Contrahegemonía

Foto: larazondemexico

Desde hace dos décadas, un amplio segmento de la academia latinoamericana puso de moda la etiqueta contrahegemónico. Ésta alude a experiencias intelectuales, movimientistas o gubernamentales distintas a la economía de mercado, la sociedad de masas, la universidad moderna y la democracia liberal. Y no hay nada malo en impulsar cambios que instalen el interés público frente a la lógica del capital, que reconozcan la diversidad de sujetos y saberes -algunos ancestrales, otros postmodernos- y promuevan formas de participación alternativas. Pero, como todo debate concreto tiene contextos y subtextos, vale la pena explorar los usos dominantes del término contrahegemónico en el entorno regional.

En manos de lo que Magdalena López ha identificado como la postura dominante dentro del latinoamericanismo académico1, a la promesa de una contrahegemonía postliberal la sustituye un arcaísmo antiliberal. Bajo el mantra contrahegemónico se celebra la experimentación de universidades populares en Argentina pero se oculta la anulación de la autonomía universitaria en Cuba. Se promueve la solidaridad con activistas en Colombia mientras se invisibilizan sus pares de Nicaragua. Se denuncia el extractivismo en Brasil aunque se niega su existencia en Venezuela.

Ninguno de los regímenes postrevolucionarios cuyas ideologías oficiales se concibieron contrahegemónicas —desde la URSS de Lenin, pasando por la China de Mao, al Irán de Komeini— promovió las condiciones de libre coexistencia de ideas, imprescindible para una academia capaz de criticar e incidir en la sociedad que le acoge. En el 68, la Universidad Lomonosov no se transformó en un Berkeley proletario, en Pekín no surgió algún Marcuse oriental. Hoy en la UNAM es posible elegir entre varias formas de ser marxista —y también de no serlo—; mientras que las universidades cubanas sólo expiden títulos de filosofía con el apellido marxismo-leninismo. Porque lo contrahegemónico es siempre algo relacional: se ejerce contra alguien circunstancialmente dominante. No es atributo per sé, inmutable, de un sujeto o proyecto político. Mucho menos de aquel que insiste en serlo, anulando la alteridad.

La universidad moderna —con su libertad de cátedra, su autonomía funcional y su acceso democratizado— sólo ha florecido, empíricamente hablando, bajo el pluralismo de las democracias contemporáneas. Sólo allí la producción de conocimientos, apegada al método científico y abierta al diálogo con otros saberes, puede confrontar las viejas tradiciones conservadoras, la tecnocratización neoliberal y la hiperideologización de ciertas izquierdas. Porque si, como dijo Edward Said, “las verdades básicas acerca de la miseria y la opresión humanas debían defenderse independientemente del partido en que milite un intelectual, de su procedencia nacional y de sus lealtades primigenias”, estas verdades no tienen cabida dentro de la mezcla de corsé ideológico y pobreza analítica que sustentan el relato dominante de lo contrahegemónico latinoamericano.

1. Ver “Intelectuales frente a Venezuela. Hacia un latinoamericanismo alternativo”, Revista Iberoamericana, LXXXV, 266 (2019)

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