México dejó de ser únicamente un territorio de paso para miles de personas que buscan llegar a Estados Unidos. En ese escenario, las personas en situación de movilidad —migrantes, retornados, extranjeros y desplazados internos— enfrentan una integración que todavía está lejos de ser plena.
El índice Semillas en Trayectoria, elaborado por las organizaciones Racismo MX, Hispanics in Philanthropy (HIP) y Casa Centroamérica, coloca en 0.6 sobre 1 el nivel de integración de las personas en movilidad en México, cuatro décimas debajo de la población local.
- El Tip: Migrantes de EU mostraron mayores experiencias de integración, relacionadas con su disponibilidad de recursos económicos y procesos de racialización que les favorecen.
La medición no se limita a preguntar si quienes llegan al país consiguen integrarse, sino parte de que el proceso es bidireccional, en el que también cuenta la capacidad de la sociedad y de las instituciones para recibir, incluir y garantizar derechos a quienes llegan o permanecen en el país.
“México dejó de ser un territorio de tránsito de personas en movilidad y se ha convertido poco a poco en lugar de destino y también lugar de retorno”, subrayó José Antonio Aguilar, director de la organización civil Racismo MX, durante la presentación del estudio.
El índice, considerado por sus autores como el primero de su tipo en México, compara las condiciones de integración de diferentes poblaciones en movilidad con las de la población local.

La medición del índice de integración agregado en todos los ámbitos utiliza principalmente información de la Encuesta Nacional sobre Discriminación (ENADIS) 2022 y de la Encuesta Nacional de Ingresos y Gastos de los Hogares (ENIGH) 2024, y analiza seis ámbitos fundamentales: empleo, inclusión financiera, educación, vivienda, seguridad y acceso a la justicia y a la salud.
Los migrantes internos presentan el nivel más elevado, con 0.7. Les siguen las personas provenientes de Estados Unidos, con 0.64; total de migrantes y personas desplazadas, con 0.6.
En menor medida aparecen los mexicanos que vivieron en Estados Unidos u otro país y, posteriormente, regresaron a México, con 0.59; mientras que las personas migrantes nacidas en otros países registran 0.55.
La brecha evidencia que el lugar de nacimiento, la trayectoria migratoria y las circunstancias que provocaron el desplazamiento pueden determinar las posibilidades de integración en México.
El acceso a un empleo, una vivienda o un servicio de salud puede convertirse en una nueva barrera para quienes ya han atravesado un proceso de movilidad.
El informe encontró que 60 por ciento de las personas en movilidad ha enfrentado discriminación al buscar empleo, y que 59 por ciento la ha experimentado en centros de salud. En el estudio, 35 por ciento de los mexicanos se niega a rentar una habitación a una persona migrante. Además, 22 por ciento de la población local está poco o nada dispuesta a contratarlos.
El desplazamiento no necesariamente termina cuando una persona llega a un nuevo territorio, sino que comienza otra etapa: demostrar que tiene derecho a trabajar, rentar una vivienda, recibir atención médica, estudiar o acceder a la justicia.
Hasta finales de 2023, el Observatorio de Desplazamiento Interno estimaba que había 400 mil personas desplazadas internamente en México a causa de la violencia. La dimensión de la crisis continuó creciendo. Durante 2024 se documentaron 28 mil 900 personas desplazadas, cifra que representó un incremento de 129 por ciento respecto al año anterior.
Para 2025, los monitoreos registraron 15 mil 795 personas desplazadas en 73 eventos masivos a nivel nacional.
La violencia que provoca los desplazamientos internos se concentra en entidades atravesadas por rutas criminales, disputas territoriales, violencia comunitaria y presencia de grupos armados.
El índice Semillas en Trayectoria plantea que la integración no puede medirse únicamente por la capacidad individual de una persona para adaptarse.
“Me fui de mi comunidad en Guerrero con lo que pude meter en una bolsa. No tuvimos tiempo de pensar qué íbamos a llevar ni a dejar. Lo único que queríamos era salir de ahí y que mis hijos estuvieran seguros”, dijo María Teresa Camacho, habitante de la Montaña en Guerrero.
Señaló que “cuando llegamos a Ciudad de México, pensamos que lo más difícil ya había pasado. Después entendimos que comenzar de nuevo también es una forma de desplazamiento”.
María Teresa comentó a La Razón que tiene poco tiempo con su familia en la capital y no conoce a mucha gente: “Tenemos que buscar dónde vivir, conseguir trabajo y cómo hacer para que los niños continúen estudiando. Dejamos nuestra casa, nuestras cosas y también la tranquilidad de saber dónde pertenecíamos”
Sobre su experiencia, detalló: “Yo agradezco estar lejos de la violencia, pero todavía tengo miedo... Peor aún, la mirada de la gente de si hablamos mal, cortado o burlas que vemos en internet o en persona, por cómo hablamos, vestimos y somos”.
Tere refirió que quiere seguir con su trabajo. Hoy lo hace en una cocina económica, pero procura no hablar por miedo a las burlas: “Quiero que mis hijos estudien y quiero volver a sentir que tenemos una vida normal. No quiero que nos vean solamente como personas desplazadas. Somos una familia que perdió su casa y que está tratando de construir otra vida”.

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