La esperanza es un error.
Angela Merkel, canciller de la República Federal Alemana, Willy-Brandt Straße 1, 10557 Berlín, puso como destinatario y luego arriba a la izquierda, en el lugar previsto para el remitente, simplemente Herscht 07769, sólo eso, sugiriendo de tal modo el carácter reservado del asunto, aunque por otra parte consideraba también que no merecía la pena emplear muchas palabras ofreciendo datos precisos acerca de su identidad en el sobre, puesto que la oficina de correos seguramente dirigiría la respuesta a Kana basándose en el código postal, y en Kana enseguida lo encontrarían por el apellido, y en cuanto a la sustancia de la carta, estaba toda expuesta con sus propias palabras en la hoja de papel que dobló cuidadosamente en cuatro e introdujo en el sobre, lo ponía todo, explicando de entrada que la señora canciller, como doctora en física que era, comprendería de inmediato lo que él, allí en la localidad de Kana en Turingia, pensaba al querer advertirle educadamente que una personalidad como ella no sólo debía interesarse por las preocupaciones y problemas cotidianos del país, sino también a veces por preocupaciones y problemas en apariencia alejados de lo cotidiano, sobre todo cuando éstos asedian con una fuerza destructiva precisamente la vida cotidiana, y se trata, escribió, en efecto de un asedio, es más, de un hecho que sacude de manera fundamental la existencia de la humanidad en su conjunto y el orden social y que se hace evidente cada vez desde más frentes a la vez, entre los cuales a él solamente le cabe resaltar en este caso el más importante, la señal de alarma científica implícita en el curso de los experimentos con el vacío y en las descripciones de ciertos procesos que quedan aparentemente sin respuesta, pues se demostró, para colmo hace tiempo, si bien a él sólo le ha llegado ahora, que en un espacio completamente vacío según el lenguaje normal y corriente ocurren cosas, lo cual parece motivo suficiente para que quien gobierna el país y es una de las personalidades más influyentes del mundo considere esto, y justamente esto, como una prioridad, convoque al Consejo de Seguridad como mínimo, ya que no se trata de una mera cuestión política, sino vital, y esbozó entonces de manera muy concisa los detalles, y eso fue todo, pues consideraba preferible ser breve, sabiendo que la destinataria tendría muy poco tiempo para leerlo y, además, para qué explayarse cuando en el fondo se trataba de una experta, de modo que firmó, dobló la hoja en cuatro, la introdujo en un sobre y por último le puso las señas, pero no, sacudió la cabeza, no está bien, sacó el papel del sobre, lo estrujó y lo arrojó al suelo, pues debo partir, dijo para sus adentros como solía hacer, debo partir del hecho de que la señora canciller es doctora en física, de que no hace falta, por tanto, explicarle nada con detalle, sino ir directamente al grano para que comprenda enseguida de qué asunto tan importante se está hablando y, concretamente, para que enseguida haga algo, convocar al Consejo de Seguridad es lo mínimo, se acodó entonces en la mesa, apoyó el mentón en las manos juntas, se inclinó para recoger el papel, lo alisó para quitarle las arrugas y volvió a leer el texto, y como tenía un bolígrafo con el que podía escribir en color azul o verde o rojo, lo cogió, pulsó el rojo y con ese color rojo subrayó con fuerza y varias veces la expresión «lo mínimo» situada justo después del Consejo de Seguridad, y a continuación asintió con la cabeza de forma muy expresiva, como quien daba el visto bueno a todo, y volvió a doblar en cuatro la hoja con sumo cuidado, igual que antes, siguiendo las líneas ya marcadas, volvió a introducirla en el sobre y se dirigió de inmediato a la oficina de correos, donde sólo había dos personas delante de él, y la primera acabó enseguida, pero la segunda,que llevaba un pequeño paquete, quería averiguar con sumo detalle algo, a ver cuánto costaba enviarlo por correo ordinario, cuánto certificado por DHı ExpressEasy, cuánto normal por DHı ExpressEasy y cuánto por correo certificado, no había manera de que se decidiera, no hacía más que estirar el asunto, formulaba más y más preguntas, después suspiraba dando a entender que le costaba tomar una decisión, y eso que él, apostado detrás de ella, no tenía mucho tiempo en esa pausa de almuerzo ampliada, ya que el Jefe no se mostró muy proclive a dejarlo marchar, desconfiaba de Florian, se le notaba que consideraba el dolor de muelas una excusa inaceptable, un alemán no tiene dolor de muelas, le espetó, pero no tenía alternativa, tuvo que soltarlo media hora antes del almuerzo para que pudiera acudir a la clínica odontológica Collier, pero sólo para ver a la doctora Katrin, de ninguna manera al doctor Henneberg, al que tenía miedo, y lo cierto era que no resultó muy persuasivo al aducir el dolor de muelas, pero no le quedó otro remedio, no tenía el valor suficiente para decirle la verdad al Jefe, es más, de hecho nunca había tenido el valor suficiente, pues conocía demasiado bien al Jefe, iniciarlo en la verdad habría supuesto dejarle echar un vistazo a su interior o, para ser más exacto, a ese único rincón oculto de sí mismo que el Jefe no había alcanzado aún, hasta allí sólo había llegado la señora Ringer, mientras que el Jefe no lo había hecho ni podía hacerlo ahora, pues no deseaba confiarle el único secreto […].
NO HABÍA MANERA DE QUE SE DECIDIERA, NO HACÍA MÁS QUE ESTIRAR EL ASUNTO, FORMULABA MÁS Y MÁS PREGUNTAS, DESPUÉS SUSPIRABA DANDO A ENTENDER QUE LE COSTABA TOMAR UNA DECISIÓN

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