La victoria de Trump

5ece205012574.jpeg
Foto: larazondemexico

La semana pasada fue una de las más exitosas en la carrera política de Donald Trump. Sabedor de que al día siguiente sería protegido a ultranza por los republicanos en el juicio de impeachment, montó un espectáculo en el Congreso estadounidense que, más que informe anual, fue un evento de campaña rumbo a su reelección en el que les escupió en la cara a sus adversarios políticos.

Montado en una economía que crece a ritmo acelerado y arropado por una élite económica que hoy paga menos impuestos que en las últimas décadas, Donald Trump vendió un mensaje de prosperidad sin precedentes en la que, además, él se anuncia como el único responsable de haber llevado su Make America Great Again a la realidad, como si en el ciclo económico entre la crisis de 2008 y la situación actual no hubiese pasado nada más que su intervención.

Su triunfalismo irradió al resto de cuestiones éticamente cuestionables que su triunfo electoral ha sacado del basurero de la historia para convertirlas en forma de vida: el desprecio por los migrantes y sus derechos; el total abandono de los mecanismos públicos de atención, como las escuelas o los hospitales, para ahondar aún más la brecha de desigualdad entre ricos y pobres; el empoderamiento de aquellos que repiten mensajes de odio lo mismo hacia el feminismo que hacia un muñeco de paja llamado socialismo; hasta el orgullo de haber decidido asesinar a un blanco militar extranjero sin muchas más justificaciones que su mera voluntad.

En las ovaciones que los republicanos repetían a la menor provocación y en la creación de momentos televisivos que bien podrían haber aparecido en un show de Oprah —como la entrada inesperada de un soldado para reencontrarse con su esposa— , Trump protagonizó un evento en el que les restregó a los demócratas que, tal vez como lo dijo en su campaña electoral, podría sacar un arma y asesinar a una persona a la mitad de Nueva York y no le pasaría nada.

Dejar con la mano extendida a Nancy Pelosi, que como la presidenta de la Cámara de Representantes es la tercera figura de poder formal, y la posterior reacción de ella al romper el discurso del presidente fueron los momentos simbólicos del triunfo de la política del enemigo en la que el bando contrario no merece ser escuchado ni tomado en consideración. La democracia como diálogo salió por la ventana para dejar su lugar, con bombo y platillo, a la política de los otros datos y las fake news que impunemente puede violar la ley y salirse con la suya.

El espectáculo siguió al día siguiente, cuando las filas del partido se convirtieron en secta dispuesta a proteger a su líder para votar, casi unánimemente, que en las acciones de Trump no hubo ningún abuso de poder (aunque chantajeó a un gobierno extranjero para atacar a un enemigo político) ni obstrucción de la justicia (aunque impidió que los documentos y testigos relevantes aparecieran en su juicio). Aún falta una larga carrera para definir si habrá otros cuatro años de esto, pero hoy Trump parece ir en caballo de hacienda.

Temas: