Diversa Cultural

Diversa Cultural
Diversa Cultural Foto: Especial

LAS PIYAMAS DE PROKÓFIEV

Prokófiev había abandonado Rusia y viajado a Occidente poco después de la Revolución; regresó por primera vez en 1927. Serguéi Serguéievich era un hombre refinado, de gustos caros. Era también un cientista cristiano, aunque esto no tenía nada que ver con la historia. Los aduaneros de la frontera soviética no eran refinados: además tenían la cabeza llena de ideas de sabotaje, espías y contrarrevolución. Abrieron la maleta de Prokófiev y encontraron encima de todo unas prendas que les desconcertaron: un par de pijamas. Los desplegaron, los levantaron en el aire, los giraron al derecho y al revés, mirándose asombrados. Quizá Serguéi Serguéievich estuviese avergonzado. En todo caso, dejó las explicaciones de su esposa. Pero Ptashka, al cabo de años de exilio, había olvidado la palabra rusa que significa camisón. Al final el problema se resolvió mediante una pantomima y a la pareja se le permitió la entrada. Pero en cierto modo el incidente era totalmente típico de Prokófiev.

Julian Barnes, El ruido del tiempo, trad. Jaime Zulaika, Anagrama, 2016.

│││││││││││││││││││││││││││││││││││││││││││││

TE RECOMENDAMOS:
Prohibido morir aquí
UN CORAZÓN NATURAL
UN CORAZÓN NATURAL ı Foto: Especial

UN CORAZÓN NATURAL

La poesía consume el espejismo de lo psíquico y roza muchas veces ese tiempo puro, objeto perseguido de toda confesión explícita o velada. Baudelaire y Rimbaud, con sus paraísos e infiernos artificiales, son hijos de este “corazón natural”, extremistas de su intento. Sus polos eran la desesperación y la felicidad; vivir era tan sólo sentirse arrebatar por la una o por la otra, hundirse en el abismo de las dos, en verdad un solo abismo. Exceso del corazón y embriaguez del espíritu tan parecidos a la fe, una fe desesperada que los lanza hacia cualquier infierno, de cuya boca jamás retrocede. “He llegado a encontrar sagrado el desorden de mi espíritu”, dice Rimbaud. A falta del orden sagrado, el sagrado desorden. Es la confesión, que es ya un grito que explica y sitúa a tanto delirio moderno de la palabra y de la acción. El perpetuo adolescente, que antes que a la madurez, alcanzará a la muerte, pues se destruirá a sí mismo por su prisa, por su vehemencia. La imagen de un ángel, de la unidad perfecta, de la perfecta transparencia, se ha hecho visible en demasía y su vista cercana no deja tiempo para esa transformación de la vida que sólo toca el vivir un instante fuera del tiempo, a cambio de apurar su tiempo gota a gota. La precipitación y el arrebato, la creación precipitada con la esperanza de que el momento de éxtasis poético libre a la vida de su peso, nos libre del oficio de ser hombres.

María Zambrano, La confesión: Género literario, Siruela, 2001.

│││││││││││││││││││││││││││││││││││││││││││││

Cada carta, un rito
Cada carta, un rito ı Foto: Especial

CADA CARTA, UN RITO

Desde hace años, he pensado que una carta no es el mensaje intrascendente que se redacta presurosamente y sin otra finalidad que la información efímera y circunstancial; por el contrario, una carta ha sido para mí un rito, una consagración tan atenta como la labor esencialmente creadora; sin la tensión que supone el poema; sin su desgarramiento, sus impaciencias, sus placeres indescriptibles ante el hallazgo o la esperanza de logro poético. Pero siempre una ceremonia un poco —¿cómo decirlo?—, un poco sagrada […].

Si me consagro tan enteramente a ellas [las cartas] ¿será porque, al escribirlas espontáneamente, sin preparación ni borradores de ninguna especie, las convierto en las más auténticas expresiones de mi ser? Odio las cartas “literarias”, cuidadosamente preparadas, copiadas y vueltas a copiar; yo me siento a la máquina y dejo correr el vasto río de los pensamientos y de los afectos. Quizá por eso, porque reconozco el valor humano de cartas así, es que le doy una importancia grande en mi recuerdo. No las releo, naturalmente, ni las releeré nunca […] pero uno sabe, cuando las ha escrito como las escribo yo, que una parte legítima del propio ser ha sido entregada con cada página, con cada línea.

Julio Cortázar, Cartas 1937-1963, vol. I, ed. Aurora Bernárdez, Alfaguara, 2000.

│││││││││││││││││││││││││││││││││││││││││││││

EL INTELECTUAL FRANCÉS

En una carta a su marido, fechada en mayo de 1952, en la que contaba su visita a París, Hannah Arendt escribía: “Ayer vi a Camus: sin duda alguna, ahora es el mejor hombre de Francia. Está muy por encima de los demás intelectuales”. A la luz de sus compartidos intereses, Arendt tenía sus propias razones, por supuesto, para creerlo así; pero para ella igual que para muchos observadores, franceses y extranjeros, Camus era el intelectual francés. En los años inmediatos a la posguerra había ejercido una gran influencia en un amplio sector de París, recibiendo semanalmente miles de cartas en respuesta a sus columnas periodísticas. Su estilo, sus preocupaciones, su extensa audiencia y aparente omnipresencia en la vida pública parisina parecían encarnar todo lo más característicamente francés, por lo que tenía de intersección entre literatura, pensamiento y compromiso político.

Tony Judt, El peso de la responsabilidad, trad. Juan Ramón Azaola, Taurus, 2014.

EL INTELECTUAL FRANCÉS
EL INTELECTUAL FRANCÉS ı Foto: Especial

│││││││││││││││││││││││││││││││││││││││││││││

SONÁMBULO

Mi hermano tenía algo de nuestro padre. Algo que mamá y yo no tuvimos nunca. El fantasma de la noche, eso de no poder dormir y de ponerse nervioso, de angustiarse cuando todo el mundo descansa. Subía y bajaba la escalera. La tensión iba aumentando. Los escalones, a esa hora, hacían ruidos como un resorte. “Vamos a ver las estrellas”, le proponía. “Esa es Canopo, ahí está Sirio. Y la constelación de Orión.” Él se calmaba un poquito buscando un orden secreto en esos puntos luminosos, allá arriba. Ustedes vieron los cielos de este lugar... Pero, claro, a veces estaba nublado. O Eliseo me mandaba al diablo. De vez en cuando lloraba, se encerraba en la habitación para llorar. Yo me lo venía venir, mamá también. Reinaba un silencio mortal a la hora de la cena. Se le ponían así las cejas. Los dedos de las manos, tensos. Aquello era un mal presagio. Una noche me amenazó con un cuchillo. “Déjame en paz”, me gritó. Iba y venía como una sombra y no largaba el cuchillo. A la mañana se había olvidado de todo. Es lo que tienen los sonámbulos, ¿no es cierto? La cosa fue agravándose al paso de los años. Por eso mamá quería que él se quedara en la casa, que siguiera viviendo con nosotras. Tenía miedo de lo que podía hacer mi hermano a solas por las noches.

Eduardo Berti, La estrella y la memoria, Impedimenta, 2025.

SONÁMBULO
SONÁMBULO ı Foto: Especial

│││││││││││││││││││││││││││││││││││││││││││││

LA TRAGEDIA DE LO DUAL

No hay mayor tragedia que tener la misma intensidad, en una misma alma o en un hombre, del sentimiento intelectual y del sentimiento moral. Para que un hombre pueda ser distintiva y absolutamente moral, tiene que ser un poco estúpido. Para que un hombre pueda ser absolutamente intelectual, tiene que ser un poco inmoral. No sé qué juego o ironía de las cosas condena al hombre a la imposibilidad de que se dé esta dualidad tan grande. A mi pesar, ésta se da en mí. No fue el exceso de una cualidad, sino el exceso de dos, lo que me mató en vida.

Fernando Pessoa, La educación del estoico. Único manuscrito del barón de Teive, trad. Manuel Moya, La Isla de Siltolá, 2016.

LA TRAGEDIA 
DE LO DUAL
LA TRAGEDIA DE LO DUAL ı Foto: Especial

Google Reviews