Especial

Una vida laboral es un centro posible, pero hay más: otras vidas que corren paralelas o se superponen. El relato biográfico es insuficiente cuando sólo revisa el modo de ganarse el sustento; es algo que determina el actuar cotidiano, fija ritmos y horarios, parece tener el control de todo… Mas hubo y hay, afortunadamente, otros surcos.

La lectura, por ejemplo. Que se inició en las historietas, siguió con libros hallados un poco al azar y aterrizó en figuras importantes: Edgar Allan Poe, leído en voz alta por el maestro de literatura de la Prepa 1; Giovanni Papini, que se volvió una temprana obsesión; Dostoievski y sus mamotretos, esos ladrillos empastados que consumía en la Biblioteca de México de La Ciudadela… Un día ahí vi el anuncio de unas conferencias del escritor Carlos Fuentes en El Colegio Nacional bajo el título “Cómo escribí algunos de mis libros”, y esos libros eran Aura y Terra Nostra. Busqué la primera, en los estantes —porque entonces el acceso era directo a los volúmenes—, la encontré en su formato clásico de la Editorial Era, la leí de un tirón y fui a la conferencia; luego busqué la otra, que era extensa, pero igual la leí de modo similar a como devoraba los títulos de Dostoievski, y acudí a escuchar al autor relacionar una con la otra —“Porque Felipe Montero es el autor de Terra Nostra”, decía Fuentes—. Fue mi primer encuentro importante con un escritor vivo.

Eso también me llevó a la larga a pensar que había autores mexicanos a los que debía leer y con los que podía conversar. La literatura estaba viva. Los cursos de crítica literaria y periodismo afianzaron esto.

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Y APARECIÓ JAMES JOYCE en el camino. Tuve un maestro de creación literaria en la ENEP Acatlán, Humberto Rivas, que me acompañó a la librería de la escuela para poder comprar mi primer Ulises, en una edición de dos tomos —de Lumen, traducción de José María Valverde—, con descuento al mostrar Rivas su credencial de trabajador universitario. Y fue como si hubiera pasado de la escucha en monoaural al estéreo: encontré una ciudad, Dublín, que era representada de forma absoluta: vista en todos sus colores, percibida en todos sus sonidos, con diálogos (externos) y voces interiores.

Fui fiel a Joyce por un tiempo. Alguien me llevó a Fernando del Paso y Palinuro de México, libro que me gustó en un principio por mamotrético, era incluso similar físicamente a Terra Nostra, y me encantó al verme situado en sus espacios: la Plaza de Santo Domingo y alrededores, con la cercanía de la Joyería Midas y la Preparatoria 1, sitios de mi infancia y mi adolescencia, que no aparecían en la novela, pero tenían obvia vecindad con lo que ocurría a los protagonistas, Palinuro y Estefanía.

Y conseguí José Trigo, también de Fernando del Paso, quien en la escritura jugó a ser Joyce a la mexicana. Y luego vino Noticias del Imperio

Se fueron así hilando lecturas. El mismo Humberto Rivas nos leyó un par de cuentos de Francisco Tario, raro entonces; y me llevó a la Antigua Librería Robredo, situada en el Paseo de la Reforma, frente a la llamada Glorieta de la Palmera —hoy Glorieta del Ahuehuete—, donde vendían primeras ediciones de Tario editadas por ellos cuarenta años atrás y de las que aún les quedaban cientos de ejemplares. Me intrigó la obra y el personaje.

TUVE UN MAESTRO DE CREACIÓN LITERARIA EN LA ENEP ACATLÁN, HUMBERTO RIVAS, QUE ME ACOMPAÑÓ A LA LIBRERÍA DE LA ESCUELA PARA PODER COMPRAR MI PRIMER ULISES

Tario tuvo pronto la compañía de otro autor raro: el uruguayo Felisberto Hernández, entonces editado en sus Obras completas por Siglo XXI. Recuerdo haber acudido a una presentación en la Feria del Libro de Minería en la que Juan José Arreola habló con gran entusiasmo de Felisberto y lo asoció con Rilke.

Estaban, por un lado, Joyce y Del Paso, en una vía experimental, a la que con el tiempo se agregarían otras voces: Edouard Dujardin, Arthur Schnitzler o Virginia Woolf, sí, pero también, todavía más atrás, Laurence Sterne y, sobre todo, Cervantes. Y en el presente estaban Fernando del Paso y el español Julián Ríos.

Miembros e invitados del Ateneo de la Juventud. Primera fila (al frente, de izquierda a derecha):
Pedro Henríquez Ureña, José Vasconcelos, Antonio Caso, Jesús T. Acevedo y Alfonso Cravioto.
Miembros e invitados del Ateneo de la Juventud. Primera fila (al frente, de izquierda a derecha): Pedro Henríquez Ureña, José Vasconcelos, Antonio Caso, Jesús T. Acevedo y Alfonso Cravioto. ı Foto: Especial

Y se asomaban, por otro lado, los raros, según definición de Rubén Darío, para mí entonces Tario y Felisberto, pero habría más, incomparables, porque sus rarezas son individuales, pero a la vez afines. La amistad con Daniel González Dueñas, a quien conocí en un Encuentro de Jóvenes Escritores celebrado en Veracruz, añadiría a Efrén Hernández y Antonio Porchia.

Mis lecturas no se limitan a ellos, pero sí se concentran en ellos. Vuelvo una y otra vez. Se dice que cada cabeza es un mundo, mas aquí cada escritor es un orbe que nos conecta con otros orbes y configuran, unos y otros, uno o varios universos. Así es como algo simple por el sistema de relaciones se complica bíblicamente, libro por libro, autor por autor: Joyce, que nos lleva a Shakespeare, que nos lleva a Homero… Llega uno a los orígenes, y viaja de vuelta hacia el presente.

POR GONZÁLEZ DUEÑAS INTENTÉ acercarme a Julio Cortázar, pero fracasé. Hay en los personajes cortazarianos una adolescencia tardía, que es la que les ofrece, supongo, la capacidad de asombro, con la que no me siento a gusto. Prefiero al aterrizado Leopold Bloom, con empleo, buen esposo y padre ejemplar; y rechazo a quienes en Rayuela dejan morir a un bebé. No entiendo cómo puede ocurrir eso. Joyce pensaba que Odiseo era un personaje más completo que Jesucristo, pues éste no tuvo experiencia con mujeres ni supo lo que es la paternidad. Odiseo fue rey, esposo y padre.

Rayuela no es para mí y tampoco lo ha sido Adán Buenosayres, de Leopoldo Marechal, novelas que para algunos tienen la influencia de Joyce por los afanes experimentales, con adultos que actúan como jóvenes disparatados y muchos complejos ante lo femenino. También he chocado con Guillermo Cabrera Infante, quien juega con las palabras, pero no va más allá de eso.

Por Tario, en la búsqueda de personas que lo habían tratado, en la construcción de un “retrato a voces”, conocí a Esther Seligson, sin duda una gran maestra. Su vida y su obra tienen el sustento del mito, esa raíz cultural que lo ata todo, y que hace que un relato simple, de estos días —como un encuentro amoroso—, adquiera cualidades profundas, y de pronto ya no se trata de Juan y María sino de Odiseo y Penélope. Esther transmitía eso incluso en una charla casual.

ALGO SIMPLE POR EL SISTEMA DE RELACIONES SE COMPLICA BÍBLICAMENTE, LIBRO POR LIBRO, AUTOR POR AUTOR: JOYCE, QUE NOS LLEVA A SHAKESPEARE, QUE NOS LLEVA A HOMERO... LLEGA UNO A LOS ORÍGENES, Y VIAJA DE VUELTA HACIA EL PRESENTE

COMO ERA NOVEDAD, en el taller de crítica literaria de Ignacio Trejo Fuentes leí Los años falsos de Josefina Vicens, y adquirí además —en aquella librería del Palacio de Bellas Artes que ofrecía descuentos a los alumnos de Trejo— El libro vacío. Dos novelas, dos abismos. Atesoro esas conversaciones que pude tener con la autora, y que se transformaron en La inminencia de la primera palabra.

Y por Porchia llegamos, yo y González Dueñas, a Roberto Juarroz, autor al que buscamos cuando vino a México a participar en un gran encuentro de poetas. Un diálogo casi de banqueta, o lobby, se convirtió en una extensa conversación dedicada a la poesía vertical y al encuentro de Juarroz con su gran maestro Antonio Porchia. De eso trata La fidelidad al relámpago.

Otra experiencia estereofónica fue la lectura de Marcel Proust. La intenté en 1986, durante el Mundial: aprovechaba las distracciones de los demás en partidos de futbol internacionales y me encerraba a leer En busca del tiempo perdido… En algún momento me detuve. No llegué al final —ni a la final de ese México 86—.

Cumplí el ciclo completo en los cursos de la Casa de las Humanidades. Fue así: primero propuse la lectura de nueve novelas cortas, que fueron de Aurelia de Nerval a Aura de Fuentes. Luego dije a los alumnos: leeremos ahora una novela larga, equivalente en páginas a esas nueve novelas cortas, unas 80 páginas semanales. Y leímos Ulises de Joyce. Entonces se me ocurrió que, como ya habían leído y disfrutado en grupo una novela extensa, podrían ir más allá y leer hasta donde se pudiera En busca del tiempo perdido. Y en nueve meses culminamos el trayecto de los siete libros. Es increíble cómo siente uno en esa lectura el paso del tiempo; cómo, por ejemplo, la modernidad se anuncia en el cambio de ritmo al pasar del tren al automóvil o al avistar el primer avión en el cielo… Otros relojes son la llegada de la luz eléctrica a París, el cambio en las comunicaciones del telegrama al teléfono, y con éste la posibilidad de escuchar la ópera desde casa y en directo. El cierre maestro fue una comida —con una alumna, Isabel Álvarez, como anfitriona, quien encontró en Proust un recetario oculto— en la que hubo platillos sacados de la novela, vino francés y la conversación con una maestra universitaria experta en Proust, Luz Aurora Pimentel. Comimos y bebimos a Proust.

ES UNA VIDA DISTINTA la que han armado mis lecturas, pero también es mi vida. Tengo muchos años con ese taller sabatino que se inició con Flaubert y se ha expandido. Somos muy constantes. Algunos de ellos: la misma Isabel; Abel y Leonora; Úrsula y María; Lucía, Marco, Pilar, Frida y Elia… Uno de nuestros últimos proyectos fue revisar la literatura mexicana del siglo XX: empezamos con el Ateneo de la Juventud, y hemos avanzado década por década. La nómina es extensa y referirla es inútil, pues sólo se trataría de acumular nombres. En los últimos años nos enfocamos en Octavio Paz y José Revueltas; luego derivamos en dos veracruzanos, Sergio Galindo y Juan Vicente Melo, y en dos guanajuatenses: Jorge Ibargüengoitia y Efrén Hernández… y ahora andamos con Salvador Elizondo. Leímos todo Rosario Castellanos y lo esencial de Elena Garro. También a Nellie Campobello, Amparo Dávila, Jo-sefina Vicens, Guadalupe Dueñas, Luisa Josefina Hernández e Inés Arredondo. Porque es cierto que nuestros críticos han dado preferencia en sus historias literarias a los señores, y eso es algo que puede cambiarse.

La lectura en grupo enriquece sin duda la experiencia. Dice Sterne, en una simpática metáfora óptica, que todos vemos la nariz propia más grande que la del vecino porque la vemos desde otro punto de vista. Y así es. Leemos el mismo libro, pero nuestra navegación es diferente, y de ello nos damos cuenta al comentarlo. Ha ocurrido que cosas esenciales pasaron desapercibidas por algunos y son descubiertas en la revisión página por página. Algo dice el otro que nos ilumina. En libros arduos o complejos se avanza mejor, pues hay apoyo comunitario. Se empujan (lo hacemos) entre todos.

Y tengo una participación en Radio UNAM en la que recomiendo quincenalmente un libro. Respeto la lectura y por lo tanto intento ser siempre franco en llevar a los escuchas a obras significativas, con criterios ajenos a la fama pública, el mercado editorial o el encumbramiento social. Hay entre nosotros mucha pluma falsa, que destaca por habilidades distintas a las literarias. Mucho vivillo anda por ahí, y no hay que irse con la finta. Y hay autores importantes a los que debe uno acudir en todo momento. Intento guiar a los escuchas —otra cosa es que me hagan caso— hacia los buenos libros.

Si alguien preguntara por mi ocupación, acaso diría:

—Soy, principalmente, lector. A eso me he dedicado.


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