John Baptiste Allgaier nació el 19 de julio de 1763. Creció en silencio, entre galerías y pasillos de polvo iluminado desde las ventanas ojivales de la Abadía de Bad Schussenried. Su padre, Georg Allgaier, era el ayo del monasterio. John Baptiste recibió la misma educación que los nobles.
Para su padre, dos tragedias espirituales, ocurridas la misma tarde, acabaron con la vocación divina de su hijo. La primera, que durante un viaje a Polonia John Baptiste hubiera conocido el ajedrez y la segunda, que fuera un anciano judío quien le enseñara a mover las piezas.
Allgaier no volvió a ser el mismo. Su mente inquieta mudó de pronto hacia el infinito contenido en una tabla de madera. Allgaier huyó a Polonia desaconsejado por su padre y buscó en vano al viejo ajedrecista. En 1798 llegó a la ciudad de Viena y se alistó en el ejército. Destacado en una capital del mundo, su mundo se repartió entre la vida repetida del soldado y la fuga hacia los laberintos matemáticos del tablero. Fue enviado a Praga, ahí trabajó en un hospital de campaña donde el uso diario de lejías y desinfectantes le causó asma. Regresó a Viena a finales de la primera década del siglo XIX. Por la enfermedad contraída durante su servicio, el Emperador del Sacro Imperio Romano Germánico le asignó una pensión miserable.
En 1809 John Baptiste Allgaier jugaba ajedrez y daba lecciones a cambio de chelines en el centro de Viena cuando fue abordado por Johann Nepomuk Mäzel. Después de perder cinco veces y pagarle con cinco monedas, el extraño lo convenció de visitar su casa, donde tenía algo que mostrarle.
Allgaier cruzó junto a Mäzel un taller mecánico abarrotado, una selva metálica formada por los fragmentos incompletos de aparatos indistinguibles.
Frente a una puerta al final del bodegón, el extraño Mäzel ofreció un empleo bien remunerado que Allgaier debía tomar a la ciega. Una vez aceptado, giró el pomo de la puerta. Quedaron frente a una máquina con forma humana, un hombre metálico vestido como otomano, de pie frente a un arcón de tamaño considerable cuya tapa era un tablero de ajedrez.
Mäzel explicó a Allgaier el truco y la urgencia de sus servicios. Viajaba por el mundo haciendo creer a propios y extraños que la máquina pensaba por sí misma. Rodeando el aparato, Mäzel abrió un compartimento para revelar el interior de la caja. En realidad se trataba de un maestro ajedrecista que debía responder a las jugadas del incauto en un tablero de menor tamaño, conectadoa toda serie de mecanismos que reproducían el juego en la superficie. El problema era más o menos grande: el ajedrecista que operaba la máquina había contraído tifo y en quince días Johann Nepomuk Mäzel debía entrar con el falso autómata a la sala principal del Palacio de Schönbrunn, donde jugaría contra Napoleón.
La tarde del 5 de julio de 1809 John Baptiste Allgaier contuvo un ataque de asma al interior de la caja metálica y, en sólo 24 movimientos venció a Napoleón.
