Había una vez en… Hollywood, de Quentin Tarantino

Había una vez en… Hollywood, de Quentin Tarantino
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Rick Dalton (Leonardo DiCaprio) se encuentra en lo que parece el ocaso de su carrera. Después de numerosas películas, de volverse vaquero de la televisión (estelarizando la serie Bounty Law) y de protagonizar spaghetti westerns, sabe que su momento ha pasado. Su amigo, el veterano de guerra Cliff Booth (Brad Pitt), que es su doble, chofer, confidente y ayudante, también vive su propia decadencia: nadie quiere darle trabajo porque se rumora que asesinó a su mujer.

Los dos protagonistas del noveno largometraje de Quentin Tarantino, Había una vez en… Hollywood, son irónicamente dos reliquias, dos perdedores interpretados por dos de las estrellas más exitosas y carismáticas de nuestro tiempo. El peso de esta cinta monumental recae en esta relación de afecto y solidaridad (con ecos de Redford y Newman en Butch Cassidy and the Sundance Kid y El golpe), más cercana a la de un caballero y su escudero que a la de un jefe y un empleado: “Más que un hermano pero menos que una esposa”. El contraste entre un DiCaprio emocional y angustiado por el futuro, y un estoico y gracioso Pitt, es la tensión que mantiene la unidad y fluidez de la obra.

La historia se desarrolla entre febrero y agosto de 1969, periodo en que los sueños hippies de paz y amor entran en colisión con el despertar a una era de crueldad espectacular y hedonismo frívolo. El fin de los años sesenta desembocó en buena medida en complacencia, consumismo, estado de vigilancia y paranoia que comienza a definirse en los setenta. Un tiempo que, como dijo Joan Didion, inicia con los asesinatos de Sharon Tate (con ocho meses de embarazo) y sus cuatro amigos, en el 10050 Cielo Drive, ejecutados por seguidores de Charles Manson. Esta matanza sanguinaria es sin duda uno de los motores del imaginario popular estadunidense, con su carga de sexo, drogas y rock, por lo que es fascinante reimaginar la historia si ese episodio pesadillesco nunca hubiera ocurrido. Es también un punto de inflexión en que el héroe convencional de la ficción fílmica comienza a evaporarse para dejar su lugar a personajes más complejos y ambiguos.

"La escena en que Tate-Robbie entra sola al cine, a verse en The Wrecking Crew, y se emociona con la reacción del público ante la verdadera Tate, es un conjuro fílmico fantástico”.

Debemos a Tarantino el haber convertido la nostalgia en compulsión frenética. Su carrera se ha caracterizado por una prodigiosa destreza para la verborrea pirotécnica, la fascinación desinhibida por la hiperviolencia y su ingenioso empleo del humor físico. Desde su debut prometió que recorrería y reinventaría los géneros fílmicos, y se retiraría antes de caer en decadencia. Su noveno (y según él, penúltimo filme) es una celebración apasionada del Hollywood que ama, de ese mundo de artificio, de esa máquina creadora y trituradora de egos en la que se centra su creación. Por eso es particularmente apropiado que estelarice la cinta con dos personajes en el crepúsculo profesional, que como él ven que su tiempo se acerca a su fin. Contar la historia fílmica de Dalton es el pretexto para hacer desfilar una serie de fragmentos de películas que son falsas referencias y reflejos de la obra de Tarantino. Esto que podría haber sido un autohomenaje en realidad es un fascinante mosaico de estilos, métodos de actuación, influencias estéticas y recuerdos, que al recorrer la carrera de un ficticio actor segundón dibujan una historia de Hollywood. La resonancia de la historia con el presente está en el conflicto entre la tele y la pantalla grande en 1969, que se refleja hoy en la netflixización del cine, el impacto del streaming y en las masacres convertidas en entretenimiento planetario.

La historia de Dalton, quien pasa de ser una estrella a interpretar villanos en los episodios piloto de las nuevas series (para que al ser derrotado, los nuevos talentos establezcan su reputación, como le explica el agente Marvin Schwarz, interpretado por Al Pacino), se entreteje con la de la Familia Manson. Sin embargo, como anticipa el título, estamos ante un cuento de hadas o una historia infantil de reinos remotos, princesas y caballeros, y no una tragedia grotesca con serias implicaciones culturales. Asimismo, Había una vez en… es una evocación al cine de Sergio Leone, otro admirador de Hollywood que pasó del plagio a la obra maestra, en cintas como las que dan oportunidad a Dalton de tener su canto del cisne.

Hollywood es un universo jerárquico, un olimpo sexy, vulgar y espléndido, con su propia y cambiante mitología. Ahí los ciclos de la vida están determinados por los vínculos de amistad, amoríos, bienes raíces y trabajo fílmico, y la muerte es el olvido. Manson y sus seguidores llegan a ese planeta hermético cargados de resentimientos y deseos de venganza, como en un western clásico. Dalton es vecino de Roman Polanski (Rafal Zawierucha) y Sharon Tate (Margot Robbie), la nueva realeza, a pesar de que Tate es presentada como una mujer sencilla y cordial. Aproximarse a ellos parece casi imposible. Por otra parte, las nuevas generaciones acechan y en una de las mejores escenas, Dalton le muestra a la pequeña actriz Julia Butters cómo redimir con enorme talento y experiencia una escena desechable.

Mucho se ha hablado de la misoginia de Tarantino, un autor al que no parecen interesarle las escenas sexuales ni mucho menos románticas. Pero más que despreciar a sus personajes femeninos, describe mujeres solas: Dalton apenas toca a su nueva esposa italiana, Booth quizá asesina a la suya con un arpón, Polanski es un marido ausente y Manson dirige a sus fieles asesinas desde la distancia. Ni Tate ni las mujeres de la Familia aparecen sexualizadas, denigradas o reducidas a simple decorado: por el contrario, son los personajes que dan emotividad al filme. La escena en que Tate-Robbie entra sola al cine, a verse en The Wrecking Crew, y se emociona con la reacción del público ante la verdadera Tate, es un conjuro fílmico fantástico. Asimismo, una de las seguidoras de Manson expresa su justificación para el crimen que piensan cometer: “Si creciste viendo televisión, creciste viendo asesinatos; yo propongo matar a la gente que nos enseñó a matar”.

Decir que ésta es la película más personal de Tarantino no revela nada, ya que todas sus películas son intensamente personales. Es el testamento de una era majestuosa y evanescente que contempla sus futuras ruinas con melancolía: las salas de cine, los letreros luminosos, la geografía, las carreteras y los iconos hollywoodenses. Es además una celebración de la creatividad y el trabajo. Es una obra ambiciosa, deslumbrante y maniática en su fidelidad histórica, pero también íntima y poderosamente sutil. Un manifiesto totalizador de la función épica del cine, desde la forma en que construye nuestro imaginario hasta el delirio alucinado de querer reinventar la realidad.