El 10 de junio de 1976 se estrena—a nueve meses de su lanzamiento en Estados Unidos— en los cines Roble, Polanco, Tlalnepantla, Tlalpan y Pedro Armendáriz la película Tarde de perros del artesano director Sidney Lumet, permaneciendo durante siete semanas en carteleras del otrora Distrito Federal para luego iniciar su periplo por el resto del país.
¿TENÍAS UN PLAN O QUÉ? El 22 de agosto de 1972, en una calurosa media mañana de Brooklyn, Nueva York, tres personas —John Wojtowicz, Salvatore Naturile y Robert Westenberg— entraron al Chase Manhattan Bank. Sacaron armas y amagaron al personal del banco para asaltarlo. Todo debía resolverse en máximo 20 minutos; pero circunstancias ajenas a los asaltantes —insuficiente dinero en las cajas, un policía apostado afuera del banco vio algo sospechoso y eso provocó que la gente rodeara la sucursal para curiosear— lo complicaron todo, convirtiendo el asalto en uno de los más torpes de la historia de EU.
El motivo principal del asalto era conseguir dinero para que John S. Wojtowicz, líder de la patética banda, pagara la operación de reasignación de género de su pareja trans, Ernest Aron, pues llevaba tiempo buscando empleo, sin éxito, por ser veterano de Vietnam.
¿Cómo no hacer una película teniendo una historia tan extravagante y deliciosa como ésta?
ROBO UN BANCO PORQUE AHÍ TIENEN DINERO. Tomando como base el artículo de la revista Life en 1972, “The Boys in the Bank”, de P. F. Kluge y Thomas Moore —quienes la cuentan entre crónica y reportaje—, el guionista Frank Pierson escribió la historia que sirvió de base para que el director estableciera el delicado equilibrio entre el drama y el humor involuntario de la situación real, conservando el perfil de los personajes principales con una profundidad accesible para los actores.
Por supuesto que Sidney Lumet, con un oficio narrativo más que consolidado, tomó esos elementos y convirtió una tontería real en una película que denuncia no sólo la crisis petrolera de los años setenta en EU y su evidente afectación social, sino también el uso indiscriminado de los medios para transformar un acontecimiento común en un espectáculo donde lo que importa no son los involucrados, sino el provecho que puede extraerse de la situación en beneficio del rating. A ello se suma la situación de los soldados que regresaban de Vietnam y que, lejos de hallar empatía, se topaban con el desprecio de amplios sectores sociales y profesionales.
La cinta también muestra uno de los ejemplos más claros de lo que se conoce como el síndrome de Estocolmo, algo que tanto Pierson como Lumet conservan en todo momento como columna vertebral del segundo acto. Es aquí cuando los empleados del banco literalmente adoptan y cobijan a los asaltantes desde el instante en que descubren su nula capacidad de organización, la torpeza de sus acciones, pero también la nobleza arrebatadora y los buenos sentimientos que poseen al comprobar que no pretenden dañar a nadie conscientemente ni abusar de las empleadas —que eran mayoría— de ninguna manera.
Incluso hacen partícipes a todos los rehenes de las decisiones que Sonny y Sal toman para conseguir sus peticiones, por absurdas que éstas le parezcan a la Policía; como elegir los ingredientes de las pizzas que piden para que todos coman. Esta empatía que logran Sonny y Sal con todas y todos los empleados del banco llega hasta el final, cuando son traicionados por la Policía camino al aeropuerto.
¡ATTICA, ATTICA, ATTICA! Lumet evita siempre convertir la película en una comedia; de hecho, es un drama policíaco. Pero resulta imposible no aprovechar el humor involuntario de la situación. Por ello, el manejo de los actores —un extraordinario Al Pacino y la impecable actuación de John Cazale, quien moriría tres años después— se mantiene siempre en la línea de lo real y lo absurdo, derivado de las circunstancias a las que se van enfrentando y de la manera en que las resuelven, con una torpeza que provoca una empatía instantánea con el espectador. De hecho, desde la primera lectura del guion, Lumet se decantó por permitir que sus actores hicieran de la improvisación el recurso interpretativo que permeó buena parte de la filmación, lo que generó actuaciones de una frescura poco común, sobre todo en una película de Sidney Lumet, quien no era particularmente afecto a la improvisación.
Esto reforzó aún más las escenas entre Pacino y Cazale, quienes se conocían muy bien debido a que venían trabajando juntos desde El padrino I y II, además de la puesta en escena neoyorquina de The indian wants the Bronx, del dramaturgo Israel Horovitz. Debido a ello, las hoy icónicas escenas de Sonny (Pacino) gritando “¡Attica, Attica!”, o aquella charla en la que Sonny pregunta a Sal (Cazale) a qué país quiere ir para escapar y éste responde ¡Wyoming!, funcionan de maravilla. La cara de Pacino fue de auténtica sorpresa, al igual que la respuesta que le da a Sal. Y, desde luego, la inolvidable conversación entre Sonny y su esposa trans, Leon (Chris Sarandon), es una auténtica delicia interpretativa entre ambos actores, quienes improvisaron todos los diálogos que escuchamos en esa secuencia.
Absolutamente todo lo que ocurre en la película, de principio a fin, constituye una de las mejores adaptaciones llevadas al cine. No se justifica una sola de las acciones ocurridas en la trama, pero tampoco se sataniza o tergiversa la realidad para tratar de justificar al Estado en la sangrienta e innecesaria conclusión a la que recurrió para poner fin a este acontecimiento.
Sidney Lumet, aun siendo el director de la historia, se mantuvo —como pocos realizadores lo hacen— como un espectador más, contándonos los hechos como si hubiera sido un testigo de lo ocurrido y no un adaptador empeñado en imponer su punto de vista sobre los acontecimientos.
¿A QUÉ PAÍS QUIERES IR? ¡WYOMING! Y justamente por eso, a cincuenta años de su estreno en México, Tarde de perros es una cinta que sobresale dentro del género de robos bancarios porque atrapa desde los primeros minutos y mantiene la atención del espectador hasta el grado de involucrarlo como si fuera un empleado más del First Brooklyn Savings Bank.
Y, por si fuera poco, es una lección de género y de dirección de actores para todos aquéllos que desean dedicarse al oficio de cineastas.
Ariana Grande anuncia su fundación Brighter Days Ahead por la salud mental y la comunidad LGBT+
