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Un deseo concedido que nadie pidió de Aladdin
Will Smith interpretando al genio de la lampara. Foto: Especial

Se estrena la versión live-action de Aladdin, con Guy Ritchie al frente del proyecto, aunque bien podría firmarla cualquier artesano fílmico y nadie se daría cuenta, aquellos rasgos estilísticos que le convirtieron en una de las referencias del cine de vanguardia de finales del siglo pasado, con películas como las estupendas Lock, Stock and Two Smoking Barrels (1998) y Snatch: Cerdos y diamantes (2000), aquí brillan por su ausencia. Por supuesto la historia es puntual y se desarrolla a buen ritmo, es difícil pensar que alguien con el oficio del también responsable de las dos entregas de la saga de Sherlock Holmes (2009 y 2011), pudiera hacer cambios que echarán a perder algo que no solo estaba bien echo, sino que era maravilloso.

El asunto es que se trata de una película que no propone nada con respecto a la obra original y mucho menos le enriquece, que explora muy poco con respecto a los personajes y las situaciones, que recurre a los convencionalismos y se confía al efectismo de la fastuosidad para revestir lo que no es otra cosa que una simple ilustración. No podemos negar que para ello los actores protagonistas y la convicción de su desempeño resulta ideal, cómo en el caso de la joven Naomi Scott, quien atiende con sutileza los matices del que se convierte en un arquetipo de empoderamiento, pero en términos generales el manejo emocional se queda a la mitad del camino en su intento por convertirse en el equivalente para el encanto que consigue la gestual propia de la animación. 

Esto resulta evidente en la versión digital del genio, que luce bastante rígido, sobre todo en los números musicales que carecen de la vivacidad y espontaneidad que pretenden; no así en su contraparte humana que es en donde el carismático Will Smith encuentra sus mejores momentos. En contraste el que de plano queda mucho a deber es Marwan Kenzari como el villano en turno, unidimensional y carente de la presencia que pudiera sustentar sus acciones y convertirle en una amenaza más allá de lo que resulta será el estereotipo del chismoso manipulador. 

Se agradece que aunque el relato tiene algunas modificaciones, el valioso mensaje detrás de la aventura de este ladrón de buen corazón que encuentra una lampara maravillosa, permanezca y se fortalezca con el discurso de reivindicación femenina, amén de que salvo la canción que Jasmín interpreta al final, que es por demás gratuita, el apartado musical -que incluye las geniales composiciones de Alan MenkenHoward Ashman y Tim Rice– entren con cierta naturalidad; pero es una lástima que todo quede en una película preciosista de formula, que se sostiene solo por la nostalgia y la gran producción. Así pues, Aladdin es entretenida, simpática y a veces enternecedora, pero posee un alma endeble consumida por el mainstream, que le deja por debajo de aquella película de Disney que conquistó a todo el mundo en 1992 y cuya revisión representa una mejor opción.

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