Jueves 24.09.2020 - 16:08

La Segunda Guerra, Churchill y el Presidente

La Segunda Guerra, Churchill y el Presidente
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Foto Cuartoscuro

El pasado 8 de mayo se conmemoró el 66 aniversario del fin de la Segunda Guerra Mundial. Desde el año pasado, Japón se une en esta fecha a Estados Unidos y Europa. Rusia, como una reminiscencia de la guerra fría, lo celebra el 9 de mayo, aunque un día 8 de este mes primaveral es cuando Alemania firmó su capitulación.

Quizás la cercanía de esta fecha llevó a la metáfora bélica en el discurso del presidente Felipe Calderón durante su reunión con los delegados de las dependencias federales y que el periódico Milenio encabezó en primera plana con la frase: “Me acosan como a Churchill: Calderón” (l4/5/2011).

Se conmemora el fin de la pesadilla, no su inicio, pues esta guerra no comenzó como una decisión de los aliados, sino como una respuesta a la invasión de Polonia por Hitler.

Se reconocen a Winston Churchill dos acciones estratégicas: el liderazgo de la resistencia británica después de la derrota de Dunkerque frente a los alemanes y la promoción de la alianza con la Rusia de Stalin, un acto pragmático a pesar de su anticomunismo.

Churchill nunca fue acosado por su política contra los nazis. Él sustituyó al primer ministro Chamberlain, quien mediante algunas concesiones en el Pacto de Munich —la entrega de Checoslovaquia, por ejemplo— había intentado evitar el estallido de la guerra.

Una tercera acción estratégica, la autorización para los bombardeos masivos de las ciudades alemanas —incluyendo las declaradas ciudades abiertas, como Dresde—, es un capítulo oscuro que muchos historiadores prefieren soslayar, pero que Churchill dejó muy claro como un objetivo para la victoria “sin menoscabo del terror”, según dijo en el discurso citado por el presidente Felipe Calderón haciendo una analogía con la guerra del narcotráfico en México.

Las analogías históricas no tienen ningún sustento académico ni teórico. Algunas referencias históricas se usan a veces como metáforas, generalmente de tipo propagandístico. De esta manera tal o cual personaje es “jacobino” o “fascista”, tal otro “es un Hitler”, etcétera. La desmesura es siempre el signo del equívoco.

Me parece que el presidente Calderón está siendo mal asesorado en sus discursos y en su comunicación. No es primera vez que lo enredan con el uso de conceptos y argumentos confusos. Él ya había dicho últimamente que la lucha contra el crimen organizado “no era una guerra”. como sostuvo desde el principio de su administración. Pero ahora de nuevo expone una metáfora y una analogía con la guerra.

Rectificar esto es muy importante porque no se puede proyectar oficialmente que México “está en guerra”, pues esto tiene costos muy elevados para la imagen internacional del país y también genera zozobra en la población, cada vez más intimidada por la violencia.

Creo que el principal reclamo a la estrategia del presidente Calderón está en este punto. Una guerra representa bajas civiles, lo cual es inadmisible en una estrategia que se supone busca la seguridad de la población; una guerra no puede ser permanente —salvo en los delirios de los espartanos antiguos— y tiene como objetivo la aniquilación o la capitulación total del enemigo, para acordar la paz, lo cual aplicado al problema de la delincuencia resulta absurdo.

En un afán polémico y contestatario, el gobierno federal viene insistiendo en que hay una contraparte —se entiende que los críticos a su estrategia— que quiere la rendición frente a los criminales; o ahora se habla de una “opinión pública titubeante” contrastada con la firmeza guerrera y “churchilliana” del gobierno.

Pero no hay entre los críticos —incluyendo algunos internacionales como en algún momento el Departamento de Estado de EU o la revista The Economist— esta pretensión capituladora. Más bien se busca eficacia contra la violencia y la criminalidad. Javier Sicilia —al margen de algunos exabruptos— encabeza un movimiento de la sociedad civil que propone cesar la estrategia de guerra para llevar a cabo un enfoque de seguridad ciudadana.

La sociedad quiere aplicación de la ley; que no haya impunidad y se abata también la corrupción; que los organismos de seguridad den resultados reales, no publicitarios; que se actúe sin intentar trasladar responsabilidades para proporcionar seguridad en las carreteras federales; que haya mecanismos de protección y respuesta a emergencias ciudadanas en la materia, se lleven a cabo programas de prevención social y se eviten y, en dado caso, se castiguen las violaciones a los derechos humanos.

En torno a la discusión de la Ley de Seguridad Nacional existen prevenciones sensatas, dignas de tomarse en cuenta, orientadas a evitar se convierta a las fuerzas armadas a funciones policíacas para las que no están capacitadas; sino, al contrario, se aproveche sin desgaste su disciplina y organización para contener la crisis de seguridad en algunas regiones donde es muy grave ya.

No se quieren, en efecto, guerra ni caos e ingobernabilidad donde medra la delincuencia, ni tampoco metáforas grandilocuentes, sino efectividad en la aplicación de la ley, que también representa defender o crear un ambiente de paz o tranquilidad para los ciudadanos.

Y, por cierto, quienes le recomendaron al Presidente la analogía con Churchill, además de estar mal informados históricamente, no repararon en un hecho negativo para el PAN en esta comparación: con todo y la victoria conseguida, los electores mandaron a don Winston Churchill a su casa al término de la Segunda Guerra Mundial.