Mauricio Farah
Ha sido magnífica la decisión tomada por el comité del Premio Nobel de otorgar este importantísimo galardón a dos personajes de enorme relevancia en lo que concierne a la defensa de los derechos de las niñas y niños a lo largo de todo el planeta: Malala Yousafzai y Kailash Satyarthi.
Malala se hizo famosa internacionalmente cuando hace poco más de dos años, en octubre de 2012, fundamentalistas musulmanes armados irrumpieron en el autobús escolar en la ciudad de Mingora, norte de Paquistán, y uno de ellos preguntó: “¿Quién es Malala?”, para de inmediato dispararle a la niña a quemarropa en la cabeza.
Increíble y afortunadamente el proyectil no acabó con la vida de Malala, pero si la puso en estado de coma. Ella fue trasladada a un hospital en Birmingham, Inglaterra donde recuperó el conocimiento seis días después.
Nació así una leyenda de dignidad, valor y gallardía. Kailash Satyarthi es un activista por los derechos humanos que tras cumplir 26 años abandonó de carrera como ingeniería en electrónica para avocarse de lleno a luchar contra el trabajo infantil. Fundó en 1983 la ONG llamada Bachpan Bachao Andolan (BBA, Movimiento para Salvar la Infancia) y desde entonces ha logró la liberación de más de 83.000 chicos indios de la esclavitud. Un verdadero ejército de niños esclavos es el que ha logrado salvar este hombre sencillo, algo tímido y esquivo ante la fama que en diciembre de 2011 dio a conocer un estudio donde revelaba que solamente en la India desaparecen 11 chicos por hora víctimas del inicuo tráfico de seres humanos. ¡Esto en pleno siglo XXI! “Serían suficientes tres días de gasto militar mundial, equivalente a 11,000 millones de dólares, para acabar con la plaga del trabajo de los menores de edad mediante la educación dada a 246 millones de chicos trabajadores”, declaró este gran hombre en alguna ocasión.
Por su parte, Malala comenzó su ejemplar lucha cuando apenas contaba con 11 años, luego de que los talibanes impusieron una ley que prohibía la asistencia a las escuelas de las niñas por el simple hecho de pertenecer al sexo femenino. Hija de un director de escuela librepensador y de una madre analfabeta, Malala empezó a escribir un blog en la página de la BBC en idioma urdu donde denunciaba la imposibilidad de asistir a clase. Su nombre cobró entonces trascendencia nacional y recibió el Premio por la Paz otorgado por asociaciones defensoras de los derechos humanos en Pakistán.
Los talibanes decidieron matarla, como consecuencia, pero el atentado tuvo exactamente el efecto inverso. Convirtió a esta valiente niña en una heroína a nivel planetario y le dio mayor visibilidad a la lucha de Malala y de todas las niñas que demandan educación en Afganistán. Hoy se ha convertido en la persona más joven en recibir un Premio Nobel. Su lema es uno de los más sencillos y a la vez uno de los más profundos del mundo: “Un bolígrafo puede cambiar el mundo”.
Volviendo a BBA, esta ONG tiene presencia en toda la India a través de comités de distrito, asociaciones de profesores, sindicatos y otras organizaciones no gubernamentales. Es, en realidad, una red de redes dedicada a la nobilísima función de rescatar niños y en concientizar a la sociedad de este enorme país sobre el drama de la explotación del trabajo infantil. Pero como bien lo ha dicho Satyarthi “Este no es sólo un problema de India, es un crimen contra la humanidad si un niño es privado de su infancia, en mi país o en cualquier otro del mundo. Es la Humanidad lo que está en juego”. Esto bien lo debemos tener presente en México. Nuestro país sigue avanzando en materia de reformas legales para la defensa de nuestras niñas y niños, pero las espeluznantes cifras de tráfico y explotación infantil siguen siendo una vergüenza que debemos combatir con incansable constancia, con toda convicción, día a día hasta que esta infamia quede definitivamente desterrada.
Twitter: @mfarahg