No estaba planeado. Era un domingo cualquiera en la vida de un norteño. Ya saben: poner las cheves a enfriar, prender el carbón y asar la carne.
Entonces llegó la llamada.
David Toscana quería saber si lo invitábamos a comer. Y como no todos los días tienes la oportunidad de departir con un Premio Alfaguara, hasta mandamospedir una botella de Tequileño por Rappi.
El autor de “Toscanadas” se presentó acompañado de Sara, su esposa, de Eduardo Antonio Parra, Paulina su chava y Emiliano, su hijo. Por suerte había llevado carne suficiente. Nunca sabes cuándo vas a tener que agasajar a un Bienal de Novela Vargas Llosa. La había llevado desde el norte, de ganadería Revuelta, así como las tortillas de harina.
La sede, of all places, era la azotea de la Contadora del Rock. En la Santa María La Ribera. Además, habían concurrido Roberto Pliego, nuestra amiga Ale, Rogelio Garza, éramos diez u once personas. Había leído El ejército ciego (Alfaguara, 2026) hacía apenas unos días. Y quería conversar con David sobre la raigambre de la novela. Pero lo primero que le pregunté es por qué había decidido quedarse a radicar en Madrid. Y su respuesta me embriagó. Me explicó que es la ciudad donde su presupuesto anual para vino tinto le es más redituable. ¿Ven? Es imposible que Toscana no te caiga bien.
El ejército ciego está construido por una serie de relatos. Y fue lo segundo que le espolié a su autor. “¿Estás consciente de que ganaste el Alfaguara con un libro de cuentos?” “Me haces pensar, mi querido Carlos, pero no creo que las distintas historias funcionen de manera independiente.” Y tiene razón en lo que apuntó. Sin embargo, hay pasajes que funcionan a la perfección de por sí mismos. El asunto es que la estructura del libro después de las primeras cien páginas nos hace pensar que las historias de los ciegos podrían continuar indefinidamente. Pero entonces, ocurre la magia Toscana. Esos relatos que se sostienen como unidades entran en un cauce. Y es cuando el libro de cuentos se convierte en una novela. Y las historias se comienzan a cerrar hasta darles su conclusión.
La premisa de la novela es un disparate. un ejército de quince mil ciegos regresa de la batalla. Pero hacia su final, la locura se desata y ese ejército parte ciego a luchar otra batalla. Es en este punto donde la imaginación de Toscana se desborda. No exageroal afirmar que me parece uno de los escritores con una de las imaginaciones más poderosas que he leído. Algunas situaciones me recordaron al Alberto Laiseca de Matando enanos a garrotazos. Para idear tantos personajes y escenarios se requiere además de la enorme capacidad de fabulación del tiempo para maquinarlo. “Siempre estás en un restaurante, en una cantina, en la sobremesa, en el tequilita y en la copa de vino. A qué hora escribes. Cómo es tu rutina escritural.” “Siempre que nos vemos ocurre lo que dices, pero también tengo largas estancias en mi estudio, donde me encierro a cal y canto… aunque sí, a veces con un trago de algo.”
Cuando nos sentamos a comer, la plática giró en torno a El ejército ciego. Todos queríamos saber sobre el behind the novel. Otra de las cosas del proceso creativo de Toscana que llama la atención es su ritmo de trabajo. Nunca he sido de los que escriben todos los días. Puedo quedarme meses sin escribir, pero siempre leyendo. Prefiero que Toscana sea algo discontinuo. Pronto voy a cumplir un año sin escribir, y ahora no tengo en la cabeza la siguiente novela. Cualquiera pensaría que es un matado, por lo prolífico. Sin embargo, también dedica tiempo a viajar. “Tengo dos Airbnbs a los que me gusta regresar: uno en Budapest, el otro en Sofía. Me gusta sentir en uno y otro que no soy un turista, sino un habitante más del barrio. A los Airbnb regreso; a los libros ya no se puede. Pero no siento pena por dejarlos.”
CUALQUIERA PENSARÍA QUE ES UN MATADO, POR LO PROLÍFICO. SIN EMBARGO, TAMBIÉN DEDICA TIEMPO A VIAJAR
Le llevó tres años escribir El ejército ciego. Conozco muchos noviazgos que no llegan a ese tiempo. Le pregunté entonces por la afinidad que experimenta para con sus personajes. “Ninguno me cae mal, porque son personajes y la literatura perdona muchas cosas. Sancho Panza me cae bien, pero agradezco no conocer a una persona como él.” Después de comer, continuamos en la sobremesa, uno de los mejores momentos para compartir con Toscana. Para que no sintiera que lo estábamos interrogando. Y le consulté qué papel jugaba la música en su proceso creativo. “No soy melómano, pero a veces la música me inyecta emociones que trato de convertir en palabras. Para esta última novela escuché sobre todo blues. Ponía una lista de reproducción sin nunca saber quién cantaba ni tocaba.”
UN PAR DE HORAS DESPUÉS (había sobrado carne increíblemente, para tanto norestense que había en la mesa), ocurrió un gesto que te hace saber a la perfección quién es David Toscana. Cada tanto picaba un pedacito de carne por aquí y otro cachito de tortilla por acá. Varias veces le pregunté si le calentaba la tortilla. Pero no me dejó. Y pensé, acaba de ganar el Vargas Llosa, el Alfaguara, cualquier otro en su lugar tendría el ego tan inflado que querría que lo trataran a cuerpo de rey, pero no David. Él estaba bien tranquilo comiéndose su tortilla fría con la mayor de las humildades.
Le pregunté entonces que si alguna vez volvería a publicar un libro de cuentos. “Hace años publiqué uno, Lontananza, y hubo lectores que lo consideraron una novela. Quizás escriba otra novela que te parezca libro de cuentos.” En algún momento de la tarde llegó Ale, la hermana de la Conta, con sus amigos. Y se juntaron las dos fiestas. En total, éramos 25 o 26 personas. Y lo más chistoso es que la fiesta de la hermana de la contadora era LGBT+. Algo que tampoco estaba planeado. La noche comenzó a avanzar y luego comenzó a llover. Lo que hizo que una de las fiestas se bajara a la sala de la casa. Y nosotros continuamos con David en la azotea.
Cuando dejó de llover comenzó a soplar el viento helado. Y esa fue la razón por la cual tuvimos que finalizar la reunión. El carbón hacía tiempo que se había apagado y todos teníamos frío. Toscana firmó un par de libros y luego se despidió de nosotros. Lo que no sabe es que después de su visita, la administración de los condominios prohibió las reuniones en la azotea. Esa fue la última. En el oficio en que comunicaron la decisión decía que un escritor que recién había ganado el Premio Alfaguara había sobrepoblado la azotea con una carne asada LGBT+.