Ángel Zárraga la infalible flecha

Ángel Zárraga (1886-1946) es el pintor duranguense que construyó un puente singular entre la vanguardia europea y la identidad mexicana. Su obra trascendió el lienzo para adentrarse en los murales. Afincado en París durante casi cuatro décadas, frecuentó a figuras como Picasso, Modigliani, Renoir y Rodin. Samir Delgado nos aproxima a un legado que hoy cobra nueva vida con su retrospectiva en el Museo Nacional de Arte.

Obras expuestas del pintor duranguense Ángel Zárraga en los recintos del MUNAL.
Obras expuestas del pintor duranguense Ángel Zárraga en los recintos del MUNAL. Foto: MUNAL

Imaginar al artista Ángel Zárraga en su estudio parisino hace casi un siglo es posible gracias al testimonio vital de Antonio Luna Arroyo, un joven mexicano que acudió a la búsqueda de los entresijos artísticos de la capital francesa en la época florida de las vanguardias. Las obras de los grandes maestros siempre han precisado de testigos y discípulos que dieran fe de la virtud y del ensueño que fueron carne viva de los artífices de pinturas universales. El recién licenciado tocó a la puerta de su compatriota emigrado a Europa, la llave providencial fue una carta de recomendación de José María González de Mendoza y la vocación de entrevistar a un artista consagrado que no entraba en los cánones de la patria de los muralistas. Una década después, cuando el pintor regresó a México por la ocupación nazi de París, huyendo literalmente de los bombardeos que no temió sobre los andamios de la Chapelle des étudiants, el mismo crítico de arte ofició de defensor del artista para que tuviera encargos con los que enriquecer al patrimonio nacional y afrontar la sobrevivencia profesional en su regreso a casa.

El artista y el crítico

Aquel primer encuentro bajo el cielo de las gárgolas de Notre Dame resultó ser trascendental para los dos. El artista sin saberlo estaba garantizando el eco de sus latidos para la posteridad y para el jeune critique d’art aquella se convirtió en la prueba de maduración para una pluma prominente que, años después, desentrañaría otras sombras de artistas como las de Goitia o González Camarena. Este último, tal vez sin conciencia real de sus actos, sería quien eternizó el rostro futuro del debutante, con un retrato de Luna Arroyo que no ha gozado de difusión y acabó siendo subastado hace años por la Casa Morton. El joven amigo de Zárraga escribió el primer libro de crítica de arte que recopiló biografía, pintura y poesía en un mismo volumen, con la huella vital del duranguense, el pintor redescubierto, una y otra vez, como un capítulo aparte en la historia del arte mexicano.

EL JOVEN AMIGO DE ZÁRRAGA ESCRIBIÓ EL PRIMER LIBRO DE CRÍTICA DE ARTE QUE RECOPILÓ BIOGRAFÍA, PINTURA Y POESÍA EN UN MISMO VOLUMEN

Como le sucedió a John Ruskin, quien dedicó toda su vida a escribir sobre los Modern Painters y los soles hipnóticos de Turner, Luna Arroyo quedó influido por el universo de Zárraga y aquel libro suyo representó la conservación futura de siluetas y conversaciones, viajes y pinturas de un creador que hizo de los estadios y de las iglesias su atelier infinito. Hay otros volúmenes más recientes que han abarcado la dispersa obra artística de Zárraga, uno recuerda la exposición de2014 en el Palacio de Bellas Artes y otro de 2006 atesora imágenes y semblanza del pintor, considerado uno de los primeros realistas mexicanos, con una edición a cargo de las instituciones de Durango. Tiempo atrás, Jorge Alberto Manrique dedicó páginas a la obra del artista en la colección del CNIC y otro texto de Elisa García Barragán completa los catálogos de la década de los 90 a un pintor que pasó casi 40 años en París.

En la ciudad natal del artista, un museo llevó su nombre durante un tiempo y desapareció a causa de las clásicas incertidumbres que asolan los destinos culturales, todavía la Perla del Guadiana, considerada por Vasconcelos como la “Atenas del Norte”, puede presumir ser la cuna de exponentes de la creación artística como los hermanos Revueltas y el propio Zárraga. Los herederos del artista han propiciado eventos de referencia en la ciudad capital y el Instituto de Cultura de Durango impulsó sin continuidad un galardón en 2019 con el apellido estelar del pintor. Se custodian bocetos originales de un Viacrucis de Ángel Zárraga que requieren un escaneado óptimo para su reproducción futura. Las nuevas generaciones pueden vislumbrar en su cosmovisión pictórica el inconmensurable valor del compromiso ético con el arte. Hace unos días, fallecía en Durango el pintor Candelario Vázquez, uno de los profesores eminentes dela Escuela de Pintura que fundó Montoya de la Cruz, el otro único muralista según Diego Rivera, y los nuevos artistas prosiguen el trabajo sobre los caballetes con bríos figurativos en un estado bendecido por una luz de óleo y trementina.

El “Tío Ángel”

Desde este lugar del norte de la República, inició su trayectoria existencial el artista Ángel Zárraga. Fue uno de los hijos del matrimonio entre Fernando Zárraga y Guadalupe Argüelles, el escritor Guillermo Sheridan lo recordó como el “Tío Ángel” en un bello texto de hace veinte años donde aludía a la presencia constante del artista en su trayectoria personal. Ahí menciona la casa de Cuernavaca, donde murió de una neumonía en el otoño de 1946, en París siguió su pista desde cuadros cubistas en el Pompidou hasta los secretos murales del Castillo del Conde Philipon, quien custodiaba buena parte de la obra del artista. Incluso, Sheridan desentraña para los amantes delos libros, la existencia de un volumen de Blaise Cendrars ilustrado por Zárraga. Desde su llegada a París, el artista pudo ejercer sus dotes creativas con vehemencia, frecuentó a Renoir y a Rodin, fue un gran amigo de Modigliani, su estudio en Montparnasse era lugar de paso para bohemios y raros, el propio Rubén Darío dedicó una atención preferente a su pintura.

Y es que la vida oficiosa del pintor se conoce gracias a aquel milagroso libro, el volumen de Luna Arroyo que superó los pórticos de la desmemoria y permanece descatalogado. Zárraga cultivó la poesía y fue un hombre de talento virtuoso que no se excedió en sus convicciones, ni tampoco se reclinó en dogmas y proclamas de su tiempo. Lo religioso y lo metafísico conviven con la perfección y nitidez de los cuerpos que representó con sutileza iluminadora. Tal vez su obra artística sea un referente filosófico para entender los estadios de la existencia que teorizó el danés Søren Kierkegaard. Mantuvo el pintor una destacada correspondencia con Alfonso Reyes y otras personalidades de la cultura, sus alocuciones en la radio francesa contra el nazismo y a favor de las democracias pudieron haber sido su tumba y en el regreso a casa tuvo que superar la adversidad de las envidias. Con solo 28 años, llegó a ser jurado del mítico Salón de Otoño parisino, expuso en el Museo de El Prado y en galerías de París y Nueva York, confraternizó con Zuloaga y Sorolla, amó Toledo y Florencia, México fue siempre su horizonte.

CULTIVÓ LA POESÍA Y FUE UN HOMBRE DE TALENTO QUE NO SE EXCEDIÓ EN SUS CONVICCIONES, NI TAMPOCO SE RECLINÓ EN DOGMAS Y PROCLAMAS DE SU TIEMPO. LO RELIGIOSO Y LO METAFÍSICO CONVIVEN CON LA PERFECCIÓN Y NITIDEZ DE LOS CUERPOS QUE REPRESENTÓ CON SUTILEZA ILUMINADORA

La retrospectiva del MUNAL

El artista y el crítico se conocieron en 1933, entablaron amistad y pasearon juntos por los bistros de la ciudad escogida por Zárraga para ejercer su vocación de plenitudes cromáticas. En 1970, el viajero deslumbrado entre caballetes y murales contaría con detalles su aventura para lidiar contra los olvidos y rescatar la figura de quien se ha consagrado, en estas fechas, como uno de los pintores más misteriosos y emblemáticos del país. Hoy en día, la embajada mexicana en París custodia piezas portátiles del pintor duranguense, cuya exposición en el Museo Nacional de Arte en Ciudad de México está protagonizando una de las citas memorables de este año que va camino de su fin. Quienes acudan a visitar las salas del recinto museístico ubicado en la calle Tacuba del Centro Histórico, podrán encontrar una retrospectiva singularísima que desvela el periplo del artista y su clarividente magnitud universal. La rica variedad de su producción se entrelaza en cinco temáticas: la tradición y la vanguardia, la radicalidad cubista, el retorno al orden y el esplendor del cuerpo. Pasear alrededor de la retrospectiva de Zárraga reaviva el espíritu,reconforta la vista con la suculencia de lo magistral y produce invocaciones íntimas para seguir de cerca la pintura como ventana de experiencias.

Tres futbolistas con boina,1921.
Tres futbolistas con boina,1921. ı Foto: MUNAL

Cada sala es un mundo singular en el MUNAL. Están las piezas con más aura como La femme et le pantin, “Anciana de Segovia”, “Ladádiva”, “La mujer del espejo”, “El viejo del escapulario” o “El hombre del paraguas”, se unen tiempos y espacios, desnudos y retratos, el mundo personal de Zárraga que tiene la peculiaridad de estar en muchas partes y en ningún lugar. A las piezas sumadas que se encuentran en Bellas Artes, se unen las obras que conserva el Soumaya o el Franz Mayer, junto a donaciones particulares. Todo este universo de telas “zarraguianas” estará abierto al público hasta finales de marzo de 2027, quedando para futuros indeterminados que se pueda acceder en alguna publicación a los murales más inaccesibles del artista, las obras que vio Antonio Luna Arroyo con sus propios ojos en aquel viaje iniciático en compañía del maestro Zárraga, porque ahí siguen los colores del duranguense en el recóndito sanatorio de Mont-Blanc o el mural de Fedalah en Marruecos, una pieza que acaba de ser redescubierta por el poeta y diplomático Andrés Ordóñez, un “símbolo” de la mexicanidad pictórica que imanta con su poder cosmopolita y universal.

La exposición “Ángel Zárraga, los ideales del arte” se inauguró en el marco de los 200 años de las relaciones diplomáticas entre México y Francia, con el impulso de la Secretaría de Cultura, a través del Instituto Nacional de Bellas Artes y Literatura, teniendo como el mejor escenario el Museo Nacional de Arte. En la misión de esta muestra desarrollada bajo la curaduría de Mireida Velázquez Torres y David Caliz Manjarrez se vislumbra un homenaje al artista a 140 años de su nacimiento y 80 años de su muerte. Se están multiplicando a diario las fotos y los selfies, en las redes sociales se comparten las imágenes más sugestivas de un San Sebastián y de mujeres futbolistas pintadas por Zárraga. Se comentan los cuadros y un internauta recuerda haber visto un mural del pintor en la Catedral de Monterrey, el impacto social de una exposición retrospectiva se mide por las órbitas insospechadas del placer y de la sorpresa ciudadanas. En tiempos de pixeles y de IA, no parece quedar sitio libre para figuras liminares y extemporáneas como Zárraga, los artistas nacionales están en los billetes de quinientos pesos con Frida y Diego, así como en los clichés del marketing comercial que desorbitan a los genios como Warhol y Van Gogh. Con esta exposición se logra solventar un vacío y se hace justicia, la pintura de Ángel Zárraga tiene el don de propiciar el surgimiento de nuevos talentos, invita a recuperar la corporalidad en el mirar y seduce con su halo metafísico y religioso, sin la necesidad de parapetarse en confesiones y creencias, la fe de la pintura también es un modo de trascendencia y de interioridad, lo supo ver Rilke cuando frecuentó a Cézanne en el mismo Salón de Otoño que encumbró a nuestro mexicano parisino.

La infalible flecha

Junto a la pintura de Ángel Zárraga, también está su poesía. El libro de Luna Arroyo incorpora una selecta muestra de versos que evidencian el talento literario del artista, hay una reproducción del lejano prólogo de Alfonso Reyes a sus poemas publicados en 1911, merecen ser editados nuevamente para los lectores de hoy. El vínculo de Zárraga con la intelectualidad de su época está enraizado en su propia procedencia, participó en la Revista Moderna y formó parte de la generación de El Ateneo de la Juventud, su formación humana y artística está en su paso por instituciones señeras como la Escuela Nacional Preparatoria de San Ildefonso y la Academia de San Carlos, cultura y civismo constituyeron el acervo patrimonial de su mirada a la vida y al arte. Y de modo excepcional, la trayectoria refinada del artista se proyecta desde sus afinidades electivas, el cultivo de la amistad y de las correspondencias creativas le llevó a mantener contactos de plena universalidad.

Hay un retrato de Valle-Inclán que hizo Zárraga y representa la prueba verídica de una estela de compañías que influyeron en su temperamento y cosmovisión, aquella beca del porfiriato que le abrió las puertas de París fue tan providencial como su propia disciplina y persistencia, para confluir en tiempos y espacios con los talentos que forjaron la modernidad. Y también, la cercanía moral del artista hacia los más débiles dotó a Zárraga de una sensibilidad solidaria, las dos mujeres con las que contrajo matrimonio, Jeanette Ivanof y María Luisa Gysi, fueron la consumación del espacio cotidiano donde habitó el genio y el hombre. Muchas voces autorizadas de la crítica de arte del momento dieron muestras de elogios y alabanzas al artista, las exposiciones en galerías de renombre y los infinitos encargos dispersaron su creación a cartografías invisibles que hacen de su firma un estilo y una mirada: la de Ángel Zárraga, el pintor mayor que abrió su estudio a un joven crítico de arte y a quien dedicó uno de sus últimos poemas, cumpliendo los designios del tiempo en el cuadrante, tu arco, arquero, la infalible flecha.


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