Jueves 15.04.2021 - 05:19

Charles Baudelaire

El artífice de la poesía moderna

En sus vertientes de creador, crítico y ensayista, Charles Baudelaire plasmó en su obra una auténtica revolución del canon estético de la época. Con él surge una idea de la modernidad que incursiona en territorios inexplorados, más o menos mórbidos y oscuros; una subversión que hizo trizas la antigua escuela, consagrada en el siglo XIX, del arte aséptico, neoclásico, romántico. Nuevos registros de su temperamento y sensibilidad radical experimentaron —a la par de otros motivos— tanto con el erotismo como la putrefacción, para escándalo de los representantes de la moral y la ley, que en vano lo condenaron e intentaron silenciar esa cumbre que inaugura la poesía moderna: Las flores del mal. A unos días del bicentenario de su nacimiento —el 9 de abril—, dedicamos este número de El Cultural a su memoria.

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Autorretrato bajo la influencia del hashisch, pluma difuminada y pigmento, detalle, 1842-1845.Foto: Especial
Por:
  • Juan Domingo Argüelles

En 1857, en Francia, se publicaron los dos libros fundadores de la modernidad literaria universal: la novela Madame Bovary (12 de abril, en un tomo, luego de aparecer por entregas a finales de 1856), de Gustave Flaubert (1821-1880), y el volumen de poemas Las flores del mal (25 de junio, luego de publicarse algunos adelantos en revistas), de Charles Baudelaire (1821-1867).

Ambos libros significaron una revolución en las letras francesas y universales, suscitaron el escándalo social y sus autores y editores fueron llevados a procesos judiciales por el delito de “ultraje a la moral pública y a las buenas costumbres”. Flaubert y su novela fueron exonerados, pero Baudelaire y Las flores del mal no corrieron con la misma suerte: la edición fue confiscada y el 21 de agosto de 1857, en la Gazette des Tribunaux, se publicó la ominosa sentencia:

En lo referente a la acusación de ofensa a la moral pública y a las buenas costumbres: teniendo en cuenta el error del poeta, en el objetivo que quería alcanzar y en el camino que siguió, cualquiera que fuera el esfuerzo de estilo que pudiera haber hecho, cualquiera que fuera la censura que precediera o que siguiera a sus descripciones, no puede destruir el funesto efecto de los cuadros que presenta al lector, y el que las piezas incriminadas conducen necesariamente a la excitación de los sentidos mediante un realismo grosero y ofensivo para el pudor. Teniendo en cuenta que Baudelaire, Poulet-Malassis y De Broise cometieron delito de ultraje a la moral pública y a las buenas costumbres, a saber: Baudelaire, por publicar; Poulet-Malassis y De Broise, por publicar, vender y poner a la venta, en París y en Alençon, la obra titulada: Las flores del mal, la cual contiene pasajes o expresiones obscenas e inmorales. Que los dichos pasajes se encuentran en las piezas correspondientes a la numeración 20, 30, 39, 80, 81 y 87 de la recopilación. Visto el artículo 8 de la ley del 17 de mayo de 1819, el artículo 26 de la ley del 26 de mayo de 1819, visto asimismo el artículo 463 del Código Penal, se condena a Baudelaire a 300 francos de multa, a Poulet-Malassis y a De Broise a 100 francos de multa cada uno; se ordena la supresión de las piezas que llevan los números 20, 30, 39, 80, 81 y 87 de la recopilación, y se condena a los acusados a correr con los gastos.1

Así fue el comienzo del libro que fundó la poesía moderna universal, “un libro condenado”, como lo definió para siempre su autor en aquel poema con el que cierra su edición definitiva (“Epígrafe para un libro condenado”):

Lector apacible y bucólico,

hombre de bien ingenuo y sano,

tira este libro saturniano,

orgiástico y melancólico.

Si tu retórica no hiciste

con Satán, astuto decano,

¡tíralo! Me leerás en vano

o creerás que a un loco leíste.

Mas si su hechizo no te inmuta,

y el abismo tu mente escruta,

léeme y sabrás amarme, amigo;

alma curiosa que penando

tu paraíso vas buscando,

¡compadéceme!... ¡O te maldigo!2

Condenado, censurado y criminalizado, al igual que su autor, Las flores del mal inauguró una época, un lenguaje, una forma diferente de entender y asumir la belleza y de transmitirnos la angustia existencial como nadie lo había hecho antes. Pero Baudelaire, a quien hoy leemos como nuestro contemporáneo, tuvo que pagar un alto precio (los vituperios por parte de la prensa, especialmente del diario Le Figaro) por su libertad y por la osadía de entregarnos el fuego de la poesía moderna.

Los dibujos de Charles Baudelaire que ilustran ésta y las siguientes páginas forman parte de Les dessins de Baudelaire, de Claude Pichois y Jean-Paul Avice, Les Éditions Textuel, París, 2003.

¿CÓMO ENTENDÍA el concepto de modernidad? Nos lo revela en uno de sus artículos críticos: “La modernidad es lo transitorio, lo fugitivo, lo contingente, la mitad del arte cuya otra mitad es lo eterno y lo inmutable”, y “para que toda modernidad sea digna de convertirse en antigüedad, es necesario que haya sido extraída la belleza misteriosa que en ella pone involuntariamente la vida humana”.3

Para Baudelaire, toda modernidad rompe con los convencionalismos (pone como ejemplo a Rubens), suscita la incomodidad e irritación de una sociedad adocenada y de los representantes del arte mediocre oficialmente aceptado. Y esto ocurrió con la publicación de Las flores del mal en la Francia de la segunda mitad del siglo XIX.

Los poemas prohibidos (“Lesbos”, “Mujeres condenadas”, “El Leteo”, “A la que es demasiado alegre”, “Las joyas” y “La metamorfosis del vampiro”) regresarían después, unos pocos meses antes de la muerte del autor, al lugar que les correspondía en el libro. Pero el hecho de que la justicia francesa atentase contra la libertad de creación, y específicamente contra una determinada estética, revelaba un vuelco en la sensibilidad en una nación regida por la razón y “su arte lógico” (como lo denominara Luis Cer nuda con certero sarcasmo), pero, a la vez, hipócrita en cuanto a la sensibilidad. Los poemas prohibidos de Las flores del mal pudieron ser todos y no nada más esos seis que fueron leídos e interpretados leguleyamente por su carácter explícito del sexo (sobre todo lésbico) y la blasfemia. Con los procesos judiciales contra Flaubert y Baudelaire, sin proponérselo, las leyes francesas puritanas, prejuiciosas e hipócritas, declararon en 1857 el nacimiento de una nueva estética, así como el surgimiento de la gran literatura contemporánea.

La presunta inmoralidad de Flaubert y Baudelaire, perseguida por el mismo fiscal, Ernest Pinard, era la cortina de humo para ocultar o tratar de ocultar la verdadera inmoralidad de la Francia del XIX, encarnada incluso en la figura del propio fiscal o abogado imperial Pinard, aficionado vergonzante a la pornografía y autor de algunos poemas sicalípticos que circularon bajo el anonimato. Pinard, como símbolo, no es otro que la Francia hipócrita, secretamente libertina, que condena “la poesía del adulterio” en Flaubert y “la indecencia de la carne” en Baudelaire, pero sin impedir que estos dos grandes libros ocupen su lugar como obras universales imperecederas.

Oscar Wilde, otro condenado junto con sus libros, aunque en la historia jurídica de la infamia inglesa y casi cuarenta años después de Flaubert y Baudelaire, escribiría con entera certeza: “Los libros que el mundo tacha de inmorales son los que le muestran su propia vergüenza”. No sólo esto; tanto Flaubert como Baudelaire hubieran podido declarar, en su defensa y en defensa de sus obras, lo que Wilde argumentó ante sus acusadores en 1895: “Sigo creyendo que ningún libro u obra de arte ha influido jamás en la moral de nadie”; “cuando escribo un libro... sólo me interesa la literatura, es decir, el arte; no me pongo como objetivo hacer el bien o el mal, sino crear algo que tenga cierta calidad y belleza” y “en mi opinión, y felizmente, yo no soy un hombre normal”.4 Baudelaire tampoco era un hombre normal. En una de sus notas de Mi corazón al desnudo escribió, sintomáticamente: “Ser un hombre útil me pareció siempre algo muy odioso”.5

Más allá de la anormalidad del artista, lo importante de la gran literatura es el genio

MUCHO SE HA HABLADO y escrito de sus patologías (tenía sífilis, que le provocaba severos trastornos nerviosos y físicos). En Enfermedad y creación, Philip Sandblom advierte que

... la descripción que hizo Baudelaire de la decadencia del cuerpo humano, además de reflejar el estado sifilítico de su mente, es tan cínica como la descripción que hizo Flaubert de los seres vivientes. [...] Cuando su amada se siente desfallecer por el hedor, Baudelaire le dice, para consolarla, que cuando los gusanos hayan destruido su belleza, él podrá recordar a la perfección su forma por la divina esencia de su carne descompuesta.6

Sin embargo, más allá de la anormalidad del artista, lo importante de la gran literatura es el genio, no su biografía. Como todos, Baudelaire tuvo la suya, que puede reducirse a unas pocas líneas: nació en París el 9 de abril de 1821; hace dos siglos. Cuando tenía seis años quedó huérfano de padre (Joseph-François Baudelaire), y tras enviudar, su madre (Caroline Archimbaut-Dufay) se casó con el coronel Jacques Aupick, con quien el hijastro Charles sobrellevó una conflictiva relación. Además de una noveleta autobiográfica, La Fanfarlo (1847), y de su luminoso ensayo sobre las drogas y el alcohol, Los paraísos artificiales (1861), su mayor gloria está en dos obras maestras de la poesía: Las flores del mal (1857), en verso, y El Spleen de París (1869), en prosa poética, también conocida como Pequeños poemas en prosa a partir de su edición fragmentaria de 1862. Murió el 31 de agosto de 1867. Tenía 46 años. De manera póstuma se publicarían sus Obras completas y varios libros fragmentarios o bien la recopilación de sus cartas y diarios íntimos y de sus escritos sobre arte (Curiosidades estéticas y El arte romántico, entre otros).

Afirman las enciclopedias que el segundo matrimonio de su madre (con el autoritario coronel Aupick, luego convertido en general) “provocó en Baudelaire un trauma y un sentimiento de carencia afectiva que lo marcaron para toda la vida”. Pero olvidémonos de esto, porque si de ese trauma hubiese nacido el genio tendríamos que vivir eternamente agradecidos con Aupick (si no supiéramos que mucha gente atraviesa por horribles traumas que marcan su existencia y, sin embargo, no se hacen artistas ni, mucho menos, escriben Las flores del mal ). El genio de Baudelaire se manifestó hacia los veinte años, no sólo como poeta y prosista, sino también como crítico de arte (uno de los mayores, si no el mejor, de su época en Francia), como un teórico del arte y la literatura y a la vez un artista mayor que descubría y asumía un concepto de belleza que no estaba en el diccionario. De ahí que haya sentenciado:

La mayor parte de los errores relativos a la belleza nacen de la falsa concepción del siglo XVIII relativa a la moral. En esa época se tuvo a la naturaleza por base, origen y tipo de todo bien y de toda belleza posibles. El rechazo del pecado original no tuvo poco que ver en la ceguera general de esa época. Sin embargo, basta referirnos simplemente al hecho visible, a la experiencia de todas las épocas y a la Gazette des Tribunaux, para comprobar que la naturaleza no enseña nada, o casi nada, es decir, que obliga al hombre a dormir, beber, comer y protegerse, bien o mal, contra las hostilidades atmosféricas. Ella es también la que impulsa al hombre a matar a su semejante, comerlo, secuestrarlo, torturarlo; ya que en cuanto abandonamos la categoría de las necesidades para entrar en la del lujo y los placeres, vemos que la naturaleza no puede aconsejar otra cosa que el crimen. Esta infalible naturaleza es la que ha creado el parricidio y la antropofagia, y otras mil abominaciones que el pudor y la delicadeza nos impiden nombrar.7

Baudelaire funda los conceptos de modernidad y belleza a contracorriente de Rousseau y el rousseaunismo que implantan, en el siglo XVIII, las ideas de la perfección de la naturaleza y el mito del buen salvaje. Puesto que existe el horror, el arte y la literatura son deudores de él y pueden, como lo hizo Edgar Allan Poe (a quien tanto admiraba Baudelaire y al cual tradujo, por primera vez, al francés), dotarlo de una belleza lúgubre, de un resplandor oscuro. La belleza moderna, que nace con Baudelaire, nace también de la angustia y de la vida atormentada que reacciona contra la moral que nada tiene que decir acerca del arte, pero que se torna natural en una sociedad que encuentra lo bello en la copia de la naturaleza. En Las flores del mal hallamos el mal y el bien como elementos “artificiales” o “sobrenaturales”, dice Baudelaire, porque reflejan la realidad junto con la imaginación que, de acuerdo con el poeta, es “la más científica de nuestras facultades porque sólo ella es capaz de comprender la analogía universal, aquello que una religión mística llamaría la correspondencia”.8

Autorretrato, pluma y lápiz rojo, ca. 1860.Foto: Especial

HOMBRE ANGUSTIADO, Baudelaire hace con esta angustia los poemas que abren una nueva etapa en la literatura y fundan la modernidad. Su punto de partida es la realidad, cierto, y a veces la más atroz, sórdida realidad, pero la sublima con la imaginación y la vuelve más poderosa en sus efectos con la perfección del lenguaje estético. De ahí que Octavio Paz advirtiese:

Encontrarse con Baudelaire significa encontrarse con uno mismo; quiero decir, encontrarse caído en el pozo de la conciencia. Es la experiencia de la caída, pero, asimismo, es la experiencia del ensimismamiento. Una experiencia satánica: es un gravitar hacia el fondo de uno mismo, ese fondo que es un sinfín...9

Baudelaire no es nada más el sucesor de los poetas románticos, sino también, en gran medida, un antirromántico, aunque ciertos poemas suyos todavía le deban algo al romanticismo. Lo leemos hoy como a un contemporáneo, que es una de las formas casi imposibles de leer, hoy, a los románticos. El arte de Baudelaire funda una nueva comprensión de la belleza, que es a la vez el signo de la modernidad, y como escribe, no sin ironía, en uno de los tres proyectos de prefacio que ideó para su obra maestra en verso:

Ilustres poetas, hace tiempo que se repartieron las provincias más florecientes del dominio poético. Me ha complacido, y tanto más, cuanto la tarea presentaba crecientes dificultades, extraer la belleza del Mal. Este libro, esencialmente inútil y absolutamente inocente, no tiene otro fin que divertirme y estimular mi gusto apasionado por la dificultad.10

Ya pasada la censura y condena en el proceso judicial, Baudelaire explica:

Mi libro ha podido hacer bien. No me aflige. Ha podido dañar. No me alegra. [...] Se me han atribuido todos los crímenes que he relatado. [...] Sé que el amante apasionado del bello estilo se expone al odio de las multitudes; mas ningún respeto humano, ningún falso pudor, ninguna coalición, podrán obligarme a hablar la jerga incomprensible de este siglo, ni a confundir la tinta con la virtud.11

Baudelaire no es nada más el sucesor de los poetas románticos, sino también, en gran medida, un antirromántico, aunque ciertos poemas suyos todavía le deban algo al romanticismo. Lo leemos hoy como a un contemporáneo

La frase es lapidaria (“confundir la tinta con la virtud”) para un siglo y para una nación (la Francia Lógica, la Francia de la Razón, la Francia del Pensamiento, pero también la Francia del Prejuicio y la Hipocresía) que llevó a los tribunales a dos de sus más grandes escritores y puso en la picota dos obras maestras por cuestiones morales, antes que racionales y estéticas. Confundir la tinta con la virtud es lo que llevó también a Wilde, 38 años después, en Inglaterra, a la humillación pública, la ruina familiar y social, la vejación y la cárcel. Y en las palabras con las que se defendió Wilde hay un eco innegable de las palabras y las ideas de Baudelaire: “Tachar a un artista de morboso porque trata el morbo como tema, es tan necio como tachar de loco a Shakespeare por escribir el Rey Lear”.12

AL IGUAL QUE BAUDELAIRE, Wilde sostuvo que las peores obras literarias y artísticas son las que se llevan a cabo con las mejores intenciones, de autores cuya ambición no es hacer buenos libros de poemas, buenas novelas, pinturas y piezas musicales sino escribir y emprender obras “que hagan el bien”. La batalla perdida judicialmente, en su momento, por Baudelaire y Wilde, fue un triunfo para el arte moderno, abonado con la humillación y el sufrimiento de dos escritores que hoy consideramos imprescindibles.

En mayo de 1949, es decir, noventa y dos años después de haber sido condenado, la Sala Criminal del Tribunal de Casación de París pronunció un veredicto solemne de rehabilitación retrospectiva para Baudelaire y sus editores. Wilde, quien después de cumplir su condena en prisión dejó Inglaterra y vivió sus últimos tres años en París, bajo el seudónimo de Sebastian Melmoth, enfermo y en la ruina económica, moriría cinco años después de que se le declarara culpable en los procesos de 1895, utilizando como “prueba” su gran novela El retrato de Dorian Gray. La ley que castigaba la sodomía como un delito, por la que se le procesó y condenó, fue abrogada en 1967.

Las naciones presumen a sus grandes artistas y escritores, les organizan homenajes y hacen monumentos, se vanaglorian con ellos, luego de haberlos atormentado, siempre y cuando ya estén muertos. En su poema “Birds in the Night”, Luis Cernuda se pregunta y nos pregunta: “¿Oyen los muertos lo que los vivos dicen luego de ellos? / Ojalá nada oigan: ha de ser un alivio ese silencio interminable / para aquellos que vivieron por la palabra y murieron por ella”.

Sin duda, Baudelaire vivió y murió por la palabra, por ella fue condenado y por ella está hoy en la cúspide de la poesía moderna. Que Molière y Voltaire sean más importantes como glorias literarias en el canon nacional habla muy mal de Francia y de los franceses. Baudelaire no sólo es el más grande poeta francés, sino el padre de la poesía universal moderna, lo mismo que Flaubert, por cierto, que admiraba a Baudelaire, es el primer gran novelista moderno de la universalidad.

Algunos de los mejores y más célebres poemas de Las flores del mal son el introito (“Al lector”), “Bendición”, “El albatros”, “Los faros”, “La musa enferma”, “Don Juan en los infiernos”, “La belleza”, “La giganta”, “Sed non satiata”, “Una carroña”, “El balcón”, “A una mendiga pelirroja”, “Los ciegos”, “El viaje” y, por supuesto, los poemas que suprimió la censura. Hay varios poemas que inspiró su amada Jeanne Duval, entre ellos, “La cabellera”, uno de los más sensuales, cuyo tema reaparece en “Un hemisferio en una cabellera”, de El Spleen de París. Por si ello fuera poco, Baudelaire fue también un gran dibujante, que se autorretrató y retrató a sus musas maravillosamente.13

Supuesto retrato de Jeanne Duval.Foto: Especial

GRANDES AUTORES, como Paul Valéry, Marcel Proust, Walter Benjamin, T. S. Eliot y Benedetto Croce dedicaron estudios y ensayos decisivos para comprender la aportación de Las flores del mal y El Spleen de París en el arte y la literatura universales. Valéry fue más que enfático:

Baudelaire se halla en el ápice de la gloria. El pequeño volumen de Las flores del mal, que no tiene ni trescientas páginas, pesa en la estimación de los letrados lo que las obras más ilustres y vastas. Ha sido traducido a la mayoría de las lenguas europeas [...] y no tiene, según creo, antecedentes en la historia de las letras francesas. Generalmente, los poetas franceses son poco conocidos y poco gustados en el extranjero. Más fácilmente se nos concede ventaja en la prosa; pero el poder poético se nos concede avara y difícilmente. [...] El propio Victor Hugo sólo fue conocido fuera de Francia por sus novelas. Pero con Baudelaire, la poesía francesa sale por fin de las fronteras nacionales; se impone como la poesía misma de la modernidad; engendra la imitación, fecunda a numerosos espíritus. [...] Puedo, pues, decir que, si entre nuestros poetas hay poetas más grandes y más vigorosamente dotados que Baudelaire, no hay ninguno más importante.14

Eliot no es menos categórico:

... un gran poeta, un hito en el camino de la poesía. Baudelaire es ciertamente el más grandioso representante de la poesía moderna en cualquier lengua, pues su verso y su lenguaje resultan lo más cercano que hemos experimentado a una renovación total. Sin embargo, su renovación de una actitud ante la vida no es menos radical ni menos importante.15

Proust se extasía ante “lo ilimitado del genio” y no tiene duda de que Baudelaire es el más grande poeta del siglo XIX. Benjamin le dedica un tomo completo de sus Iluminaciones, y Benedetto Croce, un ensayo esclarecedor. En la lengua española son, sobre todo, Luis Cernuda y Octavio Paz quienes con mayor fortuna lo comprendieron y nos hicieron comprenderlo. “Después de Racine, no ha tenido Francia poeta que, como Baudelaire, supiera escribir verso con tal maestría clásica”, consideró Cernuda y añadió: “al leer hoy Las flores del mal, el espectáculo que Baudelaire nos hace compartir está tan vivo como cuando él lo vivía y lo contemplaba”.16

Toda gran poesía es subversiva, más allá de cuestiones políticas, porque constituye una rebeldía contra lo establecido, y nada más exacto, en este sentido, que la obra poética de Baudelaire: rebelde y subversiva, no sólo en Las flores del mal sino también en El Spleen de París, siendo el paradigma la penúltima prosa poética de éste (“Maltratemos a los pobres”), en la cual asistimos, mediante la violencia como “enérgica medicación”,17 a la recuperación de la dignidad humana frente a la sumisión, la rendición y la docilidad. Literalmente, como en esta prosa poética, la poesía de Baudelaire nos devuelve “el orgullo y la vida”.

Toda gran poesía es subversiva, más allá de cuestiones políticas, porque constituye una rebeldía contra lo establecido, y nada más exacto, en este sentido, que la obra poética de Baudelaire: rebelde y subversiva

Notas

1 Charles Baudelaire, Las flores del mal / Los poemas prohibidos, ilustraciones de Pat Andrea, versión de Jaime Siles, Libros del Zorro Rojo, Barcelona, 2012, p. 7.

2 Charles Baudelaire, Las flores del mal, prólogo y traducción de Nydia Lamarque, Losada / Océano, Barcelona, 1998, p. 280.

3 Charles Baudelaire, “La modernidad”, en El arte romántico, Centro Editor de América Latina, Buenos Aires, 1972, pp. 245, 246.

4 Oscar Wilde, El arte del ingenio. Epigramas, traducción de Beatriz Torreblanca, Valdemar, Madrid, 2002, pp. 15, 16, 34, 108.

5 Charles Baudelaire, “Mi corazón al desnudo”, en El mundo de Charles Baudelaire, Francesco Orlando, Centro Editor de América Latina, Buenos Aires, 1980, p. 152.

6 Philip Sandblom, Enfermedad y creación. Cómo influye la enfermedad en la literatura, la pintura y la música, traducción de Angélica Bustamante de Simón, Fondo de Cultura Económica, México, 1995, pp. 107-108.

7 Charles Baudelaire, “Elogio del maquillaje”, en El arte romántico, Centro Editor de América Latina, Buenos Aires, 1972, p. 248.

8 Citado por Octavio Paz, en “Estrella de tres puntas: el surrealismo”, en Obras completas, volumen 2, Excursiones / Incursiones, Dominio extranjero, Círculo de Lectores / Fondo de Cultura Económica, México, 1994, p. 213.

9 Ibidem, p. 178.

10 Charles Baudelaire, “Proyectos de prefacios”, en Las flores del mal, traducción de Antonio Martínez Sarrión, Alianza, Madrid, 1985, pp. 189-190.

11 Ibidem, pp. 188-189.

12 Oscar Wilde, op. cit., p. 108.

13 Véase Les dessins de Baudelaire, de Claude Pichois y Jean-Paul Avice, Textuel, París, 2003.

14 Paul Valéry, “Situación de Baudelaire”, en línea, cargado por Aldana García, 2020, en https://idoc.pub/download/valery-paul-situacion-de-baudelaire-en-variedad-ipdf-34wm7jry98l7

15 T. S. Eliot, “Baudelaire”, en Ensayos escogidos, selección y prólogo de Pura López Colomé, UNAM, México, 2000, pp. 241-251.

16 Luis Cernuda, “Baudelaire en el centenario de Las flores del mal”, en Poesía y literatura I y II, Seix Barral, Barcelona, 1971, pp. 310-320. Véanse también: Marcel Proust, “Sainte-Beuve y Baudelaire”, en Contra Sainte-Beuve, traducción de Javier Albiñana, Tusquets, Barcelona, 2005, pp. 137-165; Walter Benjamin, Poesía y capitalismo, Iluminaciones 2, Taurus, Madrid, 1980, y Benedetto Croce, “Baudelaire”, en Poesía y no poesía, traducción de Guillermo Fernández, UNAM, México, 1998, pp. 315-331.

17 Charles Baudelaire, “Maltratemos a los pobres”, en El Spleen de París, traducción de Margarita Michelena, Fondo de Cultura Económica, México, 2000, pp. 167-169.