En estas jornadas de incertidumbres donde Cuba me duele mucho más, recurro a tres poetas míos (trium poetarum meorum): me abrigo en los destellos y los murmullos de sus discursos entrañables. Recurro a Obra poética (FCE/Equilibrista, 2003), de Eliseo Diego (La Habana, 1920–Ciudad de México, 1994); La isla en peso (Tusquets Editores, 2000), de Virgilio Piñera (Cárdenas, Cuba, 1912–La Habana, 1979); y Poesía completa (Editorial Verbum, 1998), de Gastón Baquero (Banes, Cuba,1918–Madrid, 1997). Entro a tres naturalezas de riqueza múltiple: los enigmas de lo cotidiano de Diego; los índices del descreimiento apasionado de Piñera; y las luminosas armonías de Baquero. Pausas inquietas, aguas alegres, jardines polvorientos, músicas lastimadas, opacas alabanzas.
Eliseo Diego: la inauguración de la pureza en un abrazo sustentado en gestos de humildad creciente. El tiempo, una fruta sublimando el caldo del aliento de las cosas. “En qué piedras desierta durmió la noche solitaria, / la madre, la mendiga nuestra de huesos anchos y hondos”. Voz tierna de sofocada iluminación: Diego configura un fecundo acento de desafiantes quietudes y se erige en las imprevisiones de la permanencia. “La eternidad por fin comienza un lunes / y el día siguiente apenas tiene nombre / y el otro es el oscuro, el abolido. / Y en él se apagan todos los murmullos / y aquel rostro que amábamos se esfuma / y en vano es ya la espera, nadie viene”.
Evoco las olas del malecón que calan mis pies cansados. Nombro otra vez las cosas en “los sonoros /altos que ven el festejar del viento”. No lloro: al contrario, festejo el desconsuelo, seco las posibles lágrimas con el “paño universal del sueño”. No olvido “la compasión del fuego”, alimento el dolor con el destello del mediodía lejano. Corroboro que la historia de mi Cuba solamente se puede dilucidar con “ojos obstinados”: mi porfía es insuficiente, mi memoria anhela en los destellos de la luz robada. “Y la tiniebla hierve y sube en ganas / y las ganas embriagan a la mano”. Un temporal de ceniza trae Eliseo en sus pupilas: Cuba me azora: regreso a la primera soledad y la vislumbro intocada.
Virgilio Piñera: la niebla ausente, el deseo inquietante, candiles estrellados, muchachos ansiosos, sueños mecidos en el sol, furores, espejos mutilados, lluvias alegres, melancolías, navajas, risas, falos... y “La maldita circunstancia del agua por todas partes / me obliga a sentarme en la mesa del café. /Si no pensara que el agua me rodea como un cáncer / hubiera podido dormir a pierna suelta”. Regreso a Cuba envuelto en el bálsamo barroco, coloquial y escéptico de este impío incorregible (“Como he sido iconoclasta / me niego a que me hagan estatua/ si en la vida he sido carne, / en la muerte no quiero ser mármol”).
Gastón Baquero: madrigal de un punzante boscaje de la evocación. “La llave del corazón está en los ojos, / como la llave del árbol está en su raíz”. Poeta de un arrullo sombrío que me hace retornar a mi Cuba con una inflamación en las entrañas, con el deseo del que persigue un fantasma mientras marcha por una urbe, la cual se ve obligado a rehacer. “Ignoran que en verdad soy solamente un niño. / Un fragmento de polvo llevado y traído hacia la tierra por el peso de su corazón”. Regreso a la orilla del mar: esta vez, sí lloro, ahora vaticinio la muerte como un silencio que florece en la memoria.
Obra poética
Autor: Eliseo Diego
Editorial: FCE / Equilibrista