Diamantes en bruto, de los hermanos Safdie

Diamantes en bruto, de los hermanos Safdie
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Howard Ratner (Adam Sandler) tiene un problema que es el origen de todos sus otros muy numerosos problemas: un frenesí maniaco que se expresa en su adicción al juego, pero también en su obsesión por tomar riesgos innecesarios y extremos, así como en su incapacidad de pensar antes de elegir los peores cursos de acción posibles. La más reciente cinta de los hermanos Benny y Josh Safdie es otro demencial y frenético carrusel cinematográfico que sigue la pista de su anterior Good Time (Good Time: Viviendo al límite, 2017) en cuanto a su vertiginoso pesimismo, pero con una poderosa dosis de esteroides. Por momentos parecería que la cinta hace eco de Birdman (González Iñárritu, 2014), tanto en el estilo de cámara acosante como por la crisis de ansiedad creciente que padece el protagonista.

Diamantes en bruto (Uncut Gems, 2019, disponible en Netflix para estos días de cuarentena), coescrita por los Safdie y Ronald Bronstein, es una obra perturbadora, tumultuosa y desaforada, en la que seguimos de cerca los negocios, torpes manejos sociales y desquiciadas decisiones que toma Ratner. Estos tocan tanto su joyería en el Midtown neoyorquino, como el departamento donde tiene a su amante y empleada, Julia (Julia Fox), y su casa suburbana, donde viven sus tres hijos y su esposa Dinah (Idina Menzel), quien no lo soporta más, tan sólo quiere divorciarse y de ser posible nunca volverlo a ver. Howard tiene un estilo de vida agotador, pasa los días evadiendo perseguidores, escamoteando clientes y cumpliendo mediocremente con las funciones de padre, jefe, amante y esposo. Es como un tiburón incapaz de quedarse quieto y el vértigo es el único estado en que puede subsistir. Para Howard el mundo tan sólo puede habitarse a toda velocidad y eso no da tiempo para escuchar ni pensar, sino únicamente marear a los demás y crear la ilusión de que en cualquier momento podrá enriquecerse con un golpe afortunado. Sin embargo, aun si se enriqueciera, Howard seguiría corriendo riesgos desproporcionados, porque lo que necesita para vivir no es el dinero sino la adrenalina.

Ratner adquiere un valioso y raro ópalo negro que le envían de contrabando desde Etiopía, adentro de un pescado. Esa piedra en bruto con fabulosos reflejos de colores representa la posibilidad de pagar sus deudas a los usureros que lo acosan; sin embargo, en vez de eso se enreda en otros préstamos, empeños, conflictos y apuestas. Paradójicamente, la roca que en principio trae suerte a su propietario es aquí el símbolo de la ambición desmedida, la frivolidad y la estupidez suicida. La cinta da inicio con una inmersión a un cosmos oscuro, repleto de brillos de colores saturados en el interior del ópalo negro, que culmina muy emblemáticamente en una colonoscopía.

"La intensidad de la cinta depende de Adam Sandler, sus gestos, la manera en que habita las escenas, ocupando todo el espacio posible".

Todos los elementos se suman para enfatizar la aceleración de una historia en que la pista sonora de Daniel Lopatin, alias Oneohtrix Point Never (música ambiental electrónica que evoca los años ochenta), la fotografía sofocante del legendario Darius Khondji y la edición abrupta de Benny Safdie y Bronstein, con numerosos cortes, crispados planos secuencia y agresivos close ups que imprimen una sensación de cinéma verité, contribuyen para llevar al espectador a la taquicardia. Asimismo, construyen una mitología esperpéntica que entreteje realismo y ficción al crear una narrativa que involucra a celebridades como The Weeknd y el basquetbolista Kevin Garnett que se interpretan a sí mismos. A pesar de que se desarrolla en 2012, hay una cierta nostalgia por la decadencia neoyorquina, con guiños a los thrillers urbanos de Martin Scorsese y Sidney Lumet, así como a la pesadilla de la amarga corrupción del Bad Lieutenant (Un maldito policía, 1992), de Abel Ferrara.

Es evidente que la intensidad de la cinta depende de la personalidad de Sandler, del ritmo de sus pasos, de la cadencia de su hablar, de sus gestos y movimientos, así como de la manera en que habita las escenas, ocupando todo el espacio posible y absorbiendo todo el oxígeno disponible. Nada refleja mejor la claustrofobia que crea esta cinta que aquel encierro de varios personajes peligrosos en el diminuto vestíbulo de seguridad que da acceso a la joyería de Howard. La historia se construye sobre los hombros caídos de este actor que ha delineado un estilo irritante y corrosivo, el cual es una extraña mezcla de los personajes que ha representado desde su trabajo en los sketches cómicos de Saturday Night Live, hasta sus papeles serios en Punch-Drunk Love (Embriagado de amor, Paul Thomas Anderson, 2002) y The Meyerowitz Stories (Los Meyerowitz: la familia no se elige, Noah Baumbach, 2017). Su interpretación de Howard es electrizante, por un lado ofrece una honestidad desoladora que lo muestra como un ser vano y en muchos sentidos irredimible, pero al mismo tiempo no lo deja hundirse en una caricatura grotesca.

Cada diálogo parece una competencia estridente de volúmenes, conversaciones punzantes repletas de insultos, constantes llamadas telefónicas que interrumpen toda interacción, histéricas negociaciones a punta de amenazas y gritos que erizan la piel y saturan los sentidos. Los Safdie creen más en la cacofónica musicalidad de los diálogos que en su contenido, parecen siempre optar por el histrionismo de las discusiones en vez del verdadero significado de las palabras. Y si los sonidos son inquietantes también lo es el intenso y chirriante decorado. Nada en este bombardeo feroz parece en lo más remoto disfrutable, sino tan sólo un pretexto para generar ansiedad, pero existe un enorme placer en las maquinaciones ríspidas de un personaje en el fondo frágil, que trata de ganarse la vida embaucando, regateando, transando y jugándose la suerte con matones, golpeadores, raperos (el extraordinario LaKeith Stanfield) y deportistas profesionales multimillonarios. El tono de la cinta se mueve sin pausa de la comedia a la tragedia, de los momentos de hilaridad, como cuando Ratner termina desnudo y encerrado en la cajuela de su coche, a la frustración de encontrar a su novia en el baño con un rock star como The Weeknd o al autentico temor de enfrentar a su pariente y sobrio agiotista, Arno (Eric Bogosian).

Los hermanos Safdie tienen un talento extraordinario para mostrar historias de fracasos estrepitosos y sueños patéticos e irrealizables, como aquel del criminal que pretende liberar a su hermano en Good Time: Viviendo al límite, o la joven yonki enamorada en Heaven Knows What (Ni el cielo sabe qué..., 2014). Aunque el corazón de la trama tiene lugar en el Diamond district, en realidad es un fiel reflejo de lo que ocurre al sur de Manhattan, en Wall Street, donde otros charlatanes, con más educación, mejor gusto y buenas maneras controlan la especulación financiera que mueve los hilos de la humanidad. Diamantes en bruto es la historia de un optimista estrambótico y empedernido, un hombre solitario que deposita su fe en un milagro, un iluso que en gran medida refleja la fantasía de opulencia del capitalismo tardío que descree de la justa repartición, del trabajo y de los mecanismos elementales de la economía para apostar al engaño y la extorsión mientras dure el destello de las riquezas fáciles.