La yegua de la noche: Un recuento onírico

No sabemos de qué sustancia están hechos los sueños es el principio que rige esta memoria onírica de Alejandro Toledo: “Para desprenderme del sueño suelo transcribirlo. Cuento el sueño y lo olvido”. Así pasan de la noche al mundo de la vigilia los amores pasados, los temores, los engaños, los viajes e incluso la propia muerte. Toledo sigue la huella de Joseph Addison quien observó que el alma humana, cuando sueña, despojada del cuerpo, es a la vez el teatro, los actores y el auditorio.

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Instagram > @lescasdamian Facebook > Damián Lescas Tienda en línea > damianlescas.art Foto: Especial

…en este infinito cansancio

de soñar que sueño.

—GUADALUPE DUEÑAS

El sueño, decía Nerval, es una segunda vida. Y en mi caso ha sido una vida muy activa. Tengo un raro problema de sueño que hace que todo lo onírico sea cercano y vertiginoso: doy vueltas en la cama, estiro la mano para detener un balón (y dejo el puño marcado en la pared), tiro para anotar (y el gato, al pie de lacama, brinca con el movimiento brusco) o grito pidiendo auxilio si me siento en riesgo (y mi voz resuena en la noche). Es como si al dormir, en efecto, cruzara un portal para vivir o revivir mi vida de otra forma, con nuevos episodios y otros participantes. Es una suerte de streaming interno que se enciende cuando pongo la mejilla en la almohada. Hago viajes, conozco gente, tengo aventuras amorosas; si veo películas de zombies o aliens estos seres me persiguen…

Es arduo vivir con esa carga de sueño, una larga cabalgata con la yegua de la noche. Una noche, por ejemplo, anduve por la ENEP Aca-tlán, donde estudié. Era el último día de clases y los alumnos presentaban exámenes o hablaban con los profesores para determinarla calificación final. Yo los veía metidos en estas apuraciones y le dije a uno que había faltado a clases en un día así, décadas atrás, y que por eso quedé a deber materias. Busquélas oficinas de la carrera para preguntar qué podía hacer ahora, ya mayor, para regularizarme, quizá sabiendo que no tendría tiempo para hacerlo. Me perdía en la ENEP, que había crecido y me confundía con casas y negocios; las cosas ya no estaban donde estaban antes. En algún momento cargué un bebé en brazos; y el sueño (porque los sueños son como pequeños filmes) enfocó el rostro y la sonrisa del pequeño al dormir.

ALEJANDRO TOLEDO
ALEJANDRO TOLEDO ı Foto: Especial

Así todas las noches. Recuerdo una especie de sueño original en el que llegaba a la casa paterna, en la Unidad San Juan de Aragón, y el piso de abajo era un cementerio. Subía por la escalera, que estaba iluminada, y encontraba muchas planchas o camas metálicas y muertos en ellas. Uno de los muertos se levantaba, los perseguía, me atrapaba y me ahorcaba, y como si me desprendiera de mí mismo, mi mirada se alzaba viéndome tirado en un descanso de la escalera.

En San Miguel de Allende teníamos una pequeña televisión cerca de la chimenea. Una vez debí quedarme dormido viendo la tele. Y soñé que despertaba en el sillón, apagaba la tele, iba hacia la cama para darme cuenta que ya estaba ahí, dormido. Entonces intentaba meterme en mí, como si mi forma incorpórea (¿mi alma?) buscara reintegrarse al cuerpo.

Leí a Carlos Castaneda. Y éste, o su maestro, proponían el ejercicio de darse cuenta en el sueño que estaba uno dormido y mirarse entonces las palmas de las manos. Era una manera de tomar conciencia del sueño dentro del sueño y controlarlo. Algo así. Creo haberlo logrado una vez…

Para desprenderme del recuerdo del sueño suelo transcribirlo. Cuento el sueño y lo olvido. Aquí algunos ejemplos, tomados un poco al azar.

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En el sueño me iban a ahorcar. Un hombre me había dado dinero por declararme culpable de algo, pero camino a la ejecución me daba cuenta del error, de que mi vida no iba a recuperarla. Vi al cura que se acercaba, y pensé en decirle la verdad, pero no supe si se me juzgaría por mentir. Mis familiares andaban por ahí, ya resignados a la idea de mi muerte. El sueño era como un pasaje del siglo XIX.

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Anduve (en el sueño) en París, donde conocí a Paul Claudel. Traíamos un traductor, que no servía de mucho, pues traducía todo al instante pero como para sí mismo, con murmullos. Me pidieron tomarle una foto al grupo con mi celular.

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Encontré en el sueño la guarida de un secuestrador, saqué a una de las víctimas por una ventana y vi detenida a una patrulla policiaca, entonces grité para pedir ayuda: “¡Policía, policía!”, pero grité no sólo en el sueño sino también en la vida real, a medianoche, para espanto de muchos.

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Curioso: repetí el grito trece años después. En el sueño de ahora alguien abría la puerta del departamento. Desperté a mi mujer.

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Estuve toda la noche, en el sueño, cuidándome de los estafadores. Eran familias enteras dedicadas al engaño, desde montachoques hasta los que te embaucan en los cajeros automáticos. Sus hijos de pronto se acercaban para decir, sobre una inversión absurda: “Pues a mi papá le ha funcionado”. Era una urbe dedicada a la mentira y el robo.

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Tuve un sueño hiperrealista en el que era yo un capo muy buscado que hasta entonces había conservado una tranquila vida familiar. Vivía en una vieja casa en Guadalajara en la zona del centro. Al descubrirme, llegó la policía y rodeó la casa; a la primera en atrapar fue a mi esposa. Yo lograba evadirme por el sótano hacia un parque, disfrazado de vagabundo; apagaba mi celular y un reloj electrónico, para que no me siguieran por el GPS. En la televisión y la radio se hablaba de mi evasión... Pensaba en mis hijas, que crecerían sin padre ni madre; y pensaba quea partir de ese momento tendría que vivir en la clandestinidad.

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En el sueño, un niño intentaba quitarme el celular, pero yo no lo soltaba. Forcejeábamos y yo tomaba mi distancia y le soltaba dos patadas firmes a la jeta hasta noquearlo.

—¡Te estás pegando, te estás pegando! —gritó mi mujer, pues en realidad pateaba un mueble de la habitación pegado a la cama.

Así desperté.

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Desperté cuando, en el sueño, tenía en la mano una bolsa roja, ecológica, con una cabeza adentro. La cabeza abrió repentinamente los ojos y la boca y yo grité.

Mi mujer escuchó el grito. Salí de la recámara y me preguntó:

—¿Ahora qué soñaste?

—Teníamos un muerto que se levantaba. Lo teníamos con vigilancia. Se escucharon golpes. Tú subiste a ver qué ocurría y yo fui al teléfono para llamar al 911. Al bajar me entregaste una bolsa roja con la cabeza del muerto.

“UN SUEÑO SIN ANGUSTIAS, POR LO MENOS: VIAJO A NUEVA YORK Y ME RECIBE WOODY ALLEN, QUIEN ME LLEVA A LA CIUDAD EN UN AUTO GRANDE, VIEJO, PERO BIEN CONSERVADO, DE LOS AÑOS SETENTA, QUE ÉL MANEJABA

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Tuve un sueño hiperrealista y violento que me sobresaltó. En la primera parte, una amiga escritora denunciaba en Twitter a uncolega que la acosaba, y éste aparecía en un video con un cuchillo, cual Norman Bates. Yo intentaba comunicarme con ella para saber si estaba bien, pero por los nervios no lograba controlar o manipular bien mi teléfono.

En eso, por la ventana entró un ladrón y empezó a tomar lo que hallaba a la mano; yo lo confronté y empezamos a forcejear; hizo como que sacaba una pistola, mas yo dudé si traía una.

Estaba mi hermano Carlos en la escena y le preguntó al ladrón si me iba a matar. Él respondió afirmativamente con la cabeza.

Le pedí a Carlos que saliera de la recámara y cerrara la puerta, como para proteger el resto de la casa.

Entonces, en el forcejeo con el ladrón, desperté.

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En el sueño el taxista me robaba el celular y yo lo llevaba ante las autoridades, pero tan pronto como lo capturaban (espectacularmente) lo soltaban, y yo me preguntaba qué había pasado, pues él había aceptado el robo. Lo vi pasearse por la calle; pensé que había dado dinero... En la delegación hacían como que no entendían mi preocupación. Me tiraban de a loco, pues.

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Tuve un largo sueño en el que mi vida se convertía en una comedia mexicana. Trataba del reencuentro con una novia de juventud, quien planeaba boda lujosa sin saber que estaba yo casado. Tomaba mi casa por asalto con un número excesivo de madrinas… y al llegar mi mujer y yo encontramos esa gran fiesta. Huía yo entonces y era boletinado en el país como bígamo o engaña-mujeres. En la huida encontraba a una mujer (vestida de la Mujer Maravilla, pues así se presentaba en fiestas infantiles) que intentaba ayudar a bajar a un gato atorado en un edificio, y ella misma tenía miedo a las alturas, y por salvarla me ayudaba a salir de la ciudad. Disfrazados de ancianos llegamos a una central de autobuses… Así el sueño. Hubo una escena en la que nos caía encima una ballena muerta y explotaba.

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Tuve el sueño más atroz: me había quitado la vida y a mi espíritu le urgía señalar el lugar en donde estaba mi cuerpo, en un sitio a la orilla del mar. En mi condición de fantasma llevé hasta ahí a un grupo (varias mujeres y un hombre, todos vestidos de negro), pero mi cuerpo apareció en otro espacio, también en el mar. Al ser hallado mi cuerpo, éste me reclamó horrorizado las condiciones en que se encontraba, lo que había hecho con él.

Damián Lescas, La siesta del fauno, óleo sobre lino.
Damián Lescas, La siesta del fauno, óleo sobre lino. ı Foto: Cortesía del pintor

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En el sueño tuve una extraña entrevista con Ingmar Bergman en la que conversamos sobre El séptimo sello.

—Dibujé la película antes de filmarla —me dijo.

—¿En un story board, en un cuaderno?

—En un muro.

Luego nos detuvimos en la partida de ajedrez entre la muerte y el cruzado, y le mostré videos de las varias parodias que se han hecho de esas secuencias.

A pesar de que hablaba en sueco, le entendía, aunque no todo.

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Un sueño sin angustias, por lo menos: viajo a Nueva York y me recibe Woody Allen, quien me lleva a la ciudad en un auto grande, viejo, pero bien conservado, de los años setenta, que él manejaba. En el camino le cuento mi primer viaje a Manhattan, luego de haber visto su película homónima: partí de Washington en tren y tenía preparado un discman con el soundtrack de la cinta para que en el momento que apareciera la metrópoli observara el paisaje con la música de Gershwin. Y la vi, pero sólo unos segundos, pues muy pronto el tren se sumergió en un túnel y ya todo fue oscuridad. Al llegar a la ciudad y salir a la calle, me di cuenta que ya estaba adentro.

—La ciudad ha cambiado —me dice Woody Allen.

—Todas las ciudades cambian —le digo. Aquella ciudad que yo conocí fue anterior a Giuliani.

—Antes era mejor.

—Es como dicen en Medianoche en París: los que viven en una década siempre piensan que hubo tiempos mejores y añoran ese pasado.

Me llevó a un barrio en el que había negocios de magia; nos detuvimos en un viejo puesto de periódicos y revistas. Me recomendó una colección de dibujos, cartones, de un dibujante histórico de la ciudad. Había también monedas antiguas, con relieve, muy elaboradas.

Luego seguí un par de sueños más en Manhattan, ya sin él. Con la familia. En el hotel había un piso dedicado a París, con una plaza de comida ambientada, donde bailaban y cantaban y gritaban “Vive la France” y “Vive Paris”.

Después fuimos a una tienda de juguetes que parecía también antigua, pero acababan de cerrar. Nos dijeron que nos recibirían con gusto al día siguiente.

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En el sueño viajaba a Nueva York, pero el transporte del aeropuerto nos llevaba a un pueblo cercano que vivía de lo antiguo: cines como los de antes que exhibían películas en blanco y negro, cabarets de los de antes, funciones de boxeo al viejo estilo, bazares, museo de cera... Pregunté por una gorra vieja que costaba veinte dólares.

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En el sueño encontraba accidentalmente un predio en el que un hombre tenía secuestradas a muchas personas, en cuclillas, encadenadas y desnudas. Abusaba de quien se le antojara en ese momento. Uno de los secuestrados aprovechó que el otro se agachaba para darle un gran golpe en la cabeza con una roca y matarlo. Luego aparecía yo y reportaba el hallazgo a la policía.

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De pronto me vi en el sueño frente a la casa paterna de los años setenta (blanca y azul, sin el departamento que fue construido después arriba del garage), en la Unidad San Juan de Aragón, y salió mi hermano Carlos de 15 años de edad, más o menos. Le expliqué que era yo en el futuro y que no sabía cómo regresar a mi tiempo. Me metió a la casa a escondidas y me llevó con los más pequeños; pensaba él que con ellos encontraríamos la solución.

***

En el sueño, en un viaje de trabajo una secretaria de la sede anfitriona (una universidad estatal o una secretaría de cultura local) fue contratada con diez mil pesos para envenenarme. Me inyectó el veneno. Le reclamé que por míseros diez mil pesos iba a ser señalada toda su vida como asesina. Era una cosa de mafias, de lucha por el poder. Contaba yo a todos lo que me había pasado porque quería que las cosas quedaran claras: quién lo había hecho y quién la había contratado.

Luego escuché en el lobby la historia de un hombre que buscaba a otro y cómo había fracasado en su búsqueda.

—¿Y a quién buscaba? —le pregunté.

—A aquel que fue envenenado.

—El envenenado soy yo.

—Tengo algo que lo va a salvar.

Fue a su laboratorio y me dio una ampolleta, que bebí al instante.

Damián Lescas, Gastrosofía, óleo sobre tela.
Damián Lescas, Gastrosofía, óleo sobre tela. ı Foto: Cortesía del pintor

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Soñé que jugaba futbol. Primero estaba en la banca y nos anotaron; al final del primer tiempo logramos emparejar, pero la árbitra decretó que el gol no había existido. “No lo vi”, decía ella. Entré al segundo tiempo y nada me salía bien: mis despejes caían en los pies del contrario, y los de mi equipo andaban en las mismas. Pero el rival no anotaba. Logramos el 1-1 y hubo una jugada complicada para mí, salí por el esférico, disparé... Y desperté al tirar esa patada. Por fortuna no había gatos cerca, pues suelen amanecer conmigo a la altura de los pies. Ya una vez pateé a uno.

Luego de ese súbito despertar volví a dormir. Esta vez la ciudad estaba atestada de zombis y me dedicaba a esquivarlos. En Insurgentes y Reforma encontré a un grupo que se defendía de ellos con cadenas. Me dieron unas cadenas, apareció un zombi gordo y lo rodeamos para atacarlo. Cuando se acercaba, jalado por las cadenas, le dábamos patadas a la altura del pecho o de la cara. Así solté mi segunda patada de la noche, que también me despertó. Sin gatos cerca, afortunadamente.

***

Cascada de sueños, algunos ya se esfumaron. En el más vívido, recorría un campus universitario en busca de los participantes de un congreso al que había sido invitado. Creía conocer el camino, pero me extraviaba. Llegué a una oficina en la que un jefe me dio una información no pedida, confundiéndome con alguien más. Y luego ingresé a una zona hospitalaria en la que el encargado me vio como si se alegrara de encontrarse conmigo y me llevó a una cama en la que estaba una amiga, con mameluco completo de vaca (incluidas las orejas y los cuernos) y una vaquita viva, recién nacida, entre sus brazos, como si la acabara de parir. Hablé con mi amiga un rato. Mariposas le rondaban y de pronto tomaba alguna con cuidado y se la ponía en la frente. Su rostro era muy hermoso.

Me despedí y seguí buscando a los participantes del congreso, que en esos momentos debían estarse tomando la fotografía oficial.

En otro sueño iba en el asiento de atrás de un auto en una noche de lluvia y nieve. El auto derrapó y se estrelló contra una roca. De mi lado estaba la roca y no pude abrir la puerta.

Después iba en una lancha, acercándonos a la playa. Igual era de noche y llovía. Con los brazos ayudaba a los que remaban a impulsarnos para saltar las olas.

***

La anécdota del sueño adquiere importancia por los sentimientos que en ella confluyen. Soñé que recibía un correo de invitación al cumpleaños de una ex novia de la secundaria, Patricia. Me acercaba a la zona, pero no tenía muy clara la dirección. Intentaba ver el correo en el celular, que era un raro artefacto de madera. Por fin llegaba a una cerrada y con los vecinos confirmaba cuál era el departamento de la familia Gómez Pardo. No se veía ambiente de fiesta. Pensé que llegábamos tarde; lo digo en plural porque iba acompañado por mi familia. En la entrada del departamento un señor (el padre) me preguntaba quién era; le daba mi nombre y él recordaba que me había peleado con un vecino, que estaba ahí con él… La cumpleañera tardó en aparecer; era pequeña, blanca y delgada. Le dimos un ramo de flores y un regalo barato, que traíamos en una gran bolsa transparente de plástico. Yluego ella se le quedó viendo a mi mujer y le preguntó quién era. Se creó una pequeña tensión en el ambiente, y desperté. Eran las cuatro de la mañana.

***

En el sueño el médico me decía que el domingo iba a morir. Convocaba a la familia a la funeraria y todos llegábamos vestidos de luto. Se sorprendían de verme vivo y les decía que no era broma, que ya pronto moriría. Incluso el horno estaba listo para la cremación. Aquello se convertía en un día de campo en espera del momento en que ocurriera el deceso.

***

Estaba a oscuras en una vieja sala de una casa antigua de la Roma o la Narvarte. Tenía una lata vacía y la usaba para hacer el eco de unos aullidos de lobo. Pensaba que la gente en la calle creería que en esa casa había un lobo encerrado. En eso alguien que pasea a su perro se asoma por la ventana, me ve y dice conocerme. Espera alguna explicación: qué hago ahí, si es mi casa, y no le digo nada, pues tampoco estoy seguro de las respuestas. En esas estábamos cuando se encienden las luces. Aparecen muchas mujeres cargando vestidos, algunos aún con sus etiquetas y hay quienes se los llevan. Entiendo que hace poco murió la dueña de la casa y limpian sus clósets. ¿Qué hago ahí? Una de mis hijas, la más pequeña, dice que esperamos un pantalón que le están arreglando.

ESTABA A OSCURAS EN UNA VIEJA SALA DE UNA CASA ANTIGUA DE LA ROMA O LA NARVARTE. TENÍA UNA LATA VACÍA Y LA USABA PARA HACER EL ECO DE UNOS AULLIDOS DE LOBO. PENSABA QUE LA GENTE EN LA CALLE CREERÍA QUE EN ESA CASA HABÍA UN LOBO ENCERRADO
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