Ayer se conmemoró el Día Internacional de la Mujer, una fecha para recordar la lucha histórica por la igualdad, los derechos y una vida libre de violencia. Miles de mujeres marcharon en distintas ciudades para exigir justicia, seguridad y oportunidades.
En México, el hogar debería ser el lugar más seguro para una mujer, pero muchas veces ocurre lo contrario, es ahí donde empieza, crece y se consolida la violencia. En México, siete de cada 10 mujeres han sufrido agresiones por parte de sus parejas. Según la Encuesta Nacional sobre la Dinámica de las Relaciones en los Hogares (Endireh) del Instituto Nacional de Estadística y Geografía (Inegi), 70.1 por ciento de las mujeres en nuestro país mayores de 15 años han vivido violencia física, psicológica, sexual o económica.
Es tan alta la violencia hacia las mujeres en los hogares mexicanos que, por eso, a este tema le dediqué el primer capítulo de mi libro Sin Bajar la Guardia, manual de seguridad personal, publicado por editorial Planeta.
¿Cómo detectar que estás en una relación violenta? ¿Cómo escala esa agresividad? Hay que saberlo para tratar de evitar tener consecuencias mortales, y eso es precisamente mi intención con este libro, que la gente pueda anticiparse a las agresiones para reducir los riesgos.
El problema es que rara vez arranca con una agresión extrema. Casi nunca comienza con un golpe. Empieza con señales que parecen menores, incluso “normales” y, por eso, tantas mujeres tardan en reconocer que están dentro de una relación violenta. El gran riesgo está justamente en esa normalización: cuando el control, los celos, las humillaciones o las amenazas se vuelven parte de la vida diaria, la violencia deja de verse como una alerta y empieza a percibirse como parte de la relación.
Por eso el propio hogar puede convertirse en el espacio más peligroso, porque el agresor no es un desconocido. El atacante sabe cómo manipular, cómo intimidar y cómo someter. Muchas veces no necesita ejercer violencia física desde el principio, porque le basta con instalar el miedo, la culpa y la dependencia.
La violencia intrafamiliar no se limita a los golpes, también incluye violencia psicológica, económica, patrimonial y sexual. Puede expresarse en frases aparentemente “simples” como “no vales nada”, “estás exagerando”, “nadie te va a creer” y “sin mí no eres nada”. Puede verse en la revisión constante del celular, en los reclamos por la ropa, en el aislamiento de amigas o familiares, en el control del dinero, en la vigilancia de horarios, en la exigencia sexual sin consentimiento, en la descalificación permanente o en la amenaza disfrazada de amor. Muchas mujeres viven esto durante años sin ponerle nombre, porque les enseñaron a resistir, a aguantar, a salvar la relación, a no exagerar y a no romper la familia.
QUEMAN DEPENDENCIA ECONÓMICA
Una de las claves más importantes para protegerse es aprender a ver las señales de una relación en la que la violencia va a ir escalando. La violencia casi nunca se queda en el mismo nivel, por lo general, avanza. Primero aparece el control. La pareja empieza a decidir cómo debes vestir, con quién puedes hablar, qué amistades le “gustan” y cuáles no, qué publicaciones en redes le molestan, a qué lugares no quiere que vayas. Al principio puede disfrazarse de interés, de cuidado o, incluso, de amor: “Te lo digo porque te quiero”, “me preocupo por ti”, “eso no te luce”, “esas amigas no te convienen”, pero en el fondo el propósito es dominar.
Después aparece la descalificación. Lo que sientes empieza a ser minimizado. Si te duele algo, te dicen que exageras. Si señalas una agresión, te responden que eres muy sensible. Si reclamas respeto, te acusan de hacer un drama. Ahí comienza una violencia muy profunda: la erosión de la autoestima. La víctima empieza a dudar de sí misma, se pregunta si de verdad está exagerando, si entendió mal, si tuvo la culpa, si pudo haber evitado la reacción del otro. Ésa es una de las trampas más peligrosas del maltrato, hacer que la mujer dude de su propia percepción.
Luego llegan la intimidación y el miedo. El agresor ya no sólo critica, amenaza. Puede ser una amenaza directa o indirecta. Rompe objetos, golpea la pared, patea puertas, lanza cosas, se maneja con violencia, se acerca físicamente para invadir el espacio personal, aprieta fuerte el brazo, bloquea la salida, retiene a la víctima, la persigue dentro de la casa. El mensaje es claro: “puedo hacerte daño cuando quiera”. Muchas veces en esta etapa todavía no hay una golpiza grave, pero ya existe el terror. Y cuando una mujer le empieza a tener miedo a su pareja, ya no está en una relación segura.
La violencia física suele aparecer después de todo ese proceso previo. Puede comenzar con empujones, jalones, bofetadas o sacudidas. Después puede pasar a golpes más fuertes, patadas, estrangulamiento, amenazas con armas o agresiones sexuales. Y aquí hay que decir algo fundamental: la violencia sexual también existe dentro del matrimonio o de la pareja. Si una mujer no quiere tener relaciones y, aun así, es forzada, eso es violencia. El vínculo afectivo no cancela el consentimiento, no importa si son esposos, novios o viven juntos: si una mujer dice no, es no.
La violencia económica también forma parte de esta escalada. El agresor controla el dinero, limita gastos, reclama cada compra, impide trabajar, retiene documentos, condiciona la manutención o usa la dependencia económica para someter. En muchos casos, ese control financiero hace que la mujer se sienta atrapada, porque teme no poder sostener a sus hijos o salir adelante sola. A eso se suma la presión social: “piensa en tus hijos”, “todos los matrimonios tienen problemas”, “no es para tanto”, “aguanta”. Y así la red del abuso se va cerrando.
Reconocer a un hombre violento implica observar conductas concretas. Es una señal de alerta si es celoso y controlador desde el noviazgo, si trata de alejarte de quienes te apoyan, si se burla de ti, si te humilla delante de otros, si te vigila, si espía tu celular, si te culpa de sus reacciones, si rompe cosas cuando se enoja, si tiene antecedentes de maltrato, si no tolera el rechazo, si usa el dinero como herramienta de control, si se victimiza después de agredir, si culpa al alcohol o a las drogas, si disfruta ejercer miedo, si habla de las armas como símbolo de poder o si es agresivo con los animales.
Lo más importante es entender que la violencia no aparece de la nada. Da señales, escala, se anuncia.
Por eso reconocer a tiempo una relación que se vuelve cada vez más controladora, más humillante y más agresiva puede hacer la diferencia entre salir a tiempo o quedar atrapada en una espiral que termine destruyendo la vida.
La clave para romper el ciclo de la violencia es aprender a identificar que el maltrato no empieza con el golpe que mata: empieza mucho antes.