La espera y la peste

La espera y la peste
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Contra todo pronóstico, la primera experiencia excepcional que comparte simultáneamente la mayor parte de la humanidad en este siglo es la espera. Confinados por las buenas o por las malas en una palabra en aparente desuso, cuarentena, aguardamos en nuestro hogar —dependiendo de la latitud en que vivamos— a que llegue o que pase el apocalipsis. Sólo después, nos decimos con una nostalgia un tanto burocrática, podremos recuperar la normalidad, esa edad dorada desaparecida tan sólo hace unas cuantas semanas y caracterizada por el placer de hacer cola sin arriesgar la vida. Vivimos la mayor emergencia mundial en décadas con una tranquilidad impuesta, obligados a sentarnos en el sillón más cómodo de la casa a esperar, con suerte con un café o una cerveza en la mano, a que la historia haga su temida y anunciada aparición, esta vez de forma microscópica y letal.

Pero no se trata de una espera como cualquier otra; de hecho, es única, nunca antes vista: es una espera vertiginosa. Por más que los días transcurran lentamente, a golpe de tuit y de manecilla de reloj, los acontecimientos se aceleran y de forma inexplicable somos parte de ellos; no hay quien no forme parte de los titulares de los periódicos, ya sea porque respeta la cuarentena o porque la viola, porque perdió el trabajo o porque lo conserva, porque forma parte de un grupo de riesgo o porque sus familiares más queridos lo son. Se nos repite en todas partes que el mundo ya no será igual, pero la cocina de la casa nunca había lucido tan idéntica a sí misma, y en su permanente desorden de fregadero de comida dominical o en su ascética limpieza con pretensiones de quirófano parece llamar a la calma y desmentir cualquier proclama de revolución.

Esta espera es paradójica por donde se la vea: es ya, por monótona que resulte, la primera visión de la catástrofe. Quién hubiera dicho que las garras de la bestia, al tocarnos, iban a tener forma de sala de estar desacomodada, llena de tazas vacías y de libros a medio leer. No hay combate menos épico que el que estamos librando sin descanso, en algo parecido al descanso del cotidiano ajetreo, al menos quienes tienen el privilegio de obedecer las órdenes sanitarias y despachar su trabajo virtual en el lapso que antes les ocupaba la ida y vuelta a la oficina. Encima, toda buena espera tiene algo de suspenso, mientras que de ésta ya se conoce el desenlace y no tiene final feliz. Los matemáticos con sus modelos calculan cuándo pasará la peste, y mientras tanto sólo nos toca esperar a que se cumplan las predicciones. Nunca habíamos sido tan digitales —para conversar, para aprender, para amar— y nunca, en nuestro aspiracional siglo, habíamos sido tan frágilmente corpóreos. Nuestra vida jamás había sido tan hogareña, tan rutinaria y dominical, por lo que es difícil asimilar que así es como empezó la excepcionalidad, sin tener que poner el despertador. Pero en realidad ése fue justamente el primer síntoma de lo que se aproximaba: el tiempo ya era el de la peste.

LA ESPERA ES TAMBIÉN, a su vez, nuestra táctica de defensa de la ciudad sitiada. Todos estamos en nuestros puestos, sin importar que estos sean un poco ridículos y necesiten un nuevo tapiz o cambio de funda. Aislados como estamos, nunca nos habíamos sentido tan coordinados. Somos una manifestación perfectamente sincronizada, que partió de los cuatros puntos cardinales para tomar la plaza central de la ciudad: la sala de televisión. Toda esta crisis rebosa de ironía. El primer movimiento masivo del siglo se dio en perfecta soledad, con permiso apenas de asomarse por la ventana. Es en este confinamiento, sobre todo cuando es voluntario, como en el caso mexicano, donde se multiplican los significados: la inacción es productiva.

De pronto, vivimos en el mundo al revés: salir, consumir, trabajar y celebrar juntas representa una irresponsabilidad, mientras que recostarse a dejar que el tiempo pase es una prueba de solidaridad y hasta de patriotismo. Nunca como hoy había quedado tan claro el dilema entre la economía o la vida, una falsa dicotomía construida metódicamente por políticas que privilegian los indicadores sobre las personas. Hoy se calcula cuántas semanas de cuarentena puede soportar la economía o, dicho de otra forma, cuántas vidas salvadas justifican una caída del PIB de dos cifras, como antes se reprochaba a la esperanza de vida su poca cortesía con la viabilidad de los sistemas de pensiones. La hiperactividad a la que aspira la economía, de hecho, tiene mucho de viral, en el sentido literal del término, porque si algo ha dejado claro el Covid-19 es que él y sólo él es la literalidad, y todo lo demás es metáfora.

[caption id="attachment_1153453" align="alignnone" width="945"] Fuente: infobae.com[/caption]

El Covid-19 sabe más de franquicias que Starbucks, no tiene necesidad de presumir sus conocimientos de nanotecnología, se expande sin hacer el menor caso a regulaciones nacionales y a desesperados intentos de proteccionismo, impone su modelo de negocio y aniquila a la competencia, se fusiona con cualquier empresa que se le ponga en el camino hasta asfixiarla y se replica obsesivamente hasta que cualquier verdad que no sea la suya resulte inconcebible. No vaya a ser que el único remedio que se conoce hasta ahora contra el virus, la pereza estratégica, sea también la única arma para combatir el capitalismo. No vaya a ser que la economía, plenamente triunfante, acabe por asfixiar la sociedad a la que usa para crecer. No vaya a ser que la vuelta a la sociedad sea una excusa para refundarla. Mientras dure la espera, todo puede ser. Qué aburrido: ahora resulta que la verdadera libertad, cuando todas las opciones son posibles, se vive a plenitud cuando no pasa nada.

NO HAY QUE HACERSE muchas ilusiones. Boccaccio, que algo sabía de pestes, habla en el Decamerón de un solo cambio de conducta después de la epidemia, desde luego positivo pero quizá no trascendental:

Que a ninguna señora, por muy encantadora o bella o noble que fuese, si enfermaba, le importaba tener a su servicio a un hombre, dando igual que fuese joven o no, ni enseñarle sin vergüenza alguna todas las partes de su cuerpo igual que habría hecho con una mujer, con sólo requerirlo la necesidad de su enfermedad; y a las que se curaron tal vez esto las hizo ser menos honestas en lo sucesivo.

De todos los mundos que ya coexistían antes de la peste, será uno el que resultará reforzado y es imposible saber cuál, por más que en estos días haya competencia de videntes que quieren adivinar el futuro como si jugaran con las cartas marcadas.

Sigamos esperando, mientras tanto, como nadie había esperado antes. Pensemos en quienes mejor han esperado en la literatura, por ejemplo, en Giovanni Drogo, el triste protagonista de la hermosísima El desierto de los tártaros, de Dino Buzzati. Al capitán Drogo se le destina a la última frontera del imperio, al fuerte encargado de resistir las invasiones tártaras. Pero éstas nunca llegan y, mientras Drogo las ansía para satisfacer su vocación de épica, el tiempo pasa dejando sólo polvo en la fortaleza, sin ninguna batalla que pelear. Cuando al fin los tártaros se divisan en el horizonte, Drogo ya renunció a su vida por ellos y ya es demasiado tarde para todo, para luchar o para rendirse, porque —y eso lo entiende mientras la caballería tártara se aproxima— estuvo derrotado desde el principio. Nadie tan diferente a Drogo que nosotros mismos, que sabemos que los tártaros llegarán, que ya están aquí pero, al contrario que al capitán, lo imposiblemente mejor que nos podría pasar es que no pasara nada, que nuestra espera no tuviera clímax ni estructura, y que se diluyera en una utópica ausencia de acontecimientos.

"Aislados de la sociedad a la que nunca nos sentimos del todo integrados, consideramos a nuestros semejantes confinados como camaradas, pero se convierten en enemigos si coincidimos en un pasillo del supermercado".

PENSEMOS TAMBIÉN en la melancólica Zama, de Antonio Di Benedetto, ambientada en un difuso virreinato de América del Sur. En un pueblo perdido en medio de la selva, Diego de Zama espera a que llegue el barco con la carta que al fin anuncie su traslado a alguna metrópoli. Los años pasan y pasan, y la carta no llega; conforme la espera se acumula, la sintaxis se quiebra. El mundo, perpetuamente detenido y postergado, se vuelve un lugar extraño. Finalmente, de forma imprevista, quizás como una rebelión en contra de su desesperante inactividad, Zama se suma a una expedición para atrapar a un bandido. El olvidado Zama, cuyo mayor anhelo era volver a la civilización (como nosotros), emprende el viaje opuesto y penetra en territorios aún más salvajes de los que lo tenían confinado, donde encuentra la locura y el horror. En las últimas páginas, la (ir)realidad exterior y la interior se cruzan, y lo único que ya entiende Zama es su propio delirio:

Todo era demasiado ambiguo, pero no me parecía que la ambigüedad estuviera en ella, sino que emanara de mí mismo y que esa figura femenina, a mi lado, no fuese verdadera, sino una proyección de mi atribulada conciencia, una proyección corporizada por los poderes de mágica creación que posee la fiebre. [...] Con mi mano busqué la suya y la tomé y estaba ardiente, y esto me hubiera confortado si no se hubiese deslizado en mí la sospecha de que mi mano derecha tomaba mi mano izquierda, o la izquierda a la derecha, no podía saberlo.

Pensemos, por último, en Brausen, el fracasado personaje de La vida breve, de Juan Carlos Onetti. Si algo tiene en claro Brausen es que no hay muchos motivos que valgan la pena para salir de su departamento, donde vive con Gertrudis, su mujer, a quien le acaban de extirpar un seno. A diferencia de los personajes beckettianos, que esperan algo por más que no sepan qué, o de los kafkianos, de una hiperactividad estéril, Brausen ya no espera nada y se contenta con dejar pasar el tiempo y fantasear. Pero en sus divagaciones construye un mundo nuevo, imaginario pero real, mejor y peor que éste; así, la evasión se convierte en un espejo que al deformar la realidad la muestra de una forma que también es verdadera, aunque nadie la hubiera visto antes de esa forma. Así, Brausen crea Santa María, una ciudad donde acabará transcurriendo la mayor parte de la obra de Onetti, quien, es importante recordarlo, la creó tumbado en el letargo de su cama, entre un whisky y otro. Poco comparte nuestra espera con la de Brausen; hiperinformados como estamos, constatando el crecimiento de las curvas de las gráficas y consultando obscenamente cómo se multiplican los contagiados y los muertos, no tenemos espacio para la imaginación porque nuestra cruentísima realidad lo aplasta todo.

ES INMORAL PENSAR en las consecuencias de nuestra espera, como si los muertos que están por venir ya se hubieran marchado. No obstante, resulta imposible no hacerlo porque quien está encerrado siempre imagina su salida. Quizás nuestra espera acabe siendo frustrante, como la del capitán Drogo, quizás nos conduzca a la locura y el horror, como la de Diego de Zama, quizás resulte en un mundo nuevo, como el que imaginó Brausen. Muy probablemente el final será inesperado porque, como ya se ha mencionado, nunca ha existido una espera como la nuestra en estos días, tramposa hasta cierto punto.

Aislados de la sociedad a la que nunca nos sentimos del todo integrados, consideramos a nuestros semejantes confinados en sus respectivas recámaras como camaradas, pero de pronto se convierten en enemigos si coincidimos con ellos en un pasillo del supermercado. Hace días o semanas que no los vemos, y sin embargo ahora sabemos más que nunca del transcurrir de sus jornadas porque las redes sociales, enfatizando su naturaleza, están volcadas a simular la unión de lo que permanece separado. Sobra decir, encima, que no todas las esperas son iguales y que, más que igualar a la población, la epidemia refuerza las diferencias porque hay quienes se permiten alejarse de ella mientras que a otros no les queda más remedio que dejar el contagio a la suerte.

Como todas, esta espera, la más grande de nuestra historia, terminará. La sala de estar volverá a ser un espacio desocupado, reservado para los invitados que rara vez nos visitan; de nuevo podremos quejarnos de no tener tiempo para nada y odiaremos el tráfico de la ciudad; comeremos como antes, menos o más, dependiendo de cada quien, pero peor, y nos lavaremos las manos con descuido. Ignoro qué recordaremos de estos turbulentos días de movimientos definitivos que fueron impulsados por innumerables cuerpos estáticos. Habrá muertos y sobrevivientes, gratitud y reproches. Quien pueda volverá a su vida de antes de la peste; para otros, el mundo ya no será el mismo. Habrá quien recuerde y habrá quien olvide las mañanas y las noches en que, aislados, aterrados los unos de los otros, estuvimos juntos, compartiendo una espera funesta y luminosa.