Quizá lo más importante en la vida lo aprendemos carentes de discernimiento. En nuestros primeros años, en un día de calor, sentir agua fresca correr bajo los pies es placer; pero cuando el aire helado corta la piel en una tormenta, el agua entre los dedos, con los zapatos rotos, es dolor. Pasan losaños y las experiencias, asimilamos costumbres, hasta concluir: el placer tiene algo que ver con la felicidad y el dolor con el sufrimiento.
Para Natalia Ginzburg, aquello que podemos conocer y los acontecimientos en la vida pasan por un filtro: lo aprendido en la familia. “Yo pertenezco a una familia en la que todos llevan zapatos buenos y nuevos… Cuando vuelvo con ellos, lanzan gritos de indignación y de dolor a la vista de mis zapatos. Pero yo sé que también con los zapatos rotos se puede vivir.”
La suavidad de la prosa de Ginzburg nos conduce a reconstruir cómo la familia, lo cotidiano, da estructura a los individuos, en la interacción diaria se gestan los valores. Su literatura devela cómo la historia privada y la pública son una. Ginzburg escribió en tiempos de crisis, formó parte de la Resistencia ante el fascismo. La segunda Guerra Mundial le causó heridas profundas: su primer esposo murió torturado por ser judío y oponerse al régimen, ella sufrió persecución y precariedad económica, llegó a estar convencida: “No nos curaremos de esta guerra. Es inútil. No seremos jamás gente serena, gente que piensa y estudia y compone su vida en paz.”
LAS PERSONAS APRENDEMOS a pensar con los códigos morales y los modos de apreciar de nuestras familias. Ginzburg desliza, de modo sutil, cómo las ofensas se normalizan como formas de corregir conductas; se confunde preservar recursos con cuidar la vida, y la protección y el orden se elevan a control. La violencia empieza al interpretar los hechos, al darle sentido y significado a lo ocurrido se manifiesta la contradicción: “… yo creo que un clima todo inspirado en el respeto por las pequeñas virtudes, hace madurar insensiblemente para el cinismo, o para el miedo a vivir”. El daño a la integridad se justifica en una forma de ver el mundo.
GINZBURG FORMÓ PARTE DEL GRUPO DE INTELECTUALES Y ESCRITORES QUE LE DIERON VIDA A LA EDITORIAL EINAUDI. TENÍAN LAZOS FAMILIARES Y DE AMISTAD PROFUNDA; LOS AFECTOS Y LAS IDEAS ERAN LA TRAMA DE SU VÍNCULO
En sus historias es fundamental el punto de vista. Es en la subjetividad donde se practica el discernimiento, los valores aprendidos en la familia se utilizan para crear una interpretación de los hechos compartida, el sesgo es inevitable. Para crear un contrapeso y acercarse a la verdad, Ginzburg utiliza la honestidad, explica en Léxico familiar: “Todos los lugares, hechos y personas que aparecen en este libro son reales. Nada es ficción. Siempre que, debido a mi costumbre de novelista, inventaba algo, me sentía obligada a destruirlo.”
Su voluntad de ser fiel a lo vivido es su realismo: “...este libro, aunque haya sido extraído de la realidad, debe leerse como se lee una novela...” Desde esa intención forjó un lenguaje literario conciso, directo, sencillo, no simple. Su necesidad de ser leal a la experiencia de vida genera una profunda carga emotiva. Dice en Las pequeñas virtudes: “… no estamos tristes, al contrario, estamos felices, pero con una felicidad que nos es difícil reconocer, por el pánico en que estamos de poderla perder de un momento a otro para siempre…”
La realidad está hecha no sólo de qué ocurrió, sino de cómo nos sentimos. El realismo de Ginzburg es un esfuerzo por expresar esa versión de los hechos que construye y comparte un grupo, no pretende hacer una descripción.
Identificó en sí misma las trampas del razonamiento, a veces, así se llega a lo irreal:
Cuando era joven y comenzaba a escribir, deseaba ser confundida con un varón… temía la ausencia de objetividad, el sentimentalismo... Después, lentamente, con los años entendí que la condición de mujer debe ser aceptada por una escritora, no se puede escribir sintiéndose diferente de aquello que se es, fingiendo... Yo sé historias de mujeres y sé contar sólo historias de mujeres...
Natalia Ginzburg nació en 1916, en Palermo, Italia, y murió en 1991. Escribió novela, cuento, ensayo, teatro y poesía. Publicó más de treinta libros, varios de ellos fueron llevados al cine, se volvieron referente en la filmografía italiana de los años sesenta y setenta del siglo pasado. Incluso aceptó actuar en la película de Pier Paolo Pasolini El evangelio según San Mateo. Toda su obra, yen especial sus ensayos Las pequeñas virtudes, y las novelas Eso fue lo que pasó, Todos nuestros ayeres y Querido Miguel, nos enfrentan a algo devastador: en la aparente insignificancia hay un retrato demoledor de la condición humana.
Ginzburg formó parte del grupo de intelectuales y escritores que le dieron vida a la editorial Einaudi. Tenían lazos familiares y de amistad profunda; los afectos y las ideas eran la trama de suvínculo. La editorial fue una auténtica casa, su papel fue fundamental contra el fascismo y en la reconstrucción del país después de Mussolini. En la primera mitad del siglo XX, en Italia, el idioma era un espejo de los estratos sociales y de la diferenciación entre el ámbito privado y la vida pública. Se hablaba un italiano culto en los círculos literarios y académicos y, en casa y en la calle, la gente se comunicaba con dialectos. El idioma de la razón y el de los afectos eran distintos. La obra de Natalia Ginzburg los unifica, eleva a lenguaje literario las expresiones de la vida ordinaria. Contribuye a construir un mismo idioma para todos.
Para ella la realidad se construye desde la subjetividad, en el autorreconocimiento, por eso: “Tenemos hambre de verdad y frío de verdad… Sólo a ratos, desde el fondo de nuestro cansancio, sube a nosotros la conciencia de las cosas…”
Arturo Ripstein, el maestro del melodrama de la desolación: “Uno no se retira, lo retiran”
