Clases de carrilla en la secundaria cinco

Clases de carrilla en la secundaria cinco
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Por Mael Vallejo

Las risas, miradas de sorpresa y cuchicheos llenaban el auditorio de la Escuela Secundaria Técnica Núm. 5 Rafael Dondé, del Distrito Federal.

Profesores y empleados administrativos intentaban calmar, infructuosamente, a los adolescentes. Todo se debía a que la lideresa de los profesores mexicanos, Elba Esther Gordillo, acababa de cambiarle el nombre al virus más famoso del último año, el A H1N1.

“Es imprescindible garantizar, y así se lo rogamos, señor Presidente, girar sus instrucciones para que nuestros alumnos, los maestros, los directivos de las escuelas, la comunidad en su conjunto, sean oportunamente vacunados contra la influencia A HL NL (sic) ante el posible rebrote que sucedería durante los meses invernales”, dijo la maestra.

Apenas había acabado la frase cuando el auditorio, repleto con 300 estudiantes recién llegados de las vacaciones y que llevaban sentados 40 minutos, se llenó de murmullos y risas. Los profesores corrían con el índice en la boca y lanzando regaños en voz baja. “Es influenza, ¿no? Es influenza, no influencia”, le preguntó un niño al profesor que estaba junto a él. La respuesta: “¡Shhhh!”

Incluso el presidente Felipe Calderón, quien presidía el evento de inicio del ciclo escolar 2009-2010, donde Gordillo dio el discurso, volteó a verla con el ceño fruncido. Los demás miembros del panel —incluido el secretario general del SNTE, Rafael Ochoa, y el secretario de Educación, Alonso Lujambio— también giraron la cabeza hacia ella.

Gordillo no se inmutó. O al menos no lo dejó ver. Siguió su discurso con algunos otros tropiezos. Y aunque los alumnos parecían ya estar tranquilos, todavía se dieron la oportunidad de poner contra la pared a otro invitado.

El secretario Lujambio tomó el micrófono inmediatamente después de Gordillo. Con una sonrisa, les preguntó a los alumnos cómo les había ido de vacaciones. “Bien”, dijeron todos. Animado, Lujambio siguió: “¿Ya están listos para iniciar clases?” Y al unísono, 300 voces le contestaron con un largo “¡Noooo!” El funcionario quitó la sonrisa y cambió el tema.

El Presidente Calderón evitó una respuesta similar y en su turno prefirió decirles a los niños, quienes ya bostezaban: “Ya no les pregunto lo que les preguntó el secretario, porque ya nos enteramos cómo está el ánimo”.

“Ya cálmenlos, ¿no?”, le dijo a los profesores un miembro del Estado Mayor Presidencial. Los niños seguían el evento con sonrisas alternadas con bostezos.

fdm