OJOS DE PERRA AZUL

Mal de ojo

Mal de ojo
Mal de ojo Foto: Cortesía de la autora

Se me metió algo en el ojo. No era una basura, una pelusa, polvo, una partícula, una pestaña ni un grano de arena. Era otro ojo, el tuyo.

Sentí un pinchazo en el párpado izquierdo, salieron un par de lágrimas. La molestia cedió, pero el órgano ajeno permaneció dentro. Entró por la diminuta abertura de mi pupila, dio vueltas por el surco coloreado del iris, como una mosca atrapada en el borde de un vaso, buscando una salida que yo no quería que encontrara. Atravesó la córnea, húmeda y transparente, se deslizó hacia el interior. Bajó por el nervio óptico, se prendió de ese cable pelado, cargado de electricidad, hubo chispazos que me deslumbraron. Vi manchas blancas, pequeños relámpagos de luz. El intruso invadió mi campo de visión. Tenía que expulsar ese globo ocular impuesto en mi organismo. No pude hacerlo. Se alojó en mi mirada, enterrado como un fragmento de cristal de unos espejuelos o un lente de contacto mal puesto, difícil de retirar.

HICE UN VIAJE AL EXTRANJERO y, aunque debía partir ligera de equipaje, de pasado y de presente, se quedó conmigo. Durante el vuelo durmió superpuesto sobre el mío, el antifaz impidió que se saliera. Al llegar, me presentó una Italia diferente, me insertaba imágenes traslúcidas, escenas y detalles de un paisaje novedoso para mí. Anduvimos juntos por Milán, desde Brera hasta el Duomo, Via Torino, Ticinese. El Naviglio se veía más azul y se podía distinguir el fondo del canal, las piedras, las sombras que se quebraban en el agua. Al correr cada mañana, el ojo extraño registraba los kilómetros, como si los hubiera detectado en el asfalto. Vi con claridad el cielo y descubrí que las nubes tenían más formas de las que hasta entonces había sido incapaz de divisar. En los árboles del parque, la corteza dejó de ser una superficie rugosa y se convirtió en un mapa de grietas; las hojas tenían nervaduras como venas que no había advertido.

Ignoró mi incorregible miopía, logré leer los anuncios desde lejos y, de cerca, los párrafos de mis libros adquirían vida propia. Los rasgos de las personas que pasaban a mi lado eran nítidos, las manchas de la piel, los pliegues, cicatrices, veía en cada rostro algo que antes se me ocultaba. Modificó mi comprensión, los grafitis de las paredes me mandaban mensajes secretos que yo entendía en su idioma original. En el mercado había vasijas, fotografías, muebles, botones, objetos antiguos, las huellas digitales de los antepasados eran visibles e indelebles. Me detenía frente a los espejos y escaparates, tardaba unos segundos en reconocerme. Yo me hallaba ahí, pero había algo más que me observaba, una presencia adicional y superior a lo normalmente visual.

La última noche tuve pesadillas. El huésped se empeñaba en ver a voluntad lo que quería, ignorando lo que yo percibía de manera natural. Entonces metí los dedos en mi cavidad ocular, lo sentí vivo, viscoso, tibio. Arranqué tu ojo de mi ojo. Nos contemplamos, él desde mi mano, yo desde mi cara. Lo reconocí, era el mío el que saqué y el tuyo se quedó dentro de mí para obligarme a mirarte para siempre.

*En las buenas y en las mañas.

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Portada de El Cultural No. 572

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