Unas palabras sobre el Zócalo

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Foto: larazondemexico

En arquitectura, “zócalo” significa varias cosas: es el cuerpo inferior de un edificio que sirve para elevar los basamentos a un mismo nivel; es un friso que se pinta o coloca en la parte inferior de una pared; es una especie de pedestal. ¿Cuál de estas definiciones tiene que ver con nuestra Plaza de la Constitución?

La tercera. Antes de que la apodáramos Zócalo, la gigantesca plancha central de la ciudad de México ha tenido varios nombres, como Plaza de Armas, Plaza Principal, Plaza Mayor y Plaza del Palacio. (Paréntesis obligado: parte de esta información la extraigo de Wikipedia sin rubor alguno, pues la velocidad y la utilidad de sus datos, a nivel de información superficial verificable, son periodísticamente útiles.) Pues bien: en 1844, cuando tenía ya cientos de años de funcionar como centro neurálgico de la ciudad (no olvidemos que el imperio azteca tuvo su centro ahí), se construyó en el centro de la plaza la base de lo que iba a ser un monumento a la Independencia que jamás se levantó. Esa base es también un “zócalo” o “plinto”. A fuerza de uso y dada su centralidad (“nos vemos en el zócalo”), el nombre de toda la plaza asumió el del pedestal. No deja de ser curioso que el nombre que le hemos dado al primer cuadro de nuestra megalópolis, a la colosal plaza central que es el ombligo de una cultura milenaria, al espacio donde se toman las más importantes decisiones, provenga de un proyecto inconcluso. Nuestro grandioso Zócalo proviene de una base sin estatua.

El nombre oficial del Zócalo, Plaza de la Constitución, lo recibió hace mucho, en 1813, en el virreinato, porque fue ahí —en la Nueva España— donde se firmó la Constitución española, promulgada en Cádiz el año anterior. O sea que el nombre no oficial se lo debemos a un pedestal huérfano de monumento, y el oficial a una Constitución ajena… A nuestra plaza mayor no le vendría mal un poco de psicoanálisis.

Pero, más allá de los probables traumas de su nombre, el Zócalo es uno de los lugares más sobrecogedores que hay: da verdadero vértigo ponerse ahí y sentirse un eslaboncito más de una cultura ancestral. Sentir cómo todo se echa a girar (la Catedral, el Palacio Nacional, el Edificio de Gobierno del DF, los hoteles, los comercios, la gente, el Templo Mayor), a girar y girar hasta ponernos frente a frente con Moctezuma Xocoyotzin. O, si ustedes no sienten esa gravedad histórica en el Zócalo, al menos sí sentirán esa mezcla de humildad y grandeza que resulta de ponerse frente a un proyecto colosal y asumir la perspectiva física del individuo, del hombre pequeñito frente a sus grandes obras. No olvidemos que la placita mide 57 mil 600 metros cuadrados, y que es más fácil sentir las dimensiones de un espacio cuando éste se encuentra enmarcado (en el desierto o en el mar la sensación es distinta, pues nada detiene nuestros ojos: ahí no es la dimensión lo que nos asalta sino la sugerencia de infinito).

En cuanto al tamaño, la plaza es grande pero no una de las más grandes del mundo: ocupa el lugar 31. El primer lugar, por supuesto, lo ostenta la Plaza de Tiananmen, en Pekín, que es ¡ocho veces más grande que el Zócalo! Los chinos no se andan con bromas: llenar esa plaza tiene que ser la demostración de músculo social más poderosa del mundo. Volviendo a nuestro Zócalo, Porfirio Muñoz Ledo publicó hace una semana, en El Universal, un texto que decía, entre otras cosas: “El Zócalo es el corazón del país y también su pulmón izquierdo. Entre nuestras grandes confusiones destaca un hecho central: desde los inicios de la campaña de 1988, ni el Ejecutivo ni su partido han podido celebrar concentraciones populares en el Zócalo.” No veo dónde está la gran confusión: se está señalando un hecho, acaso paradójico (el poder central no es dueño de la plaza central), pero no confuso. Ahora bien, lo importante no es eso (ni lo de “pulmón izquierdo”, que es ocurrente) sino que Muñoz Ledo diga que la incapacidad de un gobierno de llenar el Zócalo es proporcional a su legitimidad. No estoy inventando, así lo dijo: “La ausencia del poder público en la plaza es —desde la fundación de Tenochtitlan— testimonio de su escasa legitimidad.” La fórmula que iguala poder de convocatoria con legitimidad me parece muy poco científica, diputado. Equivale a decir que la mano alzada es más legítima que una elección democrática, y eso ya es populismo galopante. Es cierto que, cautelosos, tal vez temerosos, los gobiernos del PAN no han querido probar su músculo en el Zócalo, pero eso nada tiene que ver con la legitimidad, por favor.

¿Y los festejos del Grito? La pulsión de fiesta tiene más arrastre que cualquier proselitismo.

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