Dar el tarjetazo

El corrido del eterno retorno

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Dar el tarjetazoFuente: konfio.mx
Por:
  • Carlos Velázquez

Gracias a Dios no tengo tarjeta de crédito.

Todos los días recibo una llamada de un banco ofreciéndome una. Ni mi madre me procura tanto. Ni Slim. Ni mis exesposas.

Una personalidad adictiva como la mía y una tarjeta no son buena combinación. Mi vida podrá ser laxa en varias áreas pero existen dos o tres preceptos que no rompo jamás. Uno es no intentar administrar una tarjeta de crédito.

El sueño de muchos de mis amigos es que los dílers acepten pago a tres, seis o doce meses sin intereses. Por suerte no es posible. Ni tampoco pagar escorts.

Atravieso por un momento de mi vida en que me resulta peligrosísimo tener dinero en las manos. Mi adicción al vinil ha alcanzado niveles insanos. No miento si afirmo que haciendo cuentas he gastado más dinero en LP’s que en cocaína. Tómese en cuenta que en algunos círculos la coca es sinónimo de Carlos Velázquez.

Tampoco es un secreto que tengo problemas con mi manera de beber. Soy un borracho. Y mi trabajo es beber. No siempre con responsabilidad. Me resulta complicado cuantificar el dinero que he gastado en alcohol a lo largo de mi vida. Esto gracias a que cientos (o quizá miles) de borracheras me las han patrocinado editores, amigos y hasta desconocidos. No sé qué le provoco a las personas que algunas han afirmado que apenas me ven les entra sed de la mala. Y a otras ganas de cantarme: “porque eres un drogo, un drogo que siempre ha vestido piel de oveja”.

No soy tan estúpidamente optimista para asegurar que se acerca el final de la pandemia, pero sí que la gente ha dejado de tenerle miedo. Y con la cantidad de vacunados e inmunizados nos acercamos a lo que muchos hemos esperado: recuperar los espacios públicos. Traducción: los fans de la música suspiran por el regreso de los conciertos.

Me resulta peligrosísimo tener dinero. Mi adicción al vinil ha alcanzado niveles insanos

Hace unos días platicaba con un compa de todo el desgarriate que va a ocurrir cuando por fin se termine la pandemia, por ai del 2025. Pese a las predicciones de que la realidad va a ser distinta, el contacto entre personas no volverá a ser igual y nos temeremos unos a otros, sobre la atmósfera reina el presentimiento de que nos lanzaremos en picada sobre la vida que nos fue arrebatada y todo mundo se dará con todo mundo y habrá tantos conciertos y eventos que lo que le faltará a uno es tiempo y dinero.

Pero mientras eso ocurre, las agencias que organizan los conciertos ya están relamiéndose. Del futuro próximo aún no se sabe. Sin embargo, ya se ofrecen boletos para conciertos y festivales hacia finales de año, obvio con el warning de que están sujetos a cómo se encuentre la pandemia a esas alturas. Es por ello que agradezco no tener una tarjeta de crédito.

Yo he hecho de todo una droga. De la paternidad, de la música, de los libros, del sexo, del alcohol, de Nirvana, de las drogas mismas. Y por supuesto que haría lo mismo de una tarjeta de crédito. Ustedes se preguntarán cómo un adicto a los conciertos no tiene una. Pues porque las pocas ocasiones que ha sido necesaria he requerido la generosidad de mis amigos.

Decía Pedro Lemebel que la meditación trascendental le producía vértigo. A mí me lo produciría deber los 400 mil varos que debe un editor que conozco (de cuyo nombre no me está permitido acordarme pero ya se imaginarán quién es). Y es que en este momento no puedo ver anuncio de un concierto a fin de año porque la malilla empieza a carcomerme. Mis ansias por llenar el vacío al que hemos estado sometidos todos estos meses. Días y noches en que no me he rehabilitado. Todavía no llego a ese momento al que han arribado muchos conocidos: dejar de asistir a conciertos.

A lo que no me he podido resistir es a la insistencia de mis amigos que sí tienen tarjeta. Dos o tres veces a la semana me llaman para preguntarme si ya vi el anuncio de tal o cual banda. Sí, les respondo. Pero todo es un supuesto. Mientras se llevan a cabo o no los organizadores de toquines ya se embolsaron la lana. No les importa, la ilusión es más fuerte que otra cosa. Te compro un boleto, me preguntan. Ándale, me lo pagas luego. Al cabo que paso la tarjeta a meses.

Quién soy yo para acabar con sus ilusiones. Sí, respondo, da el tarjetazo. No tengo tarjeta de crédito pero ya estoy embarcado de aquí a dos años con boletos de eventos que no están confirmados. Todo sea por no quitarle a mis compas el poder de dar el tarjetazo.