Onofre Frías: la pintura al ritmo del tambor

Diego Torres Pantin perfila la trayectoria del artista plástico Onofre Frías, conocido como “el pintor del Caribe”, cuya obra fusiona la abstracción cromática con la herencia afrodescendiente de la región de Barlovento. Este creador venezolano convierte la música, la geografía tropical y las tradiciones ancestrales en una vibrante sinfonía visual, logrando trascender el mero folclore para erigir una estética cimentada en la percusión, el color y el ritmo.

Onofre Frías: la pintura al ritmo del tambor
Onofre Frías: la pintura al ritmo del tambor Foto: Cortesía del pintor

Es una noche de gala en el Centro Cultural Chacao en el año 2018. La Orquesta Gran Mariscal de Ayacucho se estaba presentando. El concierto, titulado Trópico Puro, tenía el objetivo de recaudar fondos para donaciones de órganos. Entre los músicos destacaba una persona que no llevaba un instrumento, sino una lámina y varios materiales de dibujo. Mientras la música sonaba por todo el escenario, él pintaba. Era como si sus manosbailaran.

Al terminar, las obras se vendieron. Esa fue una de las muchas experiencias musicales y visuales que ha tenido Onofre Frías, “El pintor del Caribe”. Nació en 1953 en Tacarigua de Mamporal, un pueblo en el norte de Venezuela, en una zona llamada Barlovento. Su obra es un lugar de encuentros: entre la abstracción y la figuración, entre la naturaleza y la cultura, entre el desorden y el ritmo. Sus colores vibrantes son lo primero que llama la atención al ver un cuadro de su autoría. Empezó su carrera a finales de los setenta. Ha tenidoexposiciones tanto en Venezuela como en varios países de Latinoamérica, Estados Unidos, Francia o Alemania.

BARLOVENTO Y EL MUNDO

Barlovento, la zona costera de Venezuela donde Onofre nació, era aún rural durante su infancia. Los juegos solían darse en el río, las casas de los vecinos no tenían divisiones en los patios y tumbar mangos de los árboles era un placer. “Me quedó marcada la naturaleza. Era una suerte esa infancia”.

Todos los años, Onofre bailaba al ritmo de la música local. Barlovento es una zona con una marcada influencia africana, que se refleja en sus tradiciones. Para la Cruz de Mayo, en el pueblo organizaban altares de flores y, en torno a la cruz, hacían repiques desde la noche hasta el amanecer; cada 24 de junio, era el día de San Juan Bautista, y en honor al santo había bailes y cantos todo el día. Los tambores siempre han sido protagonistas de ambas fiestas.

TODOS LOS AÑOS, ONOFRE BAILABA AL RITMO DE LA MÚSICA LOCAL. BARLOVENTO ES UNA ZONA CON UNA MARCADA INFLUENCIA AFRICANA, QUE SE REFLEJA EN SUS TRADICIONES

De hecho, en el 2021, el ciclo festivo alrededor de la veneración y culto a San Juan Bautista, conjunto de rituales y fiestas propio de las costas de Venezuela, fue reconocido por la UNESCO como Patrimonio Inmaterial de la Humanidad. La institución concluyó que: “Aunque esas celebraciones tuvieron en sus principios una marcada influencia del catolicismo, también se caracterizaron por la presencia de numerosas expresiones culturales de índole verbal, musical y física, vinculadas al África Subsahariana”.

Esa era la vida que Onofre conoció: devoción y ritmo. Él recuerda aún cómo iba en las procesiones vociferando junto a los demás, siempre dándole la vuelta entera al pueblo. “Coreábamos las canciones con un gentío hasta llegar a la plaza Bolívar”. Incluso los tambores también estaban presentes durante la Semana Santa. Durante cada celebración, él tomaba una vela cuando se hacía de noche; durante esos días no había hora de dormir. “Era una fusión, no fanática, de las religiones africanas, sino la herencia de la música polirritmia y de tambor. Y también los aguinaldos. Pero era más creación que repetición de formas existentes”.

ONOFRE TENÍA DIECIOCHO AÑOS cuando llegó a Caracas. Empezó cursando la carrera de Dibujo Publicitario, que era como llamaban a Diseño en esa época. Tras cursar un taller de arte ofrecido por CONAP, una institución cultural perteneciente al Estado venezolano de esa época, decidió matricularse en la Escuela Cristóbal Rojas. Comenzó tratando de imitar el movimiento de las parejas bailando ritmos tropicales. Probó con símbolos. Su pintura se fue orillando a las flores, pero no por un interés en la vida vegetal, sino en la vida tropical.

Aunque Onofre ha tenido a Barlovento como su fuente de inspiración, él mismo aclara que él no es negro, sino de todos los colores. No le gustan las categorías. “A la gente blanca no se le dice blanca. Yo soy venezolano, no afrodescendiente ni negro, venezolano”.

Las flores son un tema constante en tu obra, pero me parece que, más bien, son una puerta de entrada para algo más telúrico, ¿es así?

Las flores vienen por una intuición y por una herencia de las tradiciones y el folclore, como la Cruz de Mayo y sus velorios, o San Juan, al que también le ponen muchas flores. De allí me motivé a asociar las tradiciones con las ofrendas. Y me centré en las plantas. Ha sido una motivación, no para describir textualmente, sino por el sentimiento que el ser humano le da. El 3 de mayo hay una tradición de Mamporal que es de caminar hasta un cerro para cumplir una promesa y poner un altar de flores. Uno puede crear ofrendas a partir de lo que la gente hace el día de la Cruz de Mayo. Aquí hay una fiesta extraordinaria de celebración y canto. Es el canto a las cosechas. Ahí me marca esa tradición. Después fui desarrollándola. Y como siempre ha estado paralela a la música, investigué para unir flora, folclore y música.

Onofre Frías: la pintura al ritmo del tambor
Onofre Frías: la pintura al ritmo del tambor ı Foto: Cortesía del pintor

Has mencionado la influencia de la música. ¿Buscas emular el ritmo sonoro a través de patrones?

Yo comencé a asociar la música y la expresión musical; primero marcado por Barlovento, el San Juan en Curiepe, que es algo que se te mete en las venas, y comencé a estudiar la estructura musical. Entonces empecé a apoyar a la Fundación Barlovento, incluso los ayudé a hacer imágenes y a ilustrar sus vinilos. El tambor culo e› puya tiene una estructura de 6 x 8. Después de investigar me planteé esa influencia, buscando no ser narrativo o ilustrativo; así que me dediqué a hacer dibujos de las parejas bailando el tambor. Hice una serie de grabados basados en la expresión corporal. Se puso de moda La Lambada, la canción de Keoma, y eso me ilustró la sensualidad que la percusión puede dar. Me dediqué a hacer un trabajo polirrítmico, pero sin quedarme en la ilustración; la idea era plantear esa herencia expresiva, una forma de percusión, y de forma paralela también surgió la fusión musical. Comencé a desarrollar un trabajo de este trópico, del que no hay casi producción. Me he dedicado a representar esta realidad geográfica y cultural.

Tus colores siempre son cálidos. Casi nunca se ven tonos azulados... ¿tu pintura es una fiesta?

Es un retrato de la tropicalidad, donde tenemos 365 días de esa pepa de sol. Y cuando vas a los sitios naturales, cuando recorres el Caribe, dices: “¡Wow!”. Yo me he planteado hacer música visual, porque los ojos también oyen. Esa es la tesis a la que llegué. La percusión, la luminosidad, ambas cosas estimulan los sentidos. Después, de 1979, estuve en una escuela de samba y hasta viajé a Brasil; también he sido bailarín. Eso me marcó más para ser extrovertido. Tengo oído rítmico, no melódico. El oído lo tengo en las manos. El color te reanima. La geografía tiene que ver con la manera de ser.

YO ME HE PLANTEADO HACER MÚSICA VISUAL, PORQUE LOS OJOS TAMBIÉN OYEN. ESA ES LA TESIS A LA QUE LLEGUÉ.LA PERCUSIÓN, LA LUMINOSIDAD, AMBAS COSAS ESTIMULAN LOS SENTIDOS

El paisaje de Barlovento está muy presente. ¿Llamarías a tu pintura “afro”?

Lo que tiene de afro es la herencia musical que me alimentó, el San Juan, la Cruz de Mayo, la extroversión polirrítmica que generan esos toques de tambor. No he sido ritual ni descriptivo de cosas afro. Vivo en una región marcada por eso, pero lo he evitado para buscar más una síntesis de lo heredado. Creo que incluso a los músicos de mi región les falta producir música, porque se han quedado en tradiciones; les falta crear. Diría que lo afro es algo que se heredó, pero uno creció. Sociológicamente hay un encajonamiento al clasificarte allí, en vez de como un ser que es de un espacio geográfico como Venezuela.

¿A qué se debe tu interés por lograr una representación del Caribe que no dependa de escenas, representaciones históricas o figuraciones?

¿Qué es el arte? Ideas y conocimientos. El artista es un experto en el espacio, pero eso es para desarrollar ideas. En cambio, cuando tú ilustras, estás ilustrando una idea; otra cosa es tomar esa idea y hacerla libre. Un creador recrea o inventa una idea. Un artista es igual que un científico, pero un científico cultural. Yo dibujé parejas, lo que expresan los bailarines lo llevé a grabados. Quiero crear percepciones que vayan entre la física, lo cromático, y que allí, si vas desnudando, encuentres el tambor, la Cruz de Mayo y demás.

Has recorrido todo el Caribe. ¿La tropicalidad de tu obra nace de Venezuela o del Caribe entero?

Yo busco, no sé si utópicamente, percibir y transmitir una sensación de esta geografía, de este norte del sur. Es el Caribe. Y de ahí nace la salsa, nace el calipso. Me he dedicado a hacerle honores a esta sensación. Vas a Punta Arenas, en Margarita, y la sensación en el aire es única. Las costas de Venezuela, el mar, todo eso no es diferente al resto del Caribe. En Martinica entendí las fusiones culturales; ellos están influenciados con hindúes, africanos y franceses, donde la misma comida tiene mezcla. Hay fusiones interesantes.

Onofre Frías: la pintura al ritmo del tambor
Onofre Frías: la pintura al ritmo del tambor ı Foto: Cortesía del pintor

¿Crees que el arte de Venezuela posee una deuda con el Caribe?

Sí. Muy pocos artistas, algunos de ellos folclóricos, han trabajado con el Caribe más allá de paisajes. Falta una conciencia de geografía, es algo que no tiene el venezolano, a menos que sean fechas festivas o vacaciones; no hay una cultura de valorización. Te lo digo como barloventeño. En el colegio nunca me hablaron del cacao, y en Caracas es que he venido a informarme de eso y he ido a degustaciones. El barloventeño no desarrolla eso. Con mi arte, hasta donde puedo, he querido hacer algo; soy creador, tengo límites. Me siento orgulloso de lo que logro.


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