En una época marcada por la obsesión con los manuales, el amor suele presentarse como un problema a resolver. La gente se pregunta si la relación es conveniente, si suma o resta, si vale la pena el esfuerzo. ¿Por qué alguien tendría que salir un sábado por la tarde, para hacer feliz a alguien más, si lo que quiere es quedarse en casa sin moverse? Tal vez la única respuesta sea el amor. El filósofo francés Alan Badiou dice que el primer enemigo del amor es el egoísmo, o sea, la incapacidad de ser feliz haciendo feliz a alguien más.
Las aplicaciones de citas y los discursos de autoayuda que dan instrucciones para tener vidas equilibradas junto a personas que vibren alto y sean nuestra “persona vitamina” promueven una idea del amor como elección racional, controlable y sobre todo, reversible. Frente a la lógica contemporánea del consumo, la seguridad y el cálculo, Badiou propone una idea incómoda al afirmar que el amor no tiene que ser seguro y que por eso es importante.
El amor no es una promesa de felicidad permanente. Es un acontecimiento, algo que irrumpe en la vida sin pedir permiso, sin garantías y sin instrucciones de uso. Amar implica aceptar que el mundo ya no se vive sólo desde el yo, sino desde un nosotros y que siempre es inestable. No se trata de fusión (aunque nuestras heridas infantiles así lo necesiten), ni de coincidir de modo perfecto (el freak del control que tal vez llevamos dentro), sino de aprender a mirar la realidad desde la diferencia.
Esta idea es útil para pensar muchos de los malestares que aparecen en la consulta terapéutica. Por ejemplo, personas que abandonan vínculos cuando empiezan a sentirse vulnerables. Cuando el amor deja de ser controlable y el otro empieza a importar de verdad, aparece el impulso de retirarse. Desde esta perspectiva, el problema no es que el vínculo avance demasiado rápido, sino que el amor, como acontecimiento, desorganiza la ilusión de autonomía absoluta. Muchos pacientes quieren encontrar un buen amor, pero confiesan estar muy enamorados de su soltería, por la libertad que les da no tener que pensar en nadie a la hora de tomar decisiones.
Amar implica un riesgo, pero el riesgo no es necesariamente un peligro. El riesgo es que no funcione, que nos abandonen, que nos lastimen, que no haya reciprocidad, que aparezca el aburrimiento y luego el desamor.
Otro malestar frecuente aparece cuando la diferencia del otro se vive como una amenaza. “Antes pensábamos igual”, “ya no somos los mismos”, “me decepcionó”. Aquí suele operar la fantasía de que amar es coincidir. Sin embargo, para Badiou, el amor no elimina la diferencia y sí la pone en el centro, porque amar es aceptar que el otro no es una extensión de uno mismo y que esa distancia no es un defecto del vínculo, sino su condición. La angustia que surge frente a la diferencia no señala el fin del amor, sino la dificultad de sostenerlo sin anhelar que se convierta en un espejo.
También llegan a consulta parejas que, tras años de convivencia, sienten que el amor se agotó. No hay grandes conflictos ni traiciones, sólo una sensación de vacío. Badiou propone una idea clave para esta situación: el amor no se sostiene por la intensidad inicial, sino por la duración. Amar no es revivir eternamente el primer encuentro, sino reinventarlo en el tiempo. El desgaste no siempre indica que el amor terminó, sino que dejó de trabajarse. El amor es trabajo y se nos olvida cuando pensamos que tendría que ser fácil. Elegir a alguien a lo largo del tiempo requiere de aceptación, paciencia y generosidad. Simple no es.
Pensar el amor así resulta provocador en una cultura que aspira a vínculos sin dolor, sin esfuerzo y sin riesgo. La moda de las banderas rojas habla de mayor conciencia sobre los propios límites, pero también de mayor defensividad para permitir la cercanía.
Badiou no idealiza el amor, pero tampoco lo reduce a un error emocional. Amar no garantiza bienestar ni sentirse completos, pero sigue siendo una de las pocas experiencias que obligan a salir del encierro narcisista y a construir algo con otro.
Tal vez el desafío no sea encontrar el amor perfecto, sino aceptar que amar es siempre una experiencia sin garantías y que justo ahí radica su valor.
Amar es dar lo que no se tiene a quien no es, es la frase de Lacan que siempre sirve para resumir las limitaciones del amor, pero también la ternura que hay en el intento.
Valeria VillaAmar sin garantías
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