TEATRO DE SOMBRAS

La leyenda del yoísmo

Guillermo Hurtado. *Esta columna expresa el punto de vista de su autor, no necesariamente de La Razón.
Guillermo Hurtado. *Esta columna expresa el punto de vista de su autor, no necesariamente de La Razón. Foto: La Razón de México

Llamo yoísmo a la doctrina que ha privilegiado al yo por encima de los demás pronombres para declarar que la esencia de la personeidad es la yoidad. De acuerdo con el yoísmo, la única manera de entender a la personeidad es si la concebimos desde la yoidad, y que para entender a la yoidad no es preciso asumir antes de manera cabal a la tuidad, la ellaidad, la nosotrosidad, la ustedesidad y a la ellosidad, sino que, por el contrario, todas ellas sólo se entienden a partir de la yoidad.

Hay una leyenda del yoísmo que ha sido contada de varias maneras en distintos sitios. No ofreceré una historia de esa narración ni distinguiré sus distintas versiones, sino que me limitaré a dar una glosa de ella que captura sus ideas principales.

La leyenda del yoísmo se plantea como una narración genealógica. Así como el libro del Génesis cuenta que en el principio era el Verbo, la leyenda declara que en el principio era el yo. El yo era todo, no había fisuras dentro de él, nada distinto por fuera de su plenitud. Entonces sucedió algo inesperado: el yo tuvo conciencia de lo otro. Ese otro era indefinido, su única determinación era la de ser no-yo. Después de ese momento, sucede algo no menos extraordinario: dentro de la masa del no-yo el yo descubre a otro semejante a sí mismo: el . Tenemos aquí el nacimiento de la dicotomía yo-tú de la que se han escrito gruesos volúmenes filosóficos, pero esa dicotomía no es la definitiva, ya que en otro momento aparece un tercer elemento: el yo y el descubren en el horizonte a él, que es parecido al yo y al , salvo que no está junto con ellos, sino lejos, fuera del círculo que el yo y el conforman, no sólo en un sentido espacial, sino práctico, epistémico o afectivo. Es también en ese momento que el yo y el se descubren como distintos a él y, por lo mismo, que se reconocen plenamente como un nosotros, es decir, como una pareja que con el ingreso de nuevos miembros puede crecer para convertirse en una colectividad, un nosotros con más de un yo y un . A partir de aquí los yoes juntos realizan otro descubrimiento no menos crucial. Aparecen en el horizonte otras colectividades con quienes pueden entablar una relación de cercanía, equivalente a la que hay entre el yo y el , que es la relación que hay entre el yo o el nosotros y el ustedes, o se puede no tener esa relación de cercanía que es la relación que hay entre el yo o el nosotros y el ellos que están fuera del círculo más amplio. De esa manera, a lo largo de un complejo proceso se gesta, desde el yo primigenio, el aparato lingüístico, pero, sobre todo, el entramado ontológico de los demás pronombres personales. El leitmotiv de la leyenda es que el yo es el origen y el fundamento de todo lo que tiene que ver con los pronombres, es decir, con la persona. El yo es la clave, el meollo, el núcleo que nos permite entender la personeidad. En concordancia con lo anterior, algunos lingüistas han afirmado que el yo funciona como el punto cero cartesiano del sistema pronominal: como el punto de intersección de los ejes en un plano que sirve como punto de referencia para determinar la posición de cualquier otro punto en ese plano.

Estoy convencido de que esta leyenda es falsa. La tesis de que el yo es primigenio y autosuficiente y, por lo mismo, fundamento y clave de la personeidad ha sido muy perniciosa. En contra de ella, hay que sostener que, si bien el yo es necesario para ser la persona que soy, también lo es que sea el de ti, el él o ella de él o ella, que sea parte integral del nosotros compuesto por yo y tú y otros más, que lo sea del colectivo que es el ustedes de otro u otros y, por último, parte de un colectivo del que hay otro u otros semejantes nos ven a la distancia y que hablan de nosotros con el pronombre “ellos”.

Temas: