Ser niño prodigio y cargar toda la vida con el título de virtuoso desde su natal Bérgamo, en Italia, pudo ser su condena. La descompensación que sufren los niños exitosos suele ser mortal cuando crecen. Pero al genial Pietro Antonio Locatelli esa fama le abrió las puertas de la sociedad, la iglesia y la nobleza para estudiar, componer y tocar. El compositor / violinista fue discípulo y también maestro de grandes músicos. Poseía un estilo complejo, intenso y experimental, que lo llevó a crear algunas de las obras para violín más profundas, conmovedoras e influyentes del Barroco, con técnicas y formas como el capricci que, casi un siglo después, detonaron el Romanticismo de Paganini.
La mitad de su vida la pasó de viaje por Europa para estudiar y tocar; la otra, se dedicó a perfeccionar su técnica, el virtuosismo por placer, y a enseñar. Se dice que fue alumno del también genial Arcangelo Corelli, pero a sus biógrafos ya les duele la cabeza con ese dato: estudió en Roma con Giuseppe Valentini, el discípulo de Corelli que abrió una escuela. Locatelli vivió entre Italia, Alemania y Francia, era un ferviente seguidor de Vivaldi y estaba cobijado por el mecenazgo de dos cardenales, príncipes y la alta sociedad. En su momento fue el músico mejor pagado y vestido en las cortes de los príncipes Michelangelo I Caetani y Felipe de Hessen-Darmstadt. Valoraban alto su talento, el Maestro vestía ropa bordada con diamantes. Un divo del Barroco.
A LOCATELLI LE LLAMARON EL PAGANINI DEL SIGLO XVIII por sus innovaciones y estilo que insuflaron a Nicolò, quien estudió con Jean-Marie Leclair, el discípulo brillante de Locatelli e iniciador de la Escuela Francesa. Son celebérrimos los 24 Capriccios para violín de Paganini, una forma musical que Locatelli introdujo en El Arte del Violín, 12 conciertos con 24 capriccios, incluido El Laberinto Armónico. El capriccio es un solo de violín libre y rápido en medio de una sonata o un concierto para lucir / medir el virtuosismo del artista. También empezó a experimentar con la afinación, los tonos altos y el sonido de las dobles cuerdas, tocar dos cuerdas simultáneamente. Las obras que lo representan son estudios de 12 o 24 conciertos, sonatas, sinfonías y capriccis, como el Concierto Grossi y los Capriccis, una sucesión de 24 solos. Exploraba las posibilidades del violín llevándolo donde nadie lo había hecho. Y, como Paganini, también tenía su versión de El Trino del Diablo de Tartini, la Sonata No 12 para Violín.
Después de sus viajes, en 1730 se estableció en Ámsterdam. Dejó de dar conciertos, consideraba que su música experimental era inaudible para tocarla en público, y comenzó a dar clases. Ámsterdam era un centro de edición y publicación de libros, allá registró y publicó sus obras, conciertos, sonatas y capriccios para violín y flauta. Tocaba con tanto brío que siempre rompía las cuerdas del instrumento, así que abrió una tienda de cuerdas importadas de Italia. Eso sí, cada miércoles armaba la tocada con sus amigos músicos. Un visionario en su reino.

El Cultural No. 572

