Decíamos ayer. Gil y la señora Gamesa salieron del cine con la ingrata visión de un cineasta que fastidió su película: El infierno. La historia delictiva de El Benny y El Cochiloco se complicó cuando el hermano truhán del capo Reyes asesinó a su hijo, el JR, en una emboscada rocambolesca.
De pasada los Gamés se enteraron de que al JR le gustaba el caldo de oso. A la larga, ese descuido le costará al Cochiloco, un Joaquín Cosío extraordinario, la vida de uno de sus hijos: el Cochiloquito. Él enloquece de dolor, intenta matar a Reyes y eso, a la postre, le cuesta la vida (qué tiene de malo usar “a la postre”). El Benny hurga (gran verbo) en el pasado de su hermano muerto, El Diablo. Busca entonces a su mujer y al hijo de su brother. La mujer es una puta de antología, y lo atrae bastante. Así empieza la carrera delictiva de El Benny. La mujer del Diablo muerto se le entrega al Benny, quien con buenas artes, una noche de placer inaudito la ubica como chivito en el precipicio. Dicen los que saben que esa escena le costó la “C” a la película.
El capo Reyes manda a traer a unos sicarios de Oaxaca para vengar la muerte de su hijo. Les dicen los Guachos y cortan dedos, orejas y, sobre todo, cabezas. Un nuevo cliché dicta que los sicarios vengan de fuera y sean desalmados, los otros narcos sólo se dedican a hacer su trabajo y casi son simpáticos. Gamés odió en la oscuridad esta idea repetida. De vuelta: si puedes hacer una película ¿por qué arrastrarla en la salsa chipotle de la frase hecha?
Los últimos minutos de película son increíbles. Durante la celebración del Bicentenario, el 15 de septiembre, Gamés se enteró de que Reyes se convirtió en el presidente municipal, ni más ni menos. En el estrado lo acompañan su esposa, un obispo, el jefe de la policía, que también es narco, y varios seres despiadados e inmorales. De entre la multitud aparece El Benny con un arma larga y los liquida a todos y cada uno. Así ha vengado la muerte de sus seres más queridos. Una balacera de las grandes. Gómez Cruz en el papel de Gómez Cruz viejo cae sobre el atril desde el cual daría un discurso inmoral y su sangre chorrea el escudo nacional. Oh, terrible símbolo de nuestros días, el águila ensangrentada.
En ese momento de sangre, Gilga se puso el bote de las palomitas de sombrero y jura por Dios que lo mira que las personas aplaudían. Gil le dijo a la señora Gamesa: vámonos de aquí de inmediato antes de que aparezcan ante nuestros ojos desorbitados Hernández Navarro y compañía. La señora Gamesa dijo: qué ganas de fastidiar tu propio trabajo con mucho jitomate y malas ideas. Fue así como Luis Estrada logró acabar con una buena película: a puntapiés, hipnotizado por la idea de ser un cineasta crítico con el gobierno. Qué extraña enfermedad ésta de la denuncia política. El muy ingenuo Gamés pensó que ese mal se había extinguido, pero resulta que está más extendido que nunca: el que no denuncia es un cobarde, neocon, neoliberal de derechas, desvergonzado, seguidor de la mafia de treinta potentados que ha secuestrado a este país. Total, una salida al cine acabó en un desastre de ideologías. Caracho, no hay derecho (acho-echo). Ahora mal: si Estrada quiere ser un luchador social, que se afilie al PRD y se dedique a las hagiografías como las que filma Luis Mandoki.
Detrás del mullido sillón, Gil descubrió esta frase de Alfred Hitchcock: “el cine no es un trozo de vida, sino un pedazo de pastel”.
Gil s’en va
gil.games@3.80.3.65