Las muertes de El Chapo Guzmán

Julián Andrade

Los jefes del narcotráfico suelen morir varias veces. Como felinos, van almacenando vidas y construyendo historias que les sirven para afianzar su liderazgo y confundir a sus enemigos, y a las autoridades que los buscan para encarcelarlos.

En Parral, Chihuahua, hay una propiedad que asemeja un castillo. Ahí fue la morada de Eladio Guerra, representante de la vieja guardia del narcotráfico. Murió en un accidente aéreo y ahí empezó su leyenda.

Hasta hace algunos años, en los noventa, su grupo de guardianes custodiaba la finca como si el patrón estuviera en ella. Viajaban en camionetas Ram Charger y por eso les decían Los Borregos.

La duda sobre su fallecimiento sirvió para sellar compromisos y para evitar guerras por el mando.

Joaquín Guzmán Loera El Chapo es un sujeto que ha demostrado una alta capacidad de sobrevivencia. En mayo de 1993 escapó del aeropuerto de la ciudad de Guadalajara, cuando sicarios de los hermanos Arellano Félix intentaron matarlo. Meses antes, libró un atentado con bomba, durante la celebración de una fiesta de 15 años, en la que era uno de los invitados más importantes.

Quienes iban por él no eran aprendices y más bien formaban células violentas, al grado de que una de ellas también participó en el intento de homicidio, en un restaurante de la Ciudad de México, de Amado Carrillo Fuentes, El señor de los cielos.

Así es la vida de los narcotraficantes, sujeta a una presión constante y donde el riesgo más elevado proviene de los otros grupos criminales.

Por eso la historia de que El Chapo Guzmán había muerto en un enfrentamiento en Petén, Guatemala, parecía interesante, pero estaba envenenada y no sería descartable que proviniera de grupos interesados en causar confusión.

En Guatemala hay una gran presencia de Los Zetas, con quienes el líder del Cártel de Pacífico tienen un pleito a muerte. En la capital de ese país, Guzmán Loera fue detenido por elementos del Ejército hace 20 años.

El meollo del asunto es que había pagado sobornos millonarios para contar con protección, pero fueron insuficientes cuando el presidente Ramiro de León Carpio, quien apenas llevaba unos días en el cargo, ordenó que se le detuviera y fuera entregado a las autoridades mexicanas en la frontera con Chiapas. El Chapo llegó a Guatemala en el peor momento, ya que el país experimentaba un crisis política.

Parece extraño que estuviera en una zona que ya le fue hostil.

Pero la información sobre su presunta muerte se salió de control, porque altos funcionarios del propio gobierno guatemalteco le dieron credibilidad. Hoy ya sabemos que el narcotraficante no sólo no murió, sino que ni enfrentamiento hubo.

Los rumores no son noticia, pero pueden influir en la agenda pública. Esto lo saben todos los enterados y también los estrategas de comunicación de los grupos del crimen organizado y en particular del narcotráfico.

No sobra decir que el contexto y el cuidado en ese tipo de asuntos es indispensable para no irse con la finta, pero sobre todo para no ser utilizados por poderes fácticos criminales.

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