Rubem Fonseca, cuentista

Rubem Fonseca, cuentista
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De qué se alimentarán los malditos que, contra todo pronóstico, resultan tan longevos.

Bukowski murió a los 79. Burroughs a los 97. Vallejo sigue vivo.

Hace unos días, a los 94, partió pa’l otro barrio Rubem Fonseca. Ese barrio que supo intuir como nadie. Ese que vislumbro en su obra, a través de los deseos de personajes que andaban por la vida con las ganas de sacarse las tripas y enseñárselas a cualquiera. Su obsesión por la muerte trasciende el mero existencialismo. Es producto de su paso por la policía. En la ficción, las series de televisión y en la vida misma, el tema favorito de los agentes de la ley es el crimen.

Fonseca estaba obsesionado con el crimen. Y fue precisamente su experiencia como comisario lo que lo volvió un narrador excepcional. Cuántos escritores se sienten atraídos por ser miembros de los cuerpos del orden. Casi ninguno. Burroughs, que fue sheriff, y unos pocos más. Cuando Fonseca llegó a las letras ya llevaba una ventaja. Había experimentado esos bajos fondos no como un turista, un habitual o de incógnito: como el enemigo. El hombre al que había que burlar. Pero Fonseca no estaba ahí de servicio. Estaba para desdoblarse. Y ese quizá es un mayor mérito: demostrar que el bien siempre hace algún daño. Y que el mal en ocasiones es un bálsamo.

A su incuestionable estatura como novelista, la acompaña su prestigio como cuentista. Fonseca tiene muchos cuentos perfectos. Cuando se habla del género en nuestro continente, pocas veces se le menciona. Por la barrera idiomática. Pero desde hace ya un par de décadas para acá ha comenzado a ser un referente para el género. Y en lo sucesivo ocupará un lugar dentro del nuevo canon de la literatura latinoamericana. Una de las razones para esto es su destreza para contar una realidad brasileña que se compagina a la perfección con la mexicana o la argentina o la etcétera.

Una pregunta que asalta con frecuencia al momento de leer su obra es de dónde sacó Fonseca su malicia para el relato. Se sabe que hay escritores que lo marcaron, Flaubert por mencionar alguno.

En uno de sus títulos hay una referencia directa a Bukowski. No hay duda que Secreciones, excreciones y desatinos es un descarado homenaje a Erecciones, eyaculaciones, exhibiciones. Sin embargo, estos ejemplos no alcanzan a explicar el modelo de cuento fonsequiano. Como tampoco una comparación, que no tiene ni cabida, con Borges o Cortázar.

"Ese quizá es un mayor mérito: demostrar que el bien siempre hace algún daño".

Es indudable que si de algo está cerca Fonseca es del cuento gringo. Pero tampoco basta para describirlo. Si bien el de Fonseca está influido por el género negro, apelando a la idea de que todo cuento, sin importar la trama, es un thriller, su mirada no se constriñe en descubrir al asesino. Lo mismo trata el tema del suspenso, como de las redacciones, de la halterofilia o las relaciones de pareja. Sus mejores relatos son aquellos de extensión media tirándole a larga. Hablan de un Fonseca en plena forma. En los más breves no alcanza a desplegar ese mecanismo que domina como pocos.

Creó personajes memorables. Pero a diferencia de la literatura del boom, sus creaciones no eran un ejemplo de rectitud. Ni pretendían exaltar el exotismo del paisaje. Y tampoco aspiraba a convertirlos en héroes. Al contrario. Si por algo se nos quedan grabados en la memoria es por méndigos. Porque son, como el lector, esclavos del deseo. Quién no aspira a estar del lado de los buenos. Los seres de Fonseca no.

Quizá su personaje más famoso sea Paulo Mendes, also known as Mandrake. A quien HBO le dedicó una serie hablada en portugués. El abogado es un don Juan que recorre Río de Janeiro resolviendo casos que involucran a  prostitutas, traficantes y la clase alta y política. Mientras lo espera en casa Berta Bronstein, a quien de cariño llama Bebé, para beber tinto, jugar el amor y hacer el amor. Todos queremos ser Mandrake. Y todos queremos una Berta.

Tratar de resumir su universo completo es tan fútil como innecesario. Pero si alguna lección se extrae del contacto con su mundo, incluso en contra de nuestra voluntad, es una verdad cruda y contundente: que allá afuera cada quien se rasque con sus propias uñas. Como lo hacen sus personajes.

Cómo llegó Fonseca a perfeccionar su arte del cuento es un misterio. Mejor que así sea.