Segunda década de siglo XX. El idilio entre la Revolución y la Ciudad apenas comienza. El estrépito de los tranvías y las patrullas militares convive con bestias de carga. Cadillacs en cuyos vidrios se reflejan estampas luminosas del paisaje.
Los militares se instalaron en zonas de alto lujo: la San Rafael, el Centro, la Roma. Los excéntricos interiores de las casonas: tapetes persas, candelabros, jarrones con motivos orientales, espejos ovalados y credenzas lacadas sirvieron de barraca y cuarto de guerra. El gobierno revolucionario era una larva de desarrollo aún incierto. El orden se mantenía con los fusiles en ristre y la inventiva macabra de los segundos al mando.
Fausto Topete aún no había perdido el pelo en el año de 1923. Era joven y defendía el proyecto de Obregón persiguiendo a los detractores hasta encontrarlos y subirlos a la fuerza a un automóvil. Inventó para los rebeldes delahuertistas un castigo ejemplar y muy mexicano. El insumiso en cuestión era secuestrado al caer la tarde. Iniciaba entonces un largo viaje hacia las afueras de la ciudad. Si el levantón ocurría en la calle de Florencia tenían que conducir por el Paseo de la Reforma, adentrarse en la colonia Cuauhtémoc, tomar por Sadi Carnot, luego por las calles de Artes e Industria. Camino de la Tlaxpana, el automóvil cargado de militares y su presa tomaría por la calzada de la Verónica, Chapultepec, San Cosme. Luego la ciudad desaparecía y con ella el asfalto y el adoquín. Los caminos de tierra trillados por las ruedas de los automóviles indicaban el destino final: el Desierto de los Leones. Para entonces el rebelde empieza a recordar los rumores, antes atendidos solamente como cuentos de hadas para espantar revolucionarios.

Del ChatGPT al Neuromante y de regreso. Culto, paranoia, superstición en la inteligencia artificial
LA TORTURA DE TOPETE comenzaba en lo alto de la noche y precisaba del embudo de aceite del automóvil, dos botellas de tequila y fuerza bruta. Si no oponía resistencia, el secuestrado podía beber a buen ritmo, vigilado por el ojo oscuro de los cañones, hasta perder el sentido. De lo contrario, los soldados echaban mano del embudo.
Así lo escribió Martín Luis Guzmán en La sombra del caudillo, la novela que lo mandó al exilio:
Sentía […] como si tuviera lumbre en la boca, en la garganta, en el pecho; si bien, pese a todo, empezaba a inundarlo inmenso bienestar. Dos tragos más, que le dieron inmediatamente, no provocaron casi resistencia alguna; entraron en él como droga que libera, que alivia. Pero aquello no duró mucho; momentos después sus sensaciones variaron de golpe. Experimentaba ahora veloces amagos de una borrachera terrible, de una embriaguez extraña que lo inundaba, más que en mareo, en ahogo. […] Nuevos tragos hicieron que su cabeza se le antojara tan grande como el automóvil. […] entre ebrio y desvanecido fue entregándose […] para mayor facilidad, ya no le daban de beber con la botella, sino con el embudo. Se le mezclaban en la boca, remotos, los sabores del tequila, de la sangre, del aceite…
En ningún otro momento se distingue tan bien el brillo negro de la creatividad militar como en los actos de tortura. ¡Salud!

Diversa Cultural

