Guillermo Hurtado
Como cada año, sin excepción, los vecinos de mi calle cuelgan sus banderas desde principios del mes. En esta temporada la primera apareció por ahí del 3 de septiembre. Desde entonces, los demás vecinos han ido colocando las suyas en los balcones y los tejados de sus casas. La vista de la calle es muy hermosa. Son pocas las residencias de las que no pende una bandera tricolor.
No sucede lo mismo en otras zonas de la ciudad. Pero San Ángel es un barrio fervorosamente patriótico. Aquí, la mexicanidad es una marca de pertenencia.
Por las avenidas de la ciudad también circulan pausadamente los carritos repletos de banderas. Las hay de todos tamaños. Desde las chiquitas que agitan con alegría los niños más pequeños, hasta unas enormes que se tienen que colgar de lo alto de un techo para que no toquen el piso. ¿Dónde las fabrican? Sería el colmo que fueran importadas de China. ¿Qué hacen con las que no se venden? Supongo que las guardan para el año que viene en alguna bodega. Los carritos también ofrecen todo tipo de adornos propios de las fiestas patrias: moños, corbatas, vestidos, sombreros, collares, escuditos. Y no faltan las trompetillas, las serpentinas, los huevos rellenos de harina y esos frascos de los que sale un spray viscoso de colores chillantes. Hay productos para todos los gustos y todos los bolsillos. Lo importante es estar listo para celebrar la independencia de la patria.
Es inolvidable aquel episodio de Antonio Díaz Soto y Gama en la Convención de Aguascalientes, cuando estrujó la bandera de México y dijo que era un vulgar trapo que representaba a las fuerzas reaccionarias. En ese momento, decenas de convencionistas sacaron sus pistolas y apuntaron furiosos al pecho de Díaz Soto y Gama. Fue un milagro que no muriera ahí mismo y fue mayor milagro que haya acabado su discurso ovacionado por el público.
Díaz Soto y Gama consideraba, como tantos otros, que el patriotismo es una manipulación de los poderosos para someter a las masas populares. Las banderas, de acuerdo con esta doctrina, son símbolos de exclusión que deberíamos dejar atrás en la senda del progreso humano. Pero hay algunos que simplemente se avergüenzan de nuestra enseña patria. Piensan que es poco sofisticado enarbolar una bandera porque se sienten ciudadanos del mundo. Además, suponen que no hay nada de qué enorgullecerse de ser mexicanos. Sólo los burdos o los ingenuos pueden encontrar algún placer en gritar vivas a la nación.
En cuanto vi la primera bandera en mi calle saqué la mía de la bodega. La revisé con cuidado. Estaba un poco arrugada pero todavía en buen estado. La alisé, le corté unos hilitos que tenía en un extremo y la colgué del balcón de mi recámara. Cuando la vi ondear hacia la calle, sonreí satisfecho.
guillermo.hurtado@3.80.3.65
