1
Era como chiva en cristalería… Sin la más mínima noción de tacto. Entre otras cosas, porque le costaba entender el sentido figurado de ciertas expresiones y se las tomaba al pie de la letra. Como cuando de pequeña, de compras en el primer cuadro de la ciudad, su madre le dijo que el centro se estaba hundiendo, y entonces intentó jalarla para que escaparan de ahí. “Nos vamos a ahogar”, dijo aterrorizada. Ya en una esquina, acalorada por la carrera intempestiva, la madre le explicó: “Calma, Diana, calma… El centro lleva hundiéndose siglos porque está construido sobre el lecho de un lago…”. Desconfiada aún, miró que la gente caminaba por la calle sin alterarse. Sólo así cedió a seguir a su madre a una nevería cercana donde apaciguó con un helado de fresa su ansiedad.
Conforme crecía tuvo que entender que a la gente se la puede tocar muchas veces sin tocarla. Una palabra y las personas podían sentirse afectadas u ofendidas. Entonces también tuvo que moderar su propensión a decir lo que pensaba. Es que solía ser demasiado… literal.
2
Imaginaste dar con tu hombre ensoñado. Bueno, no exactamente, porque el hombre de tus sueños no tenía rostro ni nombre. En cambio, Carlos era una promesa con cuerpo, un hechizo respirando en cada poro, en cada mirada, en cada gesto. No fue casual que lo encontraras en una feria de editores en Miami, pues tú te dedicabas a ese gremio. Como era uno de los principales ejecutivos, en el coctel de bienvenida estuvo rodeado de gente que se acercaba atraída por su innegable magnetismo. Carlos sonreía, aceptaba saludos y abrazos, conversaba y provocaba carcajadas y gestos de aprobación. Pero sus ojos saltaban más allá del grupo que lo rodeaba, expectante. Era como si estuviera a la búsqueda de alguien.
De pronto su mirada se cruzó con la tuya. Un momento en que, sin conocerse, se reconocieron. Y el deseo se deslizó como una cuerda tensa y urgente. Un instante de distracción mientras una colega cubana te preguntó si tu ponencia abordaría los libros digitales, bastó para que, al volver la vista hacia tu hombre ensoñado, descubrieras que se había desvanecido. Miraste en todas direcciones y una especie de desi-lusión prematura te invadió. No se le veía por ningún lado, tal vez lo habías alucinado. Hasta que escuchaste una voz desconocida a tus espaldas: “¿Me permiten?”, dijo Carlos acomodándose entre Claribel y tú. Se presentó y de la manera más natural salieron los temas que les eran afines en libros, cine, moda, arte. Te animaste a compartirle el proyecto fotográfico que ocupaba tus horas libres: baños públicos masculinos que pensabas proponer a la editorial Taschen, especializada en libros temáticos sobre espacios y objetos particulares. Carlos pareció incendiarse con la idea. Dijo entusiasmado: “Recuerdo urinarios de los lugares adonde he viajado. En restaurantes, bares, hoteles, paradas de camioneros, en billares, en canchas de bowling, en estaciones de servicios, en terminales de tren… En especial, dos de Madrid: en el Bar del Diego (atrás del Chicote), donde te sirven unos cócteles de lujo, hay unos mingitorios ultramodernos, tan inodoros y límpidos que se podría beber agua de ellos. Estas máquinas maravillosas están hechas de acero inoxidable y se activan automáticamente al pararte a orinar en ellos. Con más respeto que cariño, también recuerdo los baños del Parque del Retiro: una casa bonita pero desvencijada como una flor maltratada en medio de los jardines. Allí encontré los olores más transpirados y acres que puede despedir la orina. Un pedo de puercoespín, un olor a cerveza vieja y a muerte destilan las ventanas tapiadas. Y si te animas a entrar, verás que hay un humo de hielo seco, algún junkie fumando crack o masturbándose, y unos mingitorios clásicos, mal envejecidos que parecen pequeñas guillotinas. A veces da miedo hacer pipí…”
3
Este hombre despierta mi hombre. Llega tarde a la cena de editores a la que he sido invitada. Inapetente, apenas si hetocado un par de bocadillos. Saluda y entre el alboroto, queda a mi lado. Es sencillamente un encantador. Toca su flauta y ya me bamboleo y salgo de la cesta. Su olor me abre. Platicamos sin ocuparnos de los otros: de las anguilas que discurren ciegas por su deseo en un libro de Cortázar, de los mingitorios del Bar del Diego “tan inodoros y límpidos que se podría beber agua de ellos”. De pronto me pasa la mano por debajo de la mesa. Descubre el bulto que sólo para algunos me crece. “No sabía que las mujeres tuvieran pene”, susurra a mi oído. Siento la presión en la entrepierna, casi dolorosa, y le sonrío porque también ha despertado mi hambre. Un camarero coloca un plato de cerezas y quesos en la mesa. Tomo uno de los frutos entre mis dedos y, golosa, comienzo a devorarlo. Mi hombre se levanta y se dirige al baño. Luego de unos segundos en que contesto una pregunta de otro de los invitados, me excuso para ir al tocador. Abro el que no me corresponde. Ahí está mi hombre. No se sorprende al verme pero tiembla y se sonroja con una fiebre repentina. Me aproximo a él y le acaricio sus tímidos senos de doncella encantada. Por fin despiertan. Le digo: “Vaya, vaya... están crecidos” y me inclino a sorberlos. Mi hombre gime rotundamente abierto. Con urgencia, palpa otra vez mi bulto, cada vez más hambriento. Ahora sus ojos son una súplica ardiente. Entonces le ordeno: “Date la vuelta”. Sus manos se apoyan en el borde del mingitorio mientras le confieso: “Ahora sí, voy a comerte...”
ES SENCILLAMENTE UN ENCANTADOR. TOCASU FLAUTA Y YA ME BAMBOLEO Y SALGO DE LA CESTA. SU OLOR ME ABRE. PLATICAMOS SIN OCUPARNOS DE LOS OTROS: DE LAS ANGUILAS QUE DISCURREN CIEGAS POR SU DESEO EN UN LIBRO DE CORTÁZAR
4
“Quiero tu pubis de niña”, dijo mi hombre mientras conducía el auto. Después de recogerme en el aeropuerto llegamos a un restaurante donde cenamos sonrientes y silenciosos. Bueno, la verdad es que las miradas también nos alimentaron luego de meses en los que sólo habíamos mantenido contacto por teléfono y correo electrónico.
Con certeza, sólo sabía tres cosas de él: que le gustaban los autos deportivos, que no bailaba tango aunque era argentino y que le apasionaban los libros que hablaban de la memoria. Había sido arriesgado viajar para conocerlo, pero me decidió su indecisión, su escamoteo de agente viajero pernoctando en diferentes ciudades, su irrefrenable postergar nuestras citas.
Una mañana tomé el teléfono y lo enfrenté: “Iré a Miami...”. “¿Cuándo?”, me preguntó sobresaltado. “Cuando tú estés...”. No tuvo más remedio que aceptar.
Entre los preparativos del viaje una amiga me sentenció: “Cuidado porque los argentinos las prefieren depiladas”. Ante mi sorpresa, ella insistió: “Sí, depiladas, rasuradas, ni un pelo en la sopa o cuando más una raya a lo Hitler...”. Me negué rotunda: “Pues por ahí empezaremos a discrepar. O me acepta con pelos y señales o no habrá trato”.
Pero mi deseo crecía conforme los días que nos separaban para el encuentro se deshojaban. Alguna vez él me había dicho que desde su departamento se veía el mar. Imaginé que mi deseo era una marejada que se alzaba hasta el piso 22, que mi hombre abría la puerta del balcón y que mi ola gigantesca lo inundaba.
Salimos del restaurante y jugamos en el trayecto. “Te voy a devorar toda la noche”, amenazó sin miramientos. En los altos me besaba y toqueteaba mis senos y mis piernas. Ya casi para llegar escondió su mano en mi pubis y lanzó su súplica que era orden que fue promesa: en sus manos volvería a ser púber otra vez.
Urgidos por tanta espera comenzamos a desvestirnos en el elevador. Apenas entramos al departamento me condujo al baño entre besos y caricias sedientas. Entonces me apartó un instante para hacerse de tijeras, rastrillo, espuma. De modo que no era mentira. Obediente, lo dejé hacer. Se aplicó a la tarea de rasurarme como si podara un jardín de flores: cuidadoso, intransigente. En el espejo descubrí que mi pubis, albeante salvo por una misericorde línea central, sonreía con un virginal pudor.
Me llevó en brazos hasta la cama. Comenzó a besarme con besos cortos y saltarines. Me tocaba con una delicadeza vehemente como si fuera yo una muñeca de porcelana y temiera romperme. De pronto, se detuvo: al pie de la cama hincó la rodilla y me ofreció hacerme un pastel, llevarme al acuario, mostrarme el final del arcoí-ris si me abría de piernas y lo dejaba contemplarme.
Mi pubis esbozó una carcajada franca, gozosa, impúdica para él. Yo me saboreaba su fascinación, su mirada eréctil que me esculpía como una estatua viviente. No pude resistir más. Al borde del naufragio, intenté atraerlo hacia mi interior para que juntos nos ahogáramos. Mi hombre dio un salto hacia atrás. Su cuerpo antes vigoroso era ahora el de un chiquillo: “Nunca he violado a una niña”, gimoteó incapaz.
MI HOMBRE DIO UN SALTO HACIA ATRÁS. SU CUERPO ANTES VIGOROSO ERA AHORA EL DE UN CHIQUILLO: ‘NUNCA HE VIOLADO A UNA NIÑA’, GIMOTEÓ INCAPAZ
5
Las cosas no sucedieron exactamente así, pero cuando uno escribe puede tomarse ciertas libertades poéticas o ficcionales. Aunque la realidad no resultó como imaginaste, lo cierto es que tu hambre por Carlos seguía latiendo. Fueron por el centro de la ciudad, visitaron museos, comieron en un restaurante que daba al malecón sin hablar de las fallas del encuentro. Cuando por fin te llevó al aeropuerto, suspiró y sonrió apenado. En respuesta, le entregaste un sobre cerrado con una nota en el interior. Él agradeció besando el papel y se marchó. No sabías que no volverías a verlo, que no respondería a tus correos y llamadas. En la nota que le diste, según tú, le explicabas que tu sed por su piel no se había saciado, sino que seguía creciendo. Escribiste:
—Me voy con mi deseo intacto…
Pero aquello fue demasiado para una virilidad tambaleante como la del hombre de tus sueños.