Rafael F. Muñoz y este México convulso

Desde hace décadas, el espacio literario que conocemos como novela de la Revolución ha sido relegado —con todo y su etiqueta— al casillero de la literatura especializada, la que no es motivo de placer sino de estudio, como apunta este ensayo. Sin embargo, la potencia expresiva de las mejores piezas de este género requiere de una nueva lectura que restituya su “intención artística”, la “verdad emocional y psicológica” de los personajes en su momento histórico: en suma, el aprecio de su calidad a toda prueba. Así lo hacen estas páginas, que encuentran en el caos, la ambición y los raudales de sangre derramada en aquellos años —hace un siglo—, el reflejo perturbador de la violencia y la barbarie que han azotado al país en los tiempos recientes: un reconocimiento doloroso que no admite concesiones.

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Rafael F. Muñoz (1899-1972).Fuente: elem.mx
Por:
  • Eduardo Antonio Parra .

Durante la segunda mitad del siglo XX, salvo tal vez Mariano Azuela, leído por los estudiantes de preparatoria, y Martín Luis Guzmán —canonizado por la crítica como poseedor de la más brillante prosa narrativa de la lengua española—, el resto de los autores clasificados como novelistas de la Revolución sufrió una suerte de purgatorio que condenó a sus obras a dormir en los rincones de las bibliotecas, donde se acumula el polvo de la indiferencia de los lectores. No es que sus novelas y cuentos no se leyeran; su lectura fue dejada en manos de especialistas, académicos y estudiantes de Letras que se titulaban con tesis sobre ellas, con lo que se confirmaba la creencia de que se trataba de libros para especialistas, libros que se estudian pero no se leen.

¿A qué se debió esto?

Quizá a que, como casi desde el momento de su aparición estos libros fueron clasificados de modo peyorativo como narraciones testimoniales y se les encajonó en el subgénero novela de la Revolución, muchos de sus posibles lectores pensaron que eran relatos donde solamente se recreaban batallas, se hablaba de la grandeza de ciertos generales y, por lo tanto, no era necesario leerlos, pues su contenido nomás repetía lo que las películas de la Época de Oro ya habían mostrado hasta el hartazgo. Otros acaso creyeron que, al conformar una rama menor de la literatura nacional, se trataba de relatos repetitivos, y que bastaba leer uno o dos, más las referencias críticas del conjunto, para estar enterados de qué iban. Y al seguir esta tendencia se privaron de disfrutar la individualidad de grandes obras literarias. Entre las injusticias que este desdén provocó se halla el olvido al que fueron sometidas las obras de varios grandes narradores, uno de ellos, el chihuahuense Rafael F. Muñoz.

NO FUE SINO HASTA finales del siglo XX y principios del XXI, cuando algunos editores decidieron rescatar libros que consideraban indispensables y pusieron en amplia circulación los títulos Vámonos con Pancho Villa y Se llevaron el cañón para Bachimba, que una nueva generación tuvo acceso a estos relatos y encontró en ellos virtudes literarias antes ignoradas, una voz personalísima cautivadora, abocada a contar su mundo y su época, y una visión de los tiempos revolucionarios que nada tiene que ver con las versiones oficiales. Esto provocó que un puñado de obras narrativas consiguiera encontrar a sus receptores ideales en el futuro —años después de la muerte de quien los escribió—, fuera del contexto en que fueron escritos, cuando ya las pasiones provocadas por las filias y fobias de los supervivientes de la guerra civil en México se habían apaciguado a causa del tiempo transcurrido. Los nuevos lectores —los de la actualidad— los leyeron no ya como noticias o testimonios de la guerra, sino como lo que son: relatos donde se plasman, con intención artística, la verdad emocional y psicológica de un puñado de personajes inmersos en una situación histórica determinada.

Y de nuevo tendríamos que preguntarnos: ¿A qué se debió esto?

En lo personal, creo que se pueden señalar varias causas para que el lector común —quien lee por placer o por necesidad, sin que nadie le “haya encargado la lectura”— llevara a cabo el redescubrimiento de los libros de Rafael F. Muñoz, y de otros de los llamados narradores de la Revolución.

Siempre he estado seguro de que las maneras de leer cambian con el paso de los años. Así como existen novelas y cuentos que en el momento de su publicación causan entusiasmo en los lectores y con el transcurso del tiempo pierden fuerza y actualidad, así también lo que en determinada época se considera una literatura deficiente o escrita con un lenguaje insuficiente, años después puede ser mucho más aceptada y valorada. Entonces, una novela como Vámonos con Pancho Villa, que en los años inmediatos a su aparición fue calificada como “fragmentaria”, “episódica”, casi periodística y escrita con un lenguaje más o menos pobre —al grado de que se consideraba mejor la película que sobre ella realizó Fernando de Fuentes—, es leída por algunos críticos del siglo XXI, entre ellos Jorge Aguilar Mora, como una obra maestra que, además de adecuar con exactitud su lenguaje al de sus personajes, nos revela la esencia de la idiosincracia de los revolucionarios que se afiliaron al villismo, de un modo que no supieron advertir las primeras generaciones de sus lectores.

Lo que puede ayudarnos a entender la situación que México ha vivido desde los albores del siglo XXI —una violencia omnipresente donde cada año los muertos se cuentan por decenas de miles— es la lectura de las novelas de la Revolución

OTRA CAUSA —y ésta me parece de mayor importancia— responde a que, como todo lector lee desde su momento histórico particular, inmerso en su propio contexto y en su propia cultura, quienes en este nuevo siglo que lleva ya dos décadas completas se enfrentan a las dos novelas de Rafael F. Muñoz o a sus tres libros de relatos —Vámonos con Pancho Villa y Se llevaron el cañón para Bachimba; El feroz cabecilla y otros cuentos de la Revolución en el norte; El hombre malo, Villa ataca Ciudad Juárez y La marcha nupcial; Si me han de matar mañana—, encuentran en sus páginas un reflejo de la situación del México actual. Es decir, pueden ver en los relatos inspirados hace poco más de un siglo el reflejo de lo que hoy se vive, donde la violencia campea en todo México, provocada por los enfrentamientos entre grupos rivales que, si bien hace cien años eran facciones revolucionarias o rebeldes, ahora son delincuenciales que muestran una rebeldía y una ferocidad semejantes.

Ya he asegurado en otras ocasiones que lo que más puede ayudarnos a entender la situación que México ha vivido casi desde los albores del siglo XXI —una violencia omnipresente donde cada año los muertos se cuentan por decenas de miles, donde hay poblaciones constantemente aterrorizadas, donde impera la impunidad— es la lectura o relectura de las novelas y los cuentos de la época de la Revolución. Luego de hacer esta afirmación, he notado gestos de incredulidad, ceños fruncidos, incluso muecas de burla. Lo entiendo: para quienes de veras creen que la lucha revolucionaria en el México de la segunda década del siglo XX se expandió a través del territorio con base en ideales que buscaban mejorar la vida de la población, resulta difícil, si no imposible, equiparar aquella etapa de nuestra historia con la de ahora, cuando en apariencia los únicos detonantes de tanta violencia y muerte son el afán de lucro y dominio territorial de grupos fuera de la ley. Pero basta leer los libros citados para darnos cuenta de que la gente de pueblos y ciudades sufría de un modo similar, hace poco más de cien años, la presencia de los grupos en pugna, las incesantes ejecuciones, los secuestros, los levantones y el espectáculo de cadáveres en los espacios públicos. Basta adentrarse en los relatos de Rafael F. Muñoz para entender que, así como hoy ocurre, entonces la principal motivación de los ejércitos, de las bandas, de las partidas armadas era conquistar y mantener el poder, quedar por encima de sus rivales y controlar los territorios a su antojo. Por eso a la lucha armada se le llamaba la bola, porque muy pocos sabían en realidad de qué se trataba pero todos se enrolaban en ella ya fuera por resentimiento, por ganas de “carrancearse” —como le decían entonces al saqueo— algo, por obtener algún beneficio personal, por el simple gusto de sentirse poderosos, de llevar a cabo con absoluta impunidad actos de barbarie; o quizá nomás porque sentían que estarían más seguros si le entraban a los balazos que quedándose en su pueblo a merced de cualquier gavilla.

¿Suena conocido?

POR SUPUESTO, con el triunfo de una de las facciones revolucionarias —la de los carrancistas, los sonorenses—, los historiadores oficiales y los ideólo-gos vinieron a tratar de explicar lo que había ocurrido y se creó la versión romántica de nuestra Revolución. Pero esto fue luego de que los vencedores eliminaran primero a sus rivales en el campo de batalla y, después, con la larga serie de asesinatos políticos que cribaron a sus aliados incómodos, con-siguieran la tan ansiada supremacía. Sólo de este modo pudo crearse la versión oficial que nos habla de una Revolución heroica que se hizo con el fin de “alivianar a los jodidos”, de mejorar las condiciones de vida de todos los campesinos y obreros, de establecer la democracia, de eliminar los privilegios y la corrupción, y todas las demás patrañas que —lo sabemos de sobra— sólo se decían para legitimar a los hombres en el poder.

Se dice que la Historia, como disciplina, existe para estudiar la evolución de las naciones, y que la Novela —la narrativa en general—, como arte, refleja la situación de los hombres y mujeres de ese mismo país. Tal vez ahí radique la superioridad de la literatura: en su libertad de expresión, en su capacidad de enfocar de manera directa al ser humano, de extraer sus verdaderas an-gustias y sus anhelos, de penetrar en sus emociones y en su psicología.

El caudillo en Vámonos con Pancho Villa, la película de Fernando de Fuentes (1935-1936).Fuente: es.wikipedia.org

¿QUE NO HAY NADA que ver entre los hechos de la Revolución mexicana y entre los de la violencia que desde hace por lo menos tres lustros azota nuestro país? Acaso baste el recorrido por algunos de los relatos de Rafael F. Muñoz para convencernos de lo contrario.

Por ejemplo, “La cuerda del general”, tal vez el único cuento del autor que roza el género fantástico. En él se narra cómo un capitán federal de apellido Peralta, quien tiene el vicio del juego, consigue hacerse de un trozo de la cuerda con la que fue ahorcado el líder del grupo rival, a fin de mejorar su suerte en las cartas y en la ruleta; pero este “encantamiento” sólo funciona hasta que el espíritu del muerto viene a recuperarla, provocándole un terror inaudito. Al margen de la trama fantástica, Muñoz en realidad nos presenta un cuadro sanguinario como telón de fondo. Antes de conseguir su amuleto, Peralta recibe órdenes del general Murguía de ejecutar a todos los enemigos que han caído en sus manos. Cuarenta prisioneros. El capitán Peralta los ahorca en persona uno por uno, colgándolos en los árboles de una calle de Chihuahua y dejando los cuerpos suspendidos ahí donde murieron para ejemplo y escarmiento de sus seguidores. La imagen de esas cuatro decenas de cadáveres que se balancean con el viento durante varios días ante los ojos de vecinos y transeúntes, ¿no es acaso similar a las de los cuerpos abandonados por los criminales de hoy en los puentes peatonales o en ciertas bardas para aterrorizar a los rivales, y a la población en general? Tal vez las razones de quienes lo hicieron sean distintas, pero tanto el hecho concreto como las consecuencias entre la gente del pueblo presentan muchas semejanzas.

En otro relato, “El buen bebedor”, un comerciante en arte de Chihuahua, propietario de una especie de galería, en el momento en que cierra su negocio recibe la visita de un individuo de aspecto torvo que literalmente lo levanta sin que él sepa la causa ni las intenciones. Narrado en primera persona, el texto inicia con las siguientes palabras:

El sábado, al mediodía, pensé en cerrar la tienda más temprano que de costumbre, y aun clausurar por unos días mi negocio. ¿Quién, durante los días de guerra, cuando la ciudad desfallecía bajo el terror implacable desplegado por los bandidos, iba a comprar los hermosos cuadros que yo vendía?

SI NOS FIJAMOS en sus palabras, el narrador habla de una “ciudad desfallecida” bajo “un terror implacable”, tal como muchas ciudades y pueblos mexicanos —del norte o de cualquier región ahora que la violencia se ha extendido a todo el país— lo han sufrido en el transcurso de tres lustros. Pero también hay que notar que, al referirse a los agresores, el narrador no los llama “revolucionarios” sino bandidos, que es como las víctimas suelen referirse a quienes ejercen violencia sobre ellas. En este relato el narrador-protagonista sufre un levantón y es encerrado después con otros hombres, desconocidos para él, que aguardan resignados el destino que sus captores les tienen reservado. Poco a poco el narrador advierte que algunos de sus compañeros de infortunio están ahí víctimas de una extorsión, por no haber pagado lo que los bandidos les exigían, y luego se da cuenta de que un hombre viene cada noche para escoger a los que serán ejecutados. En tiempos de la Revolución, los ciudadanos de a pie también sufrían levantones, cobros de piso, secuestros, extorsiones, semejantes en todo a los que ocurren en la actualidad.

Y si de violencia extrema hablamos, hay entre los cuentos de Muñoz uno capaz de ponerle la carne de gallina a cualquier lector. Se trata de “Un disparo al vacío”, uno de los pocos relatos breves del autor en que aparece de cuerpo entero el general Francisco Villa quien, según lo narrado, podría equipararse con cualquier capo del crimen organizado de nuestros días.

Tras un largo asedio a un pueblo en el que los combates han dejado bastantes muertos, Villa ofrece respetar la vida de los enemigos que depongan las armas de inmediato. Los soldados federales aceptan rendirse y los villistas entran al pueblo. Hacen formar a los prisioneros y a las soldaderas que los acompañan. Pancho Villa recorre las filas de los vencidos y les echa un discurso sobre la legitimidad de su lucha, alegando que continúa peleando por los pobres, aun cuando el gobierno de Carranza lo ha declarado fuera de la ley. A medio discurso se escucha un disparo: de las filas de las cautivas brotó un tiro de fusil en dirección del caudillo tratando de matarlo. Entonces Pancho Villa, enloquecido de ira, encara a las soldaderas:

—Mujeres, ¿quién tiró?

La masa onduló a la presión de los caballos, comprimióse todavía más, pero siguió en silencio.

El cabecilla espoleó su caballo, que adelantó el pecho cuadrado hasta chocar contra las mujeres, piafan-do, levantándose sobre las patas de atrás y golpeando con sus cascos delanteros, al caer, cuerpos nerviosos que lo rechazaban.

—¿Quién tiró? —(el hombre había desaparecido por completo quedando la bestia sanguinaria y brutal).

Una mujer vieja, picada de viruelas, con una cicatriz que le caía de la frente por todo el carrillo, levantó el brazo en el centro del grupo y gritó:

—Todas... ¡Todas quisiéramos matarte!

El cabecilla retrocedió.

—¿Todas? Pues todas morirán antes que yo.

Y dio sus órdenes.

Hay entre los cuentos de Rafael F. Muñoz uno capaz de ponerle la carne de gallina a cualquier lector. Se trata de
'Un disparo al vacío', uno de los pocos relatos breves en que aparece de cuerpo entero el general Francisco Villa

UNA DE LAS OBSESIONES que se advierten en la obra de Rafael F. Muñoz es la de estudiar la personalidad del caudillo y su relación con los hombres que lo siguen y apoyan. En este caso habla de Francisco Villa, pero en libros diferentes aborda otros, por lo que su interés, puede deducirse, se encaminaba hacia la figura del líder en general y lo que hace que la gente le brinde su apoyo incondicional. Por esta razón lo muestra sin tomar partido, en sus aspectos sublimes pero también en los más terribles, como puede advertirse en el castigo aplicado a las soldaderas anónimas que atentaron contra su vida, a quienes sus hombres atan con fuerza de cinco en cinco, de seis en seis.

Los soldados vencidos fueron prontamente rodeados y encerrados en el interior de la estación, y mientras tanto, otros grupos de rebeldes fuéronse a las trincheras de leña para cambiarlas de sitio, haciendo un pira en el ángulo de un enorme hoyo, con paredes de tres metros de alto y cortadas como a pico, de donde se sacaba tierra para hacer adobes. A culatazos los bandidos fueron empujando los haces de mujeres hacia el hoyo.

Si un mazo perdía la vertical porque no todas las mujeres atadas en él pudieran caminar en una misma dirección, lo empujaban para hacerlo rodar como un tonel. Lo empujaban a golpes, contestando los insultos con culatazos y, cuando llegaban con él al borde del hoyo, lo empellaban para que cayera sobre la leña amontonada.

Abajo, ocho o diez hombres, portando largos hachones de cuerda resinosa, prendieron fuego a la pira. Fuese levantando un humo azul, y se oyó crepitar el mezquite seco. Se escuchó de nuevo la tormenta de las voces, desbordando el hoyo la insolencia de los más violentos insultos, haciendo una atmósfera espesa de recriminaciones, de amenazas, de cólera extrahumana. El humo fue elevándose. La leña, completamente seca, sobre la que soplaba el viento que iba concentrando su fuerza en el ángulo del hoyo, ardió rápidamente.

Quemáronse las ropas de las mujeres, los cabellos, y pronto olió a carne chamuscada.

El cabecilla adelantó su caballo hasta el borde del horno y alargó las manos, poniéndolas a calentar. Su boca de perro de presa sonrió ante el espectáculo, y las soldaderas que desde la pira, entre el humo y las llamas, pudieron verle, redoblaron sus disparos de voces violentas.

Tal vez una de las escenas más brutales de la narrativa mexicana, en la anterior queda por completo expuesto uno de los lados de la figura mítica de Francisco Villa: la del asesino sanguinario que no se detenía ante nada cuando la rabia lo atacaba. Hombre de contrastes en extremo violentos, que pasaba de la furia asesina a la más lacrimosa sensiblería, y viceversa, Villa fue, como caudillo indiscutible, uno de los principales objetos de observación de Rafael F. Muñoz y a quien le dedicó una buena parte de sus páginas literarias.

México convulsoFuente: am.com.mx

DEL HOMBRE, de la figura histórica, se ocupó por ejemplo en el volumen titulado Pancho Villa, rayo y azote, ensayo biográfico en el que aprovechó las memorias que el caudillo dictó de propia voz al doctor chihuahuense Ramón Puente, y que al hallarlas fragmentarias Muñoz completó con palabras propias tras el asesinato del exgeneral revolucionario en 1923 en la ciudad de Parral. Muy distintas en estilo a las Memorias de Pancho Villa escritas por Martín Luis Guzmán —quien también aprovechó dictados de la voz directa de su protagonista—, en las de Muñoz se nota esa actitud ambivalente ante el biografiado que no se deja dominar ni por la admiración ni por la repulsión, sino que trata de comprenderlo haciendo un esfuerzo por alcanzar la objetividad. Desde la perspectiva de nuestro autor, Pancho Villa es terrible, pero terrible en el sentido de que, al ser demasiado grande, un gigante, lo mismo puede resultar a los demás benéfico que perjudicial. No lo califica. No es su intención. Lo que le interesa es conocerlo y darlo a conocer.

Comprenderlo. Entender en qué consisten sus grandezas y miserias.

Así lo hizo también al escribir esa magnífica biografía que se titula Santa Anna, el dictador resplandeciente, en la que aborda la historia del hombre más importante de este país durante las primeras décadas de su existencia. Con una prosa rápida y un estilo poético y luminoso, Rafael F. Muñoz se adentra en la personalidad de quien, junto con Victoriano Huerta, tal vez sea el máximo villano de nuestra historia nacional, y al hacerlo consigue que sus lectores empaticemos con él, con Santa Anna, que lo conozcamos a fondo, y que concluyamos que quienes lo hicieron cometer tantos errores, quienes lo convirtieron en un vendepatrias, fueron los hombres y mujeres que habitaban México en ese tiempo, es decir, la gente. Los mexicanos. Quienes rodeaban a Santa Anna fueron los responsables de que ocupara once ve-ces la presidencia del país, así como quienes rodeaban a Francisco Villa le dieron la estatura del caudillo que fue, con sus errores y sus virtudes. La gente. Y es la gente, también, sobre lo que Rafael F. Muñoz enfoca la mayor parte de sus páginas narrativas. Es la gente, el pueblo, la que protagoniza sus dos únicas novelas.

En Se llevaron el cañón para Bachimba, la más lograda desde el punto de vista literario, si bien en el ejército que aparece en la novela el caudillo es Marcos Ruiz, general orozquista en rebelión contra el gobierno de Francisco I. Madero, el narrador, que lo registra todo y lo pone en palabras al alcance de los lectores, es el adolescente Álvaro Abasolo, quien adopta la voz del pueblo para contarnos lo que sucede en las largas marchas, los campamentos, las batallas y las largas conversaciones con el caudillo que le explica los motivos de la rebelión y la lucha.

Un joven casi niño que página tras página entiende la esencia del movimiento rebelde en que se metió, y con el conocimiento mismo de lo que vive adquiere cada vez más madurez, hasta hacer de este relato acaso la primera novela de aprendizaje de la literatura mexicana del siglo XX. Una novela en que la visión semiinfantil del narrador se mezcla con la belleza parca del paisaje del estado de Chihuahua y con los acontecimientos sociales, violentos como en cualquier época de guerra, hasta ofrecernos un panorama integral de la vida en el norte de México, un estudio de la psicología norteña. Una novela perfecta, escrita con un ritmo hipnótico que nos mantiene atados a sus páginas de principio a fin.

Y es la gente, por supuesto, la verdadera protagonista de Vámonos con Pancho Villa. No sólo el grupo de amigos que forman los personajes principales, conocidos como “Los Leones de San Pablo”, sino todos los miembros de la División del Norte que participan en la batalla de Torreón, parte medular del relato. La gente. Incluso el mismo Francisco Villa aparece apenas, por lo que podemos deducir que lo que en verdad atraía al autor no era la persona del general, sino el efecto que su presencia cercana o lejana provocaba en los demás. Dicho de otro modo, lo que en verdad obsesionaba a Muñoz no era Villa sino el villismo. La influencia del caudillo sobre la masa y el porqué de esa influencia. El sentir de la gente y sus conductas, sufrimientos y satisfacciones. Por eso esas escenas finales de la novela que han desconcertado a generaciones de críticos y lectores, que las han considerado más allá de toda moral establecida y, por ende, inverosímiles, al grado de que, cuando filmaron la película basada en la novela, tuvieron que grabar dos finales por temor a que el público se desconcertara también y se convirtiera en un fracaso de taquilla. Me refiero a la actitud del protagonista, quien, luego de que Pancho Villa asesina a su mujer y a sus hijos, vuelve a seguir al caudillo, a serle fiel, a protegerlo de los enemigos que lo persiguen.

Desde la perspectiva de nuestro autor, Pancho Villa
es terrible… al ser demasiado grande, lo mismo puede resultar benéfico que perjudicial

SI ALGO SE PERCIBE al leer la obra de Rafael F. Muñoz es el retrato o reflejo de un México convulso —sea el de la época de Santa Anna o el de tiempos de la Revolución—, en el que reinan la violencia y el caos. Un México donde la población civil, la gente de pie, se halla sin protección alguna, a merced de las decisiones de quienes detentan los poderes fácticos: caudillos militares, bandoleros desbalagados de sus organizaciones principales, norteamericanos que invaden el territorio nacional en busca de lo que ellos consideran delincuentes, aventureros solitarios dispuestos a atracar, robar o secuestrar, asesinos de gatillo fácil y poca paciencia. Un país donde las personas habitan una incertidumbre perpetua. El México, sí, de hace poco más de cien años, pero demasiado semejante al México de hoy.

Desde este punto de vista, la lectura de los libros de Muñoz, la de todos los llamados novelistas de la Revolución, además de satisfacer nuestra lectura con su calidad indiscutible, con su gran conocimiento de la naturaleza humana, bien puede ayudarnos a conocernos a nosotros mismos y a entender estos tiempos, aún convulsos, donde por suerte o por desgracia vivimos.