En el momento de su partida, Iván Trejo se encontraba trabajando en dos colecciones de poemas, las que conforman el libro Aquella alta ola. Al recibir los archivos, encontré que estaban en distintos estadios de escritura. Recordé que Iván, atento a los procesos de la creación, con ardiente paciencia, dejaba que cada proyecto avanzara a su ritmo; podían pasar años, cinco o diez, no había prisa, él sabía encontrar remanso en esas páginas escritas a espaldas al mundo —las visitaba, para alimentarlas con sus hallazgos, para enmendar y pulir detalles, las platicaba con amigos y colegas, las repasaba en la soledad del taller de la mente— y, en la elegancia zen y adorablemente anticuada que lo distinguía, como la aureola de un santo, tenía a la urgencia por publicar como una preocupación que rayaba en el mal gusto.
Muchas veces me pregunté, desde antes de empezar el trabajo de edición, e incluso cuando llevaba meses en él, si “terminar” o “redondear” un poema que él había escrito era una labor que me correspondía. Me asaltaba la duda de si estaba pervirtiendo el sentido, o alejando un verso —con un mínimo cambio— de su idea original, o incluso si ese poema, revelado en su forma final, hubiera terminado por no convencerlo, y, al yo incluirlo en el libro, acaso leyendo de menos o de más, delataba mi incapacidad para “mediumnizarme”, para ser el vehículo de sus decisiones. Este presentimiento, a veces, no me dejaba avanzar. Un día llegué a esta convicción: de encontrarme al otro lado de la situación, es decir, que si hubiera dejado un poemario sin terminar y tuviera que elegir a la persona que debía darle ese último empujón, sin duda sería Iván. Nadie más.
MUCHAS VECES ME PREGUNTÉ, DESDE ANTES DE EMPEZAR EL TRABAJO DE EDICIÓN, E INCLUSO CUANDO LLEVABA MESES EN ÉL, SI ‘TERMINAR’O ‘REDONDEAR’ UN POEMA QUE ÉL HABÍA ESCRITO ERA UNA LABOR QUE ME CORRESPONDÍA
Cuando nos conocimos, de inmediato supimos que podíamos discutir y sorprendernos, sin perder nunca el cariño, el respeto, la confianza. Al pensar que él haría lo mismo por mí, y confirmar que eso me daba la tranquilidad que precisaba, agradecí a mi inconsciente por ese experimento de la fantasía. Tuve un maestro que decía que las suposiciones —el chapucero territorio del hubiera— eran ejercicios banales, que sólo ofrecen un consuelo fácil y de los que siempre salimos bien librados: listos para el homenaje, con la medalla al cuello. Me gusta pensar que éste es distinto: me recuerda que si en alguien confié, en alguien busqué norte y confirmación, y de alguien recibí apoyo, impulso, en mi escritura y en otros ámbitos de la vida, ése fue Iván. Preparar su libro se volvió, desde entonces, un deber de colegas, un tributo a la amistad y una forma de seguir en su presencia.

Corelli, el genio de genios
Los poemas que conforman Esta alta ola no aparecen en orden cronológico. Esta decisión se basa en dos motivos. Empezaré por el que se refiere a la factura de los textos: “Casa vacía”, último cuaderno de escritura, se encontraba en un estado medio de avance, y requirió de una mayor intervención de mi parte (enseguida comentaré en qué consistió). Representa el punto más lejano al que llevó Iván su investigación de lo poético. Detalla un paisaje interior pleno de toda clase de humanas ocupaciones, alegrías, temores, indignaciones, goces; al tener el hogar como metáfora —siempre en conflicto, en construcción y redescubrimiento, como corresponde a un corazón despierto—, nos habla del acomodo que encuentra el poeta en esa idea, que lo arropa y lo provee, al encontrar y construir un lugar propio.
El archivo de “Casa vacía” constaba de los poemas que se presentan en esta edición bajo ese título. No menos ni tampoco más. Los primeros se encontraban ya en su versión final, pero a partir de cierta página se presentaban como bloques de prosa, con ciertas marcas, cambios de línea que podían ser estrofas, párrafos o cortes versales; la intención de Iván era trabajarlos para que congeniaran con los ya terminados. Aunque algunos contaban con uno, casi todos carecían de título. Retomé estos dos trabajos y titulé los poemas que no lo tenían, pensando en conservar sus métodos y maneras. Pero, sobre todo, mi trabajo consistió en recuperar y emular hasta donde pudiera la respiración del poeta, que es, para quien sabe, algo así como la firma del autor, el basamento de su estilo.
Aunque conocía bien los poemas de Iván, estudié durante meses sus procedimientos, leí en voz alta y evoqué su manera de leerlos. Traté de reconstruir esa doble forma que tenía de medir versos: la de escanciar, digamos, una primera naturaleza del verso, presto a los encabalgamientos, atento a la lógica y el tamborileo de los acentos; y esa otra que sembraba diagonales para suspender a medias la integridad de las longitudes versales, dotando al habla de un segundo ritmo (recurso aprendido de su carísimo Juan Gelman, poeta mayor en su santoral y un amigo muy querido).
Además de algún otro arreglo menor —mover de lugar un poema, agrupar en una serie—, no hice más. Me siento feliz al afirmar que puse al servicio de este libro todo lo que he aprendido como editor, y pienso que, si no volviera a trabajar nunca en la edición de otro texto, estaría bien; este libro me parece un inmejorable sentido para ese camino por mí andado.
Quisiera decir una última cosa acerca de la respiración: Mario Montalbetti, en un verso de esos que devienen mantra, dice: “el que tiene oreja que escriba” (donde oreja es oído); suscribo fervientemente. Ahora, también pienso que el espíritu sopló sobre las aguas, gracias, en primer lugar, a que había inventado el aire (mírame, hermano, a este ateo triste que bajo tu sombra aventura parábolas de creyente), y enseguida, para que el universo empezara a ser, creó la respiración. Correspondió a los poetas recibirla como arma y como bala. Aprender el verso es aprender a respirar, a perder elaire, casi, a durar y no durar, aferrarse y soltar. Para que su respiración fuera (acto fallido: primero escribí fiera), yo di, contento, mi respiración.
La segunda colección, “Súbitas señas”,es anterior a “Casas vacías”. Iván incluyó una breve muestra, con versiones preliminares, en la reunión de sus poemas Presagio contra el destierro (2002-2012), publicada en 2013. Este cuaderno creció a su propio aire teniendo como guía y poética el encuentro fortuito (o no tanto) con improbables “letreros” e “inscripciones” que vienen a condensar, a volver portátiles, ciertos pasajes de la vida, recuerdos o encuentros, que de otra manera se perderían, deshiladas lágrimas en la lluvia de un oscuro siglo que se sabe sin memoria. Este archivo prácticamente estaba listo para su publicación. Me aboqué a borrar las marcas con las que Iván se orientaba (para no perder, imagino, de dónde provenían los poemas, en qué libro estaban las primeras versiones), además de corregir errores de transcripción y cotejar el texto completo, cuidando el sintáctico y gramatical decoro que Iván guardó en cada libro en que tuvo parte, ya fuera como autor o como editor.
Detrás de la edición de este libro hubo siempre un sentimiento: ir hacia atrás, esa inversión en la flecha del tiempo nos conduce a imaginar a ese poeta, casi dos metros de puro corazón y carcajadas de barítono, nuestro Iván Trejo, alguien bello que todos compartimos, ardiente verano en el fogón de los días, en la plena pasión de su juventud, ahora eterna, escribiendo, yendo de aquí para allá por el mundo, descubriendo lo que la poesía, esa voz extraña y familiar, le dictaba. Trotamundos, curioso y concentrado. Prístino polizonte que se abre paso al mirador más alto. Esas fotos suyas son las que saco de mi cartera para mirarlo, a diario, para recordarlo.
Por último, declaro que tomé el título que nombra este díptico de un poema de su libro Mester de ceguería: se trata del tercer fragmento de la tercera parte, “Ensalmo para la ceguera”: en mi ausencia / piénsenme al ver aquella ola alta / que ya no es.
Las lecturas potenciales de los poemas no son infinitas, pero podemos decir que el autor apenas ve claramente una, y unas dos o tres (no de inicio, y sin ser siempre las mismas) las presiente. La poesía tiene, además, una cualidad profética. Las formas del lenguaje funcionan como un reloj que da horas fijas, y están destinadas a coincidir con la realidad de vez en vez. Los poemas de Iván Trejo llevan una permanente carga de nostalgia, un sentimiento de serenidad ante la nada que seremos, y anuncian esa ausencia que al final encarnaremos.
Los poetas nos legan, en vida, los lugares donde podremos visitarlos cuando no estén ya en este mundo. Sus poemas son testamento y mapa de sueños. Las coplas sobre su muerte, el canto a su amor desaparecido que habremos de pronunciar. Me parece que el verso final contiene un puntual autorretrato: Iván era una alta ola que se sabía pasajera. Para mí, una forma de amar a mis amigos es hacerles caso, y por ello pienso en esa imagen.
Sé que la persona de Iván ya no está, y el dolor crece, invadiendo a veces cada minuto. Luego pienso en que sigue estando, porque escucho su voz, su rugido armado, su caer apasionado de marea sobre las cosas limítrofes entre el ser y el no ser, y vuelve, aquí, hoy.
El que tenga oído, puede seguir escuchando a Iván Trejo, en el caracolino milagro de estos poemas suyos.
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CASA VACÍA I
Hay cierto amor que alza paredes de vidrio
para nombrar una casa/ la más insignificante [intimidad
es pública/ ama ese amor
lo que la audiencia opina/ lo que la audiencia
cree/ aunque nunca haya pisado
la casa/ pues dentro puede reinar el silencio.
CASA VACÍA II
La memoria es un palacio donde
me guarezco en la tormenta/ casa primera
que se construye con el primer
aliento/ luz y sombra construyen
el piso y su solidez vacua/ es latente
la amenaza de derrumbe/ de huida/ de [acumulación
innecesaria/ todo es riesgo y regocijo dentro/
carnaval que enciende la antorcha de rehenes [a deshoras
o silencio sepulcral a mitad de la cena/ hay [que tapizar
las paredes de nombres/ caras sitios fechas [emociones
y dejar que los muros nos sepulten
o nos sostengan/ de cualquier modo
aquí se entra por la puerta o por las ramas
a enfrentar a la soledad y su furia/ se entra
a romper algunos cristales para que escapen
algunas cosas: a otras una urraca en su eterno [oficio
las traerá de vuelta a limpiar los espejos
para buscar el eco de Dios en el reflejo.
CASA VACÍA III
Cada vez que vuelvo
a esta casa algo
se agrieta/ cruje/ tiembla
y uno podría extraviarse
tomar rehenes/ o hundirse
en los instrumentos
de la vigía eterna.
INSCRITO EN EL BORDE DE UN SUEÑO
Querida
insomne/ debe saber que en
los sueños/ uno no se cuenta todo
pues se entra dando tumbos dentro
del propio oído y la lengua
se desvanece/ uno calla entre los pasos
que da/ como ese milagro
del tiempo/ pues no puede ser una línea [sucesiva
de números/ ayer/ tras hoy/ tras
el olvido/ uno pretende que escucha
y envejece/ pero nada pasa/ puede incluso [asomar
al interior de un túnel donde yace un sendero
abandonado/ ya dentro/ puede haber
espejos sostenidos por el reflejo de
uno mismo/ avanzamos con nuestro rebaño [de voces
hasta el borde donde la sombra en vuelo
se encorva/ unos suelen asomarse
al desfiladero entonando el diminuto himno
del letargo/ susurro idéntico al
del cuerpo que bajo el agua
desmaya/ bisbiseo previo
a la ceremonia del amor y su estación
perfecta/ rumor es el sueño
que desdobla la oscurana moldeando
el recuerdo/ deseo remoto que asoma
ahora confuso entre el galope de
la niebla/ pasión necia que anhela
el día ido.
Cuidado/ hermosa insomne/ el recuerdo [y el sueño
son espejo de doble filo.
INSCRITO EN EL FONDO DEL CENICERO
Aún
no soy viejo y me cansa
la gente que habla demasiado
justificando ideas viejas en este país
que está siempre a punto de arder y no toca
infierno/ fumo y mi boca es bóveda de ocre [emanando
una que otra sorna que enmarco con una
sonrisa/ fumo y escucho/ soy paciente con [quien cuenta
algo/ no hablo mucho pues mi voz
retumba/ tengo pocos amigos y hablamos
poco/ amo el silencio y su casa
vacía/ a veces sueño que he vivido y que hice [uso de un
nombre/ a veces sólo cuento las grietas del [tiempo
o los hilos de humo que trepan por
las paredes/ conservo un montón de plumas
con las que nunca he escrito
nada/ guardo los anteojos de mi niñez
para ver de vez en cuando a
mi padre/ fumo y disfruto
el frío/ la hora del día que arrastra
al sol y algunos
conceptos/ tengo la mirada
severa/ trato de entender a la
gente/ no deja de sorprenderme
la distancia entre las letras de la palabra gente y la palabra
destierro/ fumo mientras enumero los
incendios/ derrumbo los
puentes/ cubro con hojas nuevas el final de
las novelas/ todo el mundo gira con el mundo [huyendo de
su sombra/ fumo para llenar
mi pecho de niebla y reconocer
la luz/ para salvar las aves nocturnas que [escapan del
viento/ para acallar el soliloquio
estéril del que fuma y ya
no cree en nada.

Corelli, el genio de genios

