En la calle Cincinnati, en la colonia Nochebuena, en el DF, por una coincidencia vivían las cantantes Esmeralda y la Tariácuri, don Mario Carmona —gran aficionado al América, que por cierto fue quien coronó a Pelé como Rey del Futbol — y don Mario Almada.
Los Almada eran de Huatabampo, Sonora. Eran la novedad de la cuadra porque no eran capitalinos, la mayoría éramos de la ciudad y a lo más lejos que habíamos llegado era a Acapulco. Algunos más, a los que definíamos como amigos íntimos de Santa Claus, ya habían visto en directo al ratón Miguelito en Disneylandia.
En aquellos días don Mario Almada todavía no entraba a la industria del cine, se dedicaba con su hermano Fernando al negocio de los restaurantes. Don Mario era un hombre guapo y amable y constituía un referente por su amabilidad y educación.
Ninguno de los de la cuadra lo imaginó en el cine, supongo que tampoco sus hijos la Paty, el Mario, el Marcos y la Lety. El uso del artículo antes del nombre se debía a que hacíamos una de imitación cariñosa de los Almada porque cuando se referían a nosotros utilizaban el artículo el o la antes de pronunciar nuestros nombres; era un extraño modismo norteño que fue bien y juguetonamente adaptado.
La fama de don Mario empezó a crecer, pero no se le notaba ni por asomo. Se portaba igual que cuando lo conocimos. Se paraba a menudo en la puerta de su casa y se la pasaba platicando con nosotros viéndonos jugar una cáscara o un tochito.
Una noche fue a la casa de los “solórzanos”. Iban a pasar por televisión una de sus películas éxito de taquilla: Todo por nada. La razón por la cual vimos en casa la película se debía a que mi padre había comprado un televisor a color y la mejor manera de estrenarla era viendo la película de don Mario.
Poco o nada nos importó que la televisión fuera realmente pequeña. De lo que se trataba era de que viéramos a don Mario a color y además que estuviera sentado junto a nosotros.
El paso del tiempo nos fue separando a todos. En la calle ya no se podía jugar, entre la policía y el tránsito nos lo impedían y nos hacían la vida de cuadritos. Dejamos de vernos, siendo que en otros tiempos no podíamos dejar de vernos por ningún motivo.
Don Mario Almada siguió haciendo cine. La industria andaba a la baja después de que en el sexenio de Luis Echeverría se habían abierto buenas posibilidades de filmar para jóvenes directores, quienes pusieron en la pantalla a jóvenes actores.
Años después la industria fue desatendida. El gobierno dejó el cine al garete, tomando como referente lo que se había hecho años antes. No es que el cine en el sexenio de Echeverría fuera de excepción, lo que pasa es que se le habían otorgado atención e inversión, lo que abrió opciones, tanto en lo laboral como en lo temático.
Este momento fue aprovechado por gente como don Mario Almada. Su cine recibió todo tipo de críticas y a pesar de ello sus películas se veían en todo el país y entre los mexicanos en EU. Don Mario era el “hombre bueno y justiciero”, la gente lo quería y además todos sabían que tenía buena cara aun en la adversidad y que no se pararía hasta firmar el último autógrafo que le solicitaran.
Don Mario es una pieza clave para escribir y entender la historia del cine mexicano. Era un hombre bueno, un buen padre, un buen vecino. A veces no tenía que actuar, sino ser simplemente él mismo.
Dice Marcos Almada, el tercero de los hijos de don Mario, que lo van a extrañar, y mucho, pero que cuando lo quieran ver lo que van a hacer es poner sus películas. Buen viaje, don Mario.
RESQUICIOS. Así nos lo dijeron ayer:
* Tijuana sigue siendo centro de migración. Lo que estamos viendo es inédito. El nuevo fenómeno migratorio es inédito. Viene desde Brasil, son haitianos que trabajaron en los Juegos Olímpicos y el Mundial y a quienes ya se les acabó el trabajo: son por lo pronto más de 7 mil. La atención que se les da proviene de la gente de Tijuana, que es realmente generosa: Dr. Tonatiuh Guillén, presidente Colef.
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