En 2021 apareció en el Reino Unido una pintura del siglo XVII que sorprendió a historiadores del arte a lo largo y ancho del orbe. Se trataba de un retrato de dos mujeres, una blanca y otra de rasgos afrodescendientes, una a un lado de la otra, ataviadas lujosamente y con marcas de estrellas y medialunas en el rostro. Recientemente, han surgido críticas y burlas en redes sociales a jóvenes que, como entonces, colocan parches estrellados en su rostro para esconder imperfecciones en su piel. La similitud a las prácticas de hace 300 años reveladas por aquel hallazgo artístico muestra actitudes arraigadas durante siglos en torno a la vanidad y sus efectos sociales.
A primera vista, el cuadro parecía ser un testimonio de una inusitada equidad para su tiempo, señalada entonces como una obra de un destacado valor para comprender la historia de las dinámicas raciales y de género en la isla británica, y, por lo tanto, se emprendió un enorme esfuerzo por evitar su venta en subasta y lograr así que permaneciera en una colección nacional y desde entonces se encuentra en Compton Verney, museo en Warwickshire, Inglaterra. Esta lectura es fácil de comprender: ambas mujeres, indistintamente del tono de su piel, portan telas y joyas de la misma suntuosidad. Las dos llevan igualmente las mismas curiosas marcas en el rostro. Es cierto que hay una igualdad en el tratamiento que se le brinda a ambos personajes, sin embargo, es menos luminosa de lo que pudiera parecer en un principio; en realidad, las dos son juzgadas bajo la misma lupa, condenando los alcances de su vanidad.
“YO, LA NEGRA MANCHADA DE BLANCO, y la blanca manchada de negro: este mal procede de tu corazón, así que llévatela, Demonio” es la inscripción que acompaña la imagen, en un claro mensaje moralizante. La clave está, precisamente, en las figuras que adornan sus mejillas y frentes, conocidas entonces como parches de belleza. Hechos a base de telas caras y perfumadas, se popularizaron a raíz de epidemias como la viruela, cuyos sobrevivientes quedaban eternamente marcados. A decir de los expertos que han analizado la inusual obra, se trata de una condena al uso de los cosméticos y, por extensión, al pecado de la vanidad. Podría incluso agregarse que la presencia de una mujer racializada suma contundencia al mensaje, al tratarse de una época en la que se propagó la visión de las personas de color como inherentemente sensuales y seductoras. La condena, entonces, sería bastante explícita para un espectador de la época.
Hoy en día, pareciera que hay quienes miden con la misma vara las prácticas de jóvenes que, como aquellas mujeres inmortalizadas en lienzo en 1650, se colocan estrellas para resignificar las afecciones de su piel, demostrando que seguimos siendo tan moralinos como hace tres siglos. La única diferencia es que la moraleja ya no se expone con óleo, sino a través de tuits.

Natalia Ginzburg. El realismo es subjetividad

